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Revista Adiós

ANA VALTIERRA/ LAS PARCAS, al acecho de GOYA

17 de mayo de 2019

El artista aragonés imprimió su peculiar personalidad a las mitológicas Cloto, Láquides y Átropos

ANA VALTIERRA/ LAS PARCAS, al acecho de GOYA

 

 Francisco de Goya es conoci­do por ser uno de los gran­des genios de la pintura. Dominaba el color, y era capaz de plasmar en el lienzo lo más íntimo de la condi­ción humana. Sin embargo, no fue nunca un pintor especialmente in­quieto por los temas de mitología que tanto habían interesado a mu­chos de sus predecesores. A pesar de ello, hay un aspecto del mundo clásico al que dedicó varias obras a lo largo de su vida. Se trata de las Moiras o las Parcas que eran, según la mitología griega, tres hermanas que en el momento del nacimiento de la persona decidían cuál iba a ser su destino, así como cuándo y cómo moriría la persona.


 Átropos o las Parcas”, una de las 14 “Pinturas Negras”. En primer plano, un hombre maniatado, quizás esperando que las Parcas que hay tras él decidan si acaban o no con su vida. La obra puede verse en el Museo del Prado


Cloto era la más joven de las tres. Con su rueca ovillaba los hi­los de la vida. Láquesis era quien decidía el largo de la hebra de esa vida humana; es decir, cuánto iba a vivir. Y Átropos era la más terro­rífica de todas. Con sus temidas tijeras cortaba el filamento de la vida; decidía el momento de la muerte. Por tanto, lo habitual en la historia del arte era represen­tar a las tres hermanas hilando, cada una a su tarea concreta: una con las tijeras, otra con la rueca y otra midiendo el hilo.

Es un tema terrorífico y aterra­dor que estaba unido a la idea de que a cada ser humano se nos escribía un destino incluso antes de nacer, y sin posibilidad de escapar de él. Ese hado ineludible incluía cuándo y có­mo íbamos a morir, momento en el cual entraban en juego las temidas Parcas. Son varias las ocasiones en las que, uniéndolo al tema de la bru­jería, la prostitución o su propia vida personal, Francisco de Goya pintó o grabó el tema de las Parcas. Es cu­rioso que, no siendo una persona es­pecialmente inquieta por los temas mitológicos, insistiera en la materia una y otra vez. Quizá porque se pasó la vida luchando por una sociedad mejor: defendiendo un sistema de gobierno más justo, denunciando las atrocidades de la Guerra de la Independencia, criticando la tauro­maquia… muchas veces sin mucho éxito; como si las Parcas hubieran trazado ya su destino y el de sus contemporáneos en el momento de nacer, y, por mucho que combatiera, no pudiera escapar de él.
 
 
 
 Brujas o prostitutas
Uno de los primeros acercamientos del zaragozano al tema de las Par­cas lo encontramos en el Capricho número 44, titulado “Hilan delgado” (1797-1798). Aparecen tres mujeres viejas y muy feas ovillando. A la de­recha, colgando de los hilos, hay un grupo de niños. Existía la creencia de que las brujas chupaban la san­gre a los niños, y esta es la realidad que estamos viendo en este graba­do. De hecho, la mujer de la izquier­da tiene los labios muy gruesos y de­formados por el esfuerzo de sorber.
Goya ha mezclado la iconografía del tema de las Parcas con un tema muy popular de la época: las brujas. Y por si nos cabía alguna duda, ha añadido una escoba detrás. Esos pe­queños cadáveres, por tanto, serían el sacrificio de las brujas al demonio. Pero merece la pena fijarse en el si­guiente detalle de la obra: los niños muertos están sujetos con hilos, con esa misma hebra que utilizan las Parcas para, como dice el título de la obra, hilar delgado la vida humana.
El artista aragonés pintó el tema de las Parcas, pero dándole muchí­sima personalidad. Es el caso de un dibujo realizado en 1796-1797 titula­do “San Fernando, ¡cómo hilan!” y que hoy se encuentra en una colec­ción particular de Bélgica.


“Hilan delgado” (1797-1798), uno de los primeros acercamientos de Francisco de Goya al tema de las Parcas.

