domingo, 14 de abril de 2024
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Revista Adiós

Los Etruscos y sus ciudades eternas

31 de mayo de 2019

Sus necrópolis se construían con un extremo desvelo por el más allá que los llevó a un exhaustivo cuidado del lugar de reposo del difunto

Los Etruscos y sus ciudades eternas

Escrito por Ana Valtierra
 

A unos escasos cuarenta kilómetros de Roma, en un sosegado paisaje plantado de cipreses y pinos, se encuentra una de las ciudades de los muertos más espectaculares que el hombre jamás construyó.
 Se trata de la necrópolis etrusca de la Banditaccia, en el noroeste del municipio de Cerveteri. La mención de sus dimensiones, ya por sí sola, resulta del todo impresionante.


(Necrópolis etrusca de la Banditaccia)

Si bien el visitante actual ya queda sorprendido por el enorme tamaño de sus diez hectáreas abiertas al público, con sus consabidos cuatrocientos túmulos, esto tan sólo es una ínfima parte de la realidad.
 Estamos hablando de una necrópolis de cuatrocientas hectáreas, en las que se estima que hay, nada más y nada menos, que 20.000 tumbas de cámara. La cultura etrusca, si por algo se caracterizó, fue por un desvelo extremo por el más allá, que condujo a un exhaustivo cuidado del lugar de reposo del difunto.


(Necrópolis etrusca de la Banditaccia)


De esta manera sus tumbas se franquearon de todos los elementos necesarios para asegurar la continuidad de la vida del fallecido más allá de su existencia terrenal. Además, aunque influidos por los griegos, nunca llegaron a perder la grandiosa originalidad de su propia cultura.

La datación de los enterramientos más antiguos de la Banditaccia ya resulta asombrosa: siglos IX-VIII a. C. Son pequeños pozos destinados a custodiar las cenizas del difunto o fosas de inhumación. Sin embargo, sus construcciones más prodigiosas las encontramos en el tipo de sepulcro prototípico de la aristocracia etrusca a partir del siglo VIII a. C., el de cámara. Se caracteriza, la mayoría de las veces, por la presencia de un túmulo o monte artificial con el que se cubría la sepultura. Este túmulo, monumental y de grandes dimensiones, era su forma de acentuar la distinción de un grupo gentilicio.


(Necrópolis etrusca de la Banditaccia)

Efectivamente, la sociedad etrusca designaba a sus individuos como seres que formaban parte de un grupo familiar. A pesar de lo moderno de esta acepción, con la que seguimos funcionando en mayor o menor medida a día de hoy, esta estructura no estaba basada de manera exclusiva en la consanguinidad. Pero sobre todo, y es lo que más nos interesa en esta ocasión, condiciona de manera determinante la estructura de las necrópolis.
Efectivamente, la tumba de cámara surge para el descanso eterno de la pareja conyugal fundadora de un linaje, y puede que para los hijos muertos de manera prematura o sus siervos, que son enterrados en cámaras secundarias. A ambos miembros de la pareja se les dotaba de importancia, distinguiendo por la forma del lecho fúnebre si pertenecía a una mujer o un hombre. De esta manera, se tallaban de forma diferente en función del sexo del ocupante: un tímpano (forma triangular) para las mujeres o realizado en kliné (lecho) con las patas modeladas para los hombres.

 Las generaciones posteriores, haciendo apología de sus orígenes, agruparon sus tumbas alrededor de este sepulcro o incluso dentro del propio túmulo. Esto nos permite por tanto identificar a generación tras generación de un mismo linaje en lapsos de tiempo que en ocasiones rozan los trecientos años. Así por ejemplo, el túmulo 2 de la Banditaccia, alberga en su interior esta sucesión de generaciones de una misma estirpe, conteniendo la Tumba de la Cabaña (680-640 a. C.); La Tumba de los Dolos (640-600 a. C.); la Tumba de los Sarcófagos (600-550 a. C.) y la Tumba de los vasos Griegos (550-400 a. C.). El túmulo exterior daba paso a impresionantes casas excavadas en la roca, en las cuales se incluían preciosos detalles del mobiliario.

Pretendían reproducir en el más allá la vida del difunto en el más acá. El ejemplo más afamado y magnífico es la conocida como “Tumba de los relieves” (IV a. C.), en este caso un hipogeo o enterramiento excavado en la roca. Una larga escalinata descendiente da acceso a la cámara sepulcral con techo a dos aguas y sostenida por columnas. La sala alberga trece nichos funerarios, pertenecientes a la familia de los Matunas, tal y como reza en las inscripciones. Sus paredes están decoradas con relieves pintados que reproducen objetos de la vida cotidiana: hondas, cayados, tenazas, pinzas, hachas, cascos, cuerdas...En la mayoría de los casos están colgados en la pared tal y como lo estarían en el mundo doméstico de los