miércoles, 21 de febrero de 2024
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Revista Adiós

Fosor

30 de septiembre de 2019

Fosor

Un fosor es alguien que abre fosas y, por extensión, un enterrador. En el mundo paleocristiano de las catacumbas los “fossores” eran las personas especializadas en excavar las tumbas en la roca madre, en las paredes. Pero las hacían en sentido longitudinal, no en profundidad, como vemos hoy. Allí, sobre la roca, eran directamente depositados los cuerpos. Tenían luego ellos un puesto privilegiado dentro del conjunto de nichos.

 Su profesión aparece en un centenar de inscripciones latinas, en las que consta que alguien les compra el nicho. Pues bien, esta palabra latina ha vuelto a la palestra en el siglo XX, cuando se fundó en Guadix (Granada) en 1953 la congregación de los Hermanos Fossores de la Misericordia, única del mundo dedicada a atender a los muertos y a rezar por los vivos. A estas dos tareas dedican su vida y su vocación religiosa los seis hermanos Fossores que quedan hoy, 2019, repartidos entre los cementerios de Guadix (Granada) y de Logroño.

Alguien se preguntará cómo es posible que pueda existir esta vocación.
Los Hermanos Fossores fueron fundados por fray José María de Jesús Crucificado, convencido de que la Iglesia debía estar también presente en el momento crítico de los entierros. Tras más de medio siglo de vida vinculados a dar consuelo en el momento de la muerte, la congregación —que llegó a estar presente en ocho cementerios de España— tiene ahora solo seis frailes. Visten hábito marrón, que está ya integrado en el recoleto cementerio de Guadix, custodiado por rejas negras como si alguien pudiera escapar de la muerte. Y ahí llegan ellos, justo a la entrada, para acompañar a familiares y amigos, favorecer el duelo y facilitar el camino siempre difícil de las despedidas, de los entierros.

El fundador resumió su obra diciendo que la muerte es como una nuez, con una cáscara amarga pero un interior muy dulce. El día a día de estos hermanos, que viven en pleno cementerio, arranca a las seis de la mañana y reparten sus horas entre la vida de oración, misas, responsos, etc. y, sobre todo, la atención al cementerio, que reluce limpio y mimado. Estos hombres riegan y cuidan los jardines, pero también atienden y restauran los nichos más deteriorados, los más resquebrajados, para que la memoria del difunto sobreviva al paso del tiempo.

Pero los fossores afrontan hoy el reto de su propia supervivencia, ya que la propia institución agoniza por falta de vocaciones, una institución que seguirá velando por los camposantos, mientras pueda. Y es que a priori esta vocación puede resultar muy costosa.