domingo, 21 de abril de 2024
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Revista Adiós

Curso universitario


Almas, Almos y Ánimas es un curso de extensión universitaria organizado por Adiós Cultural y el Campus Noroeste de la UNED y que se desarrolla en octubre en el Real Sitio de San Ildefonso (Segovia) con la colaboración de su ayuntamiento y el patrocicio de Funespaña.

Organizado por Adiós Cultural y patrocinado por Funespaña | Así fue la segunda parte del curso 'Almas, Almos y Ánimas' realizado con la UNED

26 de noviembre de 2020

Así fue la segunda parte del curso 'Almas, Almos y Ánimas' realizado con la UNED

Las nuevas tecnologías han permitido la reflexión anual que sobre la muerte y el duelo organizan Funespaña y el Centro Noroeste de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en el Real Sitio de San Ildefonso de Segovia. La situación de pandemia en la que nos encontramos desde hace meses impidió el encuentro presencial de profesionales del sector funerario, de la enseñanza, la psicología, la comunicación y la filosofía, invitados al segundo encuentro científico y social “Almas, almos y ánimas”. Sin embargo, sus reflexiones y experiencias en torno a la muerte pudieron llegar a los numerosos asistentes que, desde distintos puntos geográficos, asistieron a este segundo curso de extensión universitaria a través de internet.
El curso fue presentado por Víctor M. González Sánchez, director del Campus Noroeste de la UNED; Samuel Alonso Llorente, alcalde del Real Sitio de San Ildefonso, y Alberto Ortiz Jover, consejero delegado de Funespaña, quienes presentaron los objetivos del curso de extensión universitaria y confirmaron la celebración de la tercera parte en 2021.
En su intervención, Víctor González destacó que el curso era una muestra más del compromiso del sector funerario con la sociedad “en este año tan complejo y complicado en el que tanta presencia han tenido las funerarias”. Samuel Lorente, quien expresó su deseo de que la tercera edición del foro vuelva a la modalidad presencial para enfatizar la idoneidad de que el Real Sitio acoja las ediciones del encuentro académico, recordó que con la construcción del primer cementerio extramuros de la Península Ibérica por orden de Carlos III en el siglo XVIII, “los habitantes del lugar fueron los primeros que tuvieron que acostumbrarse a enterrar a sus difuntos en el exterior y no en un lugar cerrado, y también los primeros en usar su cementerio como un lugar de superación del dolor”. Por su parte, Alberto Ortiz, consejero delegado de Funespaña, insistió en la particularidad de las circunstancias que la pandemia de covid nos está obligando a vivir y a adaptarnos a numerosos cambios, “se implantan nuevas formas de trabajar y socializar-a las que se suma- la gran pérdida de muchas personas queridas: por eso tenemos que crear un lugar de reflexión donde debatir, desde distintas disciplinas, sobre todo lo que nos está suponiendo la pandemia”. El desconocimiento generalizado del sector funerario por parte de la sociedad, según Ortiz Jover, hace necesarias las acciones de concienciación social que lleva a cabo Funespaña para poner en valor los servicios desempeñados por las funerarias: “Han sido semanas de esfuerzo y desazón, de personas agotadas en el desempeño de un servicio esencial de lucha para que nuestro sistema sanitario no quebrase, fuimos uno más de la cadena sanitaria que muchas veces la administración no tiene muy en cuenta. Somos el necesario último eslabón”.
Los representantes de la organización y patrocinio plantearon la importancia de reflexionar sobre este tema, sobre todo en unos momentos como los que vivimos este año en los que, como recordó Alberto Ortiz, “el sector funerario considera que ha sido ejemplar, pero la virulencia e inmediatez ha dejado en términos de debate y reflexión varias cuestiones muy importantes”.
 