La pintura muestra a tres muje­res que, vestidas igual, están hilan­do lana. Tienen la cabeza rapada, van de uniforme y, a la izquierda, se ve una gran reja. Son tres prostitu­tas del asilo de San Fernando, en la calle Fuencarral de Madrid. El Hos­picio del Ave María y San Fernan­do fue creado en 1668 para acoger a los pobres sin albergue. En 1802, al cerrar un edificio creado en 1766 en San Fernando de Henares para encerrar a presos, los reclusos pasa­ron al Hospicio del Ave María y San Fernando, donde se creó exprofeso un departamento de reclusión. Las presas de San Fernando tejían, pero en la época lo hacían en una técnica llamada al torno. Se trataba de un aparato mecánico que se accionaba con la mano o pisando un pedal. Es­to hacía girar el torno y que la lana se enrollara. Sin embargo, en la ima­gen las mujeres practican el hilado a rueca, mucho más antiguo, lento e ineficaz, pero que es el sistema con el que se pintaban a las Parcas de manera tradicional.
Hay un detalle, además, que nos da la clave para interpretar el dibujo: el gesto de Átropos, que cor­ta el hilo con la boca en vez de con las tijeras. Esta forma de terminar con la vida de la persona, a lo bruto y sin miramiento, había aparecido ya en múltiples ocasiones en graba­dos anteriores.
 
Acechando a Goya
 
Con 73 años Goya estuvo a punto de morir. Sobrevivió gracias a los cuida­dos de su amigo y médico el doctor Arrieta. No sabemos con certeza qué enfermedad padeció, pero sí que Arrieta estaba especializado en fiebre amarilla, y que en esos años está documentada en Madrid una epidemia de esa patología. Una vez recuperado, le dedicó a su benefac­tor una pintura titulada “Autorretra­to con el doctor Arrieta”, en el que escribió una larga dedicatoria que decía: “Goya, agradecido a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819 a los setenta y tres años de edad. Lo pintó en 1820”. En él aparece representado en primer plano Goya agonizando, con los ojos y la boca semicerrados. Sujetándole por detrás, y ofreciéndole un vaso con la medicina, el médico Arrieta. Y al fondo, en la penumbra, hay tres figuras. Son las Parcas acechando al enfermo. Goya había esquivado a la muerte, y así agradecía al médico su intercesión.


 “Autorretrato con el doctor Arrieta”, pintado en 1820, cuando Goya tenía 73 años, en agradecimiento al médico por salvarle la vida. Tras ellos, acechando las Parcas.

 Poco después de esta enferme­dad, comenzaría la decoración las paredes de la Quinta del Sordo, a orillas del Manzanares de Madrid, y cuyo nombre se debe al ocupan­te anterior a Goya, no al propio Goya, como es creencia popular. Era una de las catorce escenas que conocemos con el nombre de “Pin­turas Negras” por los tonos utiliza­dos y lo “oscuro” de los temas. Allí pinta “Átropos o las Parcas”, que podemos contemplar en el Museo Nacional del Prado. En la obra apa­recen cuatro figuras suspendidas en el aire. A la derecha, llevando unas tijeras, vemos a la maldita Átropos. A la izquierda está Clo­to, que en vez de la rueca lleva un muñeco o un recién nacido, repre­sentando la vida. Al fondo está Láquesis, que, en vez de medir la longitud de la hebra de la vida, la contempla a través de una lente. Y delante hay un hombre de frente, con las manos maniatadas. Quizá la persona sobre la que están deci­diendo las Parcas, y que nada pue­de hacer ante su veredicto; de ahí las manos atadas.

Es entendible que Goya pin­tara al final de su vida este tema de las Parcas, cuando Átropos le acechaba con sus tijeras para acabar con las pocas fuerzas que le quedaban. Decepcionado de la condición humana, de una socie­dad que había intentado cambiar y una guerra entre hermanos que había devastado el país, no había conseguido eludir el destino que las Parcas le tenían marcado.

Había sido un tema recurrente en su producción, siempre trata­do con muchísima personalidad y adaptado a los tiempos que corrían. Ponía de esta manera la guinda per­fecta a un tema a la muerte, pero también a su vida unida y vinculada a todos los acontecimientos socia­les, políticos y culturales de su tiem­po. A fin de cuentas, vida y muerte forman parte de un mismo hilo.