domingo, 26 de mayo de 2024
Enalta
Revista Adiós

Ginés García Agüera


Periodista especializado en cine. Colaborador de "Adiós Cultural" desde el número 1.

CINE | No la palméis, vejestorios

08 de enero de 2020

No la palméis, vejestorios

Es hora de epitafios, de planear sepelios, elegir féretros, redactar testamentos. Es hora de sentarse en el sillón de orejas, jugar partiditas de Oca, y pasear a bisnietos por el parque. Como mucho, algún viaje tranquilo a espacios soleados. Cuidar la poca salud que queda. Languidecer despacio. Se llega a esa edad en la que restan recuerdos vagos, añoranzas de un pasado probablemente mejor, y contar batallitas al lado de una infusión humeante. Eso queda.
Hay dos ancianos por ahí que podrían proyectar todos los tópicos al uso de vejez y los últimos días. Al fin y al cabo, la edad es la que es, y la naturaleza no perdona ni a los más grandes. Pero no es así, afortunadamente, por lo menos en el caso del que quiero hablarles. Clint Eastwood nació el último día de mayo de 1930, y anda rozando los noventa años encima del planeta. Algo más joven, Roman Polanski vino al mundo en agosto de 1933 y se acerca a los ochenta y siete implacablemente. Dos viejecitos que bien podrían compartir recuerdos y experiencias, hablar de glorias vividas, también de instantes tristes y complejos, y mirarse el ombligo de vez en cuando.
La realidad, venturosamente, es otra. Ahora mismo, en las carteleras de los cines de medio mundo, se pueden visionar dos estupendas películas, cada una de ellas dirigida por un miembro de esta extraordinaria pareja de abueletes, en las que la firmeza de la dirección, la fuerza del poder narrativo, el movimiento de cámara, la explosión gozosa de una elección de actrices y actores portentosa, y lo que es más importante, la carga ideológica aportada que llama a la reflexión, al debate, a conocer y conocernos, a denunciar abusos de los poderes políticos o mediáticos. Y esa aportación, la hacen dos directores que se niegan a la jubilación.
“Richard Jewell”, la película de Clint Eastwood, cuenta la historia de un vigilante de seguridad en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, que gracias a su encono y firmeza, evitó una masacre cuando localizó un artefacto explosivo dentro de una mochila en un parque repleto de gente. Pero en cuestión de días, pasó de ser héroe a presunto terrorista gracias a un engranaje lleno de porquería en el que participó el FBI, la policía y determinados medios de comunicación que buscaron el escándalo y el amarillismo, mientras destrozaban la vida del joven guardián.
Por otra parte, Roman Polanski nos entrega una nueva obra maestra con “El oficial y el espía”, donde narra la historia, sucedida en Francia a finales del siglo XIX, del capitán Alfred Dreyfuss, acusado injustamente de espionaje, condenado de por vida a la Isla del Diablo, víctima de una sociedad corrupta, racista, que logró, gracias a la connivencia de un ejército caduco, una policía infecta y unos medios de comunicación vergonzantes, que un joven oficial de conducta intachable, pasara a convertirse, injustamente, en un traidor odiado por todos.
Dos perlas, dos películas maravillosas, dos ejemplos de cómo reconciliarse con el cine con mayúsculas. Hechas por dos ancianos. Por favor, que se dilaten epitafios, sepelios, testamentos y retiros por edad. Que sigan estos dos fieras fabricando la magia del cine. Seguid dirigiendo. No, por favor, no la palméis jamás, vejestorios.