Filosofía, naturaleza y vida
 
La perspectiva filosófica y el amor a la naturaleza de Joaquín Araújo, naturalista y escritor, nos llevó de la mano al bosque, “origen de toda vida”. Su videoconferencia, desde la privilegiada situación de quien se siente arropado por las ramas de los robles perojos, tuvo lugar desde las Villuercas, la comarca extremeña, a caballo entre el Tajo y el Guadiana, donde vive. Araujo nos recordó que de todas las especies que pueblan el planeta, la humana es la única “que ni sabe vivir la vida, ni sabe morir”. Durante toda su intervención, apoyada en empoderar al bosque como “pedagogo gigante”, planteó la necesidad de aprender a vivir con respeto, en el planeta que disfrutamos, de “emboscarnos” para aprender de la naturaleza, de ese bosque en el que cada una de sus formas de vida participan en prolongar, preservar y hacer duradera la propia existencia del bosque”.
Mencionando a Ortega y Gasset, quien “decía que el bosque es un gran maestro que practica la pedagogía de las sugerencias”, Araujo se lamentó de que la civilización hubiera apostado por lo contrario, al mismo tiempo que se apoyaba en dos de las palabras que daban cuerpo al título del foro, alma y almo, para lanzar una propuesta de equilibrio entre la vida y la muerte: “Almo representa lo bueno, lo benefactor, y enlazo este significado con el del abono, que pese a proceder de la muerte, es bondadoso para con la tierra, dotándola de vida, de alma”.
La intervención de Araujo, como una alarma poética, estuvo plagada de avisos y alarmas para hacernos reflexionar sobre nuestro papel de herederos de una “herencia hereditaria”, la tierra; y a pesar de que, a estas alturas, el planeta que hemos heredado será entregado como herencia en bastante peor situación de la que lo recibimos, ese futuro que se prolongará más allá de nuestra presencia nos reclama un cambio de pensamiento, un “emboscamiento” en busca de la verdad. En un continuo alegato a la necesidad “indiscutible” de preservar los bosques, Joaquín Araujo recordó que solo en 2019 el planeta pasó a tener 17.000 millones de árboles menos, pero “ellos son los creadores de la transparencia que respiramos, elementos de contención de enfermedades; son el más perfecto sistemas de filtrado”. Y sin poder evitar hacer alusión al momento en el que nos encontramos, obligados a proteger nuestra salud ayudándonos del uso de mascarillas, insistió en que precisamente los árboles son nuestras mascarillas y nos defienden de agresiones como el ruido o las partículas en suspensión, incluso de nuestra propia debilidad: “En el mundo hay una sola salud y si se la quitamos a las comunidades botánicas y biológicas, a la tierra, al aire… si quitamos la salud a lo que comemos, bebemos y respiramos, perderemos la nuestra”.
Entre las preguntas que le formuló el público, las relacionadas con la pandemia fueron las más numerosas y, principalmente, en torno a la asimilación normalizada de las elevadísimas cifras de muertes que esta ocasiona. Para el naturalista, relegamos la muerte lejos de nuestra cotidianeidad porque no queremos enfrentarse ni a ella ni a la desaparición física, pero “cualquiera de los desaparecidos tiene un valor extraordinario, y es el hecho de que la muerte tenga sentido lo que da un valor a los que desaparecen, pero como no sabemos morir la descartamos del menú cotidiano de las realidades a tener en cuenta”. Finalizaba Araujo advirtiendo de que saber morir implica saber vivir, y “para aprender cómo hacerlo siendo parte del todo vital que es la tierra, hemos de volver al origen y escuchar: busca la luz al aire, busca el aire al agua… La palabra buscar quiere decir ir al bosque”.
 
Tecnologías y trámites
 
María Gómez Casas y Juan Antonio Orgaz, ambos abogados, abordaron el papel de las Nuevas Tecnologías como herramienta para la abogacía en el proceso de la muerte. María Gómez, abogada especializada en Nuevas Tecnologías y Máster en Seguridad de la Información, definió y distinguió los conceptos de testamento y últimas voluntades para después reflexionar sobre el uso de las herramientas tecnológicas a la hora de respetar la voluntad de testar y hacerla posible en situaciones críticas como en la que nos encontramos durante la pandemia de la covid-19 y, sobre todo, en el confinamiento que vivimos durante varios meses en la primera oleada. María Gómez también se refirió a los testamentos ológrafos, los abiertos y los telemáticos, para recrear situaciones reales que han precisado de la aplicación de la tecnología y que han dado lugar a que se esté en trámites de conseguir que el testamento notarial telemático sea una realidad.
Para llegar a este punto, comenzó explicando la utilidad del testamento en caso de pandemia o en riesgo inminente de muerte y cómo, dándose con la covid-19 la circunstancia de la pandemia, este tipo de testamento se había encontrado con algunos problemas, como el hecho de que durante el confinamiento solo funcionaran las notarías para lo urgente y que fuese el notario quien valorase dicha urgencia, lo cual no ayudaba mucho a la equiparación de criterios de una notaría a otra.
Para poder emplear este tipo de testamento, explicaba Gómez Casas, una vez declarada la pandemia han de cumplirse otras dos circunstancias: la primera está relacionada con los testigos que han de ser idóneos. En caso de pandemia, el testador debe contar con tres testigos mayores de 16 años, y en caso de testar por riesgo inminente de muerte, con cinco mayores de edad. El inconveniente lo aporta la necesaria idoneidad de los testigos, ya que para que estos lo sean “han de entender el idioma y poseer un discernimiento suficiente para entenderlo; han de conocer al testador, pero no pueden estar interesados en el testamento; es decir, no pueden ser herederos etc., y es muy complicado encontrar tres o cinco testigos idóneos en circunstancias con restricciones de movilidad”. Precisamente esas restricciones también dificultaron la tercera de las circunstancias: debe otorgarse una “unidad de acto”; es decir, que testador y testigos se encuentren en el mismo lugar y en el mismo momento. Gómez mostró su intención de trabajar en pro de conseguir que las nuevas tecnologías, facilitadoras de conexión, permitan que dicha conexión sea considerada como una unidad de acto. En cuanto a la idoneidad de los testigos, Gómez declaraba: “Creo que si se puede constatar que no tienen interés ni están obligados a hacer de testigos, podría valer”.
Además, el código civil no exige que este testamento se realice por escrito, pero lo aconseja, “ya que así se facilita el tema de la prueba, y aquí también puede usarse el impacto de las nuevas tecnologías, ya que podría aceptarse la voluntad del testador grabada en vídeo o audio siempre que se acredite que era la voluntad de este”.
En cuanto al testamento ológrafo, los requisitos son: la capacidad de quien lo realiza, que conste en el documento la voluntad de otorgar testamento, debe incluir la firma manuscrita, y el año, mes y día en el que se redacta, no puede presentar palabras salvadas o enmendadas sin que conste la voluntad expresa del testador de hacerlo. Para que sea válido se cuenta con un plazo de cinco años para su protocolización ante notario. “Si alguien lo encuentra, tiene diez días para llevarlo al notario desde ese momento. En el estado de alarma este testamento es el más fácil de hacer”.
María Gómez también se detuvo en el testamento digital y en el derecho a la gestión de los datos personales, así como en el testamento notarial telemático que “aún no está implantado, pero se trabaja en ello. Existe la ley de medidas procesales del mes de septiembre, con la que se ha hecho frente al covid-19, pero en unos meses habrá proyecto de ley para que este acto pueda realizarse modo telemático”. Gómez concluyó urgiendo al “desatascamiento” del poder Judicial aprovechando el impacto de las nuevas tecnologías: “La abogacía es la última voz del ciudadano, pero para que la ayuda a este sea útil, la justicia tiene que ser ágil”.
La intervención de Juan Antonio Orgaz, director general de la Asociación Profesional Española de Privacidad, estuvo centrada principalmente en abordar el derecho de toda persona a “conectarse” con los suyos antes de su muerte. Voluntario de Covid Warriors, explicó la actividad llevada a cabo por este colectivo, organizado durante la pandemia, que ha centrado buena parte de sus actuaciones en conseguir que los notarios puedan intervenir, apoyados en la tecnología, a la hora del testamento; la instalación de tabletas en hospitales para que los enfermos que se encontraban a punto de morir pudieran contactar con sus familias; y en cómo acompañar a las familias que no podían ni reunirse con los seres queridos que iban a fallecer, ni pasar el trance de la despedida junto a los suyos.
Orgaz recordaba que “durante la pandemia, la tecnología interviene mucho más fuerte en el sector funerario”. En muchos casos, “no se producía la reunión de la familia y este espacio se sustituía con webs y otros proyectos de espacio virtual para dejar mensajes”. También enfatizaba la utilidad de la tecnología durante la tramitación, “se producen tramitaciones donde la tecnología es útil, como la gestión previa a los trámites de las testamentarías. Hay webs que te facilitan la gestión de tus últimas voluntades”, citaba como ejemplo.
El uso de la información digital que todos generamos y quién hace este uso de ella fue otro de los argumentos planteados por Juan Antonio Orgaz. Puede establecerse en un testamento quién continúa gestionando las redes sociales tras nuestro fallecimiento, otorgándole las claves, pero es más habitual que la familia del finado desconozca las claves y la página quede en la red, aunque inactiva. Sin embargo, esos datos, si se hiciera uso de ellos, podrían facilitar propuestas como la de la “Eternidad Aumentada” que se plantean la Universidad de Toronto (Canadá) y el Instituto Tecnológico de Massachussets (EEUU). Esta alternativa emplea toda la información de la persona fallecida para recrear un robot; una recreación que permitirá a la familia y amigos interactuar con ella. Esto plantea una cuestión que Ordaz dejaba en el aire: ¿Quién tendrá los derechos de esa recreación?
 
Cara a cara con la muerte
 
Los testimonios de Marta Gómez y Eduardo Juárez Valero, periodista y cronista oficial del Real Sitio, respectivamente, pusieron la nota más personal al encuentro. Marta Gómez, en tratamiento por una enfermedad cerebral degenerativa, narró su proceso físico y emocional, desde los primeros síntomas, coincidentes con el fallecimiento de su madre, hasta el momento presente en el que se le ha abierto una puerta a la esperanza al recibir un diagnóstico de Lyme, enfermedad infecciosa trasmitida por las garrapatas. “Cuando me lo dicen, y que es neurodegenerativa e irreversible, ¿cómo te quedas? Recibo el diagnóstico como un jarro de agua fría. Toda mi vida se paró en seco. ¿Ahora qué hago? Y me lo sigo preguntando”.
Especialmente emotivos el recuerdo ejemplar de la madre que la ha llevado a realizar su testamento y últimas voluntades, y su propia experiencia a la hora de elegir cómo morir, convencida como se muestra del derecho que cada persona tiene a morir como quiera igual que escogemos cómo vivir.
La experiencia compartida por Eduardo Juárez nos ha permitido empatizar con el miedo, la impotencia, a ratos la incredulidad y a ratos la contumaz certeza, vividas por él durante el ingreso y estancia en Unidad de Cuidados Intensivos al contagiarse de covid-19. “Ver morir a alguien es como a cámara lenta, te mueres muy despacio porque poco a poco se te va escapando todo, y decidí que no iba a ser uno de ellos”. Sus reflexiones, fruto de las horas de lucidez que vivió en el hospital nos colocan frente a una situación que, como autodefensa, siempre asociamos al otro, a todo aquel que no somos “yo”, en un intento de reivindicarnos inmunes ante el fantasma de la muerte.
 
El duelo y su necesidad
 
De lo recurrente de relegar la muerte o cualquier otro suceso indeseado al “otro” también habló el psicólogo Vicente Prieto, quien nos recordó que la base de una de las pocas certezas que tiene el ser humano es “voy a morir”, una verdad que conlleva otra, y es que la muerte nos pilla por sorpresa siempre, aunque la estemos esperando.
Tras citar a la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, dijo: “Es muy difícil aprender a volver a tomar parte activa en la vida cuando perdemos a alguien a quien amamos. Pero únicamente eso dará un sentido a la muerte de un ser querido”. Prieto profundizó en el proceso de duelo, el individual y el social, y en lo necesario de asumir y recorrer ese proceso, a nuestra velocidad y a nuestro modo, pero no evitarlo. En primer lugar, porque es tarea inviable, y, en segundo, porque este vano intento puede llevarnos a situaciones de enfermedad emocional y física, a la depresión y al estrés, que merman nuestra salud y nuestra calidad de vida. “Cuando alguien a quien queremos mucho fallece, todo se reduce al recuerdo, pero podemos sacar lo mejor: lo que esa persona nos ha aportado, su modo de ver la vida, una forma de estar… quédate con lo mejor que te ha transmitido”.
Prieto aseguraba que el ser humano cuenta con recursos y habilidades para enfrentase a las situaciones que le acontecen como una separación, el paro, o enfermedades, “pero el duelo es algo que vivimos de espaldas a la muerte; es de las pocas evidencias que sabemos que van a ocurrir y siempre viene en el momento inoportuno. Tenemos que utilizar nuestras habilidades para elaborar el proceso de duelo”. A causa del confinamiento, en muchos casos, el duelo que debería haber vivido su proceso normal se ha visto convertido en un duelo diferido, obligadamente aplazado, hasta incluso llegar a convertirse en un duelo patológico. Para ayudar a aceptar los primeros resulta necesario ventilar las emociones, dejar de preguntarse por qué, respirar profundamente de vez en cuando, marcarse pequeños objetivos diarios, no limitar la expresión de las emociones, no aislarse, retomar la rutina, mantenerse activo, dedicar tiempo a la familia, realizar actividades que nos gratifiquen, organizar un homenaje y, sobre todo, “ser conscientes de que sentirnos mejor no es olvidar”.
En cuanto a duelos patológicos, sociales o individuales, desde las muertes ocasionadas por el covid-19 a las que fueron fruto de la represión de la dictadura, se hace precisa la recuperación de la memoria: “La supresión de un recuerdo o generar un olvido no es facilitador de salud mental para las personas que han sufrido una pérdida en algún momento de la historia. Se trata de duelos no resueltos que se trasmitirán a varias generaciones. Mucha gente necesita una reparación”.
 
Cultura, arte y muerte
 
El acercamiento a la pérdida y al duelo desde la literatura, el discurso biográfico y la enseñanza holística al servicio de la educación en el concepto de la muerte como parte el proceso vital, completaron los distintos puntos de vista desde los que, durante los dos días del curso, de abordo este argumento.
El periodista y escritor Isaías Lafuente Zorrilla recuperó el origen de los epitafios como género literario entroncado en la cultura clásica para explicar la importancia de los obituarios en el proceso del duelo: “Los epitafios son una buena herramienta de la memoria colectiva”. Su repaso se remontó al paso de la oralidad del obituario a su huella escrita en la lápida, los más frecuentes de carácter registral o notarial. “En ellos son las propias tumbas las que nos hablan, comenzando la mayoría de ellos con un ‘yo soy la tumba de’”. Con el correr del tiempo, explicaba Lafuente, fueron aumentado los niveles de información. En un segundo nivel, mostrando pequeñas biografías de los fallecidos y en un tercero, mensajes de los vivos a los muertos: “No te olvidamos, te fuiste demasiado pronto o que la tierra te sea leve… uno de los más utilizado hoy en día”. Y en un cuarto nivel, los que incluían mensajes de los muertos: “Hoy yo y mañana tú”.
Y terminó Isaías Lafuente realizando una comparativa ingeniosa, y certera, entre estas composiciones literarias centradas en el recuerdo y memoria del finado, y la comunicación masiva a través de posts y twits: “Solo sé que no sé nada”?
La actriz y profesora universitaria Carlota Frisón apoyó su charla en el relato audiovisual autobiográfico, “que surge cuando se consolida el discurso de la postmodernidad, que coincide con la crisis de los grandes relatos. Es decir, el fin de las utopías, dar visibilidad a la vida privada y democratizar las tecnologías”.
Frisón contextualiza la explosión del documental biográfico a finales de la década de los 90, y, guiando la lectura de estos tres documentales, desgrana los diferentes usos que sus realizadores dieron a los elementos del lenguaje cinematográfico, ilustrando las características de este subgénero documental con los fragmentos propuestos para el visionado.
Se trataba de películas de tres de los documentalistas biográficos más representativos de la segunda mitad del siglo XX: Alan Berliner, autor de “Nobody’s business” (1996); Albertina Carri, y su “Los rubios” (2003); y Alain Cavalier, director de “Irène” (2009). Los tres responden a un mismo punto de partida, recuperar la memoria, y a una misma perspectiva, la biografía. En el primero de los casos, a través de una serie de diálogos entre padre e hijo, desde la necesidad de este último de conocer su árbol genealógico. El uso de imágenes grabadas por los propios padres de Berliner “le da un nuevo significado al cine doméstico. La subjetividad del propio Berliner y la del padre son una herramienta de trabajo”.
Frisón explica cómo Albertina Carri, directora de “Los rubios”, afirma que “no se puede reconstruir la memoria porque engaña. Identidad y memoria son siempre construcciones, es decir, hay miles de maneras de recordar y miles de maneras de representar esos recuerdos”. El uso de una muñeca Playmobil para recuperar y mostrar su propia identidad, los testimonios como reconstrucciones falsas o la aparición del todo el equipo de rodaje con pelucas rubias refuerza la reflexión de la cineasta argentina: “La actriz y la directora salen constantemente en el documental; lo que vemos es un pacto entre la directora y el personaje, a ambas negociando cómo mostrar el yo”. En cuanto a Cavalier, tal y como argumentó Frisón, “se plantea dos preguntas que entrecruzan el documental: cómo hacer visible la ausencia de alguien que es presencia en uno mismo, y cómo enfrentarse a los fantasmas con una cámara”.
Los tres documentales están en abierto en plataformas como Youtube y Vimeo.
 
Para niños y jóvenes
 
De audiovisual, pero empleado con un público infantil y juvenil, trató la intervención de Linda Gosse y Yolanda Cruz, docentes y expertas en lenguaje y comunicación. Gosse, representante de Fundación Inquietarte en los Países Bajos, y Yolanda Cruz, periodista y directora del festival organizado por dicha fundación, coordinan un proyecto educativo cuyo desarrollo facilitan el Vechtadl College de Hardenberg e Inquietarte desde hace seis años. El proyecto “Cortos y español” potencia la enseñanza holística, apoyada en las emociones, para emplear el audiovisual en la enseñanza, por un lado, de la cultura y el idioma español, por otro, del concepto de muerte como parte del ciclo vital.
La propuesta de Gosse y Cruz iba acompañada del visionado de algunos de los cortometrajes con los que han trabajo en Hardenberg en el instituto Vechtdal College, con alumnado de español ELE de niveles A1 y A2; y en el colegio De Elzenhof con alumnado de Primaria; y en Utrech, en Hogeschool HU, escuela universitaria del profesorado, con futuros profesores de lengua y literatura española. Los cortometrajes intercalados durante la sesión fueron una selección de finalistas y ganadores del premio especial Funespaña que esta entidad concede en el festival internacional de cortometrajes,Visualízame, organizado por Fundación Inquietarte: “O’Xigante”, de Luis da Matta y Julio Vanzeler (2012, Portugal); “Abuela” de Aimé Tolrá (2016, Argentina); “El niño y la noche”, de Claudia Ruiz (2017, Argentina); “Ojos que no ven”, de Natalia Mateo (2012, España), y “Democracia”, de Borja Cobeaga (2013, España).
Las películas y el modo en el que cada una de ellas ilustró las unidades didácticas desarrolladas en los centros permitió a los asistentes comprobar las conclusiones expuestas por ambas investigadoras: el cine facilita la adquisición de vocabulario, la expresión creativa de las emociones y el tratamiento de la muerte como parte de un proceso vital. “El cine motiva a los alumnos –apuntó Linda Gosse– promueve la reflexión sobre la vida, les ayuda a adquirir valores y a aumentar su capacidad de comprensión intercultural”. Por su parte, Yolanda Cruz añadió que “el cine es testigo de una actitud social ante la muerte y el duelo, y además uno de los resortes educativos emocionales inherentes a la cultura audiovisual”.

Desde este enlace se pueden ver y escuchar todas las intervenciones