miércoles, 28 de septiembre de 2022
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Revista Adiós

CANCERBERO / Roberto Villar

19 de septiembre de 2022

CANCERBERO / Roberto Villar

En la mitología griega se llamaba así al perro de tres cabezas que custodiaba las puertas del Infierno. Probablemente muchos de vosotros ya lo sabíais. En el intransferible diccionario etimológico de mi vida, consta que quien me dictó el significado de Cancerbero fue mi hijo. Y no hace mucho. Seis o siete años atrás, cuando él tenía quince o dieciséis y yo… yo ya era su padre por entonces, escuché que mencionaba esta palabra mientras estaba enfrascado en una de sus partidas de videojuegos. Para mí, Cancerbero estaba sólo asociado a una única acepción futbolera nada tecnológica: Se llama cancerbero al arquero, al portero. De fútbol, preferentemente. En mi infancia y adolescencia argentina, esa palabra era una especie de cultismo para referirse al arquero, se usaba, pero poco. Miguel, y su mitología adquirida vía Playstation, me informó acerca de la condición de guardián del infierno de este temible can tricéfalo. Rápidamente mi viejo concepto y el antiguo, pero recién adquirido se encontraron con naturalidad. El arquero, el portero, es el guardián del arco, de la portería. Impide a toda costa que los balones ingresen en el averno y el guardián del lugar tenga que verse obligado a atravesar el corto pero desolador camino en el que se aloja el fracaso de no haber podido impedir que la pelota llegara al rincón de las ánimas. Pienso, ahora que me aboco de lleno a sacarle partido a Cancerbero, que un padre es, en cierta forma, un perro de tres cabezas, un arquero equipado con los guantes apropiados, el cuidador de un reducto que procura mantener cercado por todos los medios, incluso los más torpes e improvisados tales como, por ejemplo, colgando en la puerta tras la que el hijo juega un cartelito advirtiendo que: CUIDADO: EL PERRO MUERDE. Un padre -y no hace falta haber jugado de arquero durante toda su vida futbolera como es mi caso- procura atajarle cuantos dolores pueda a su retoño. Pero, en mayor o menor medida, siempre fracasa. A veces pierde por goleada. Otras, por un penalti injusto en el último minuto. Del mismo modo que por muy buen cancerbero que sea el perro-portero del Infierno no podrá impedir que, de vez en cuando, se le escape -o se le cuele- algún alma negra, un padre está destinado a perder en su intento por evitar que su hijo sufra. Pero lo intenta, se toma en serio los entrenamientos, procura mantenerse en forma. No quiere obtener la aprobación, la absolución, por parte del hijo, eso no tiene la menor importancia: un padre no busca la gloria, sólo alejar del retoño cualquier telaraña tejida por la Muerte, esa goleadora impiadosa. Con suerte, hay que ir pocas veces a buscar el balón al fondo de la portería.

Foto: Jesús Pozo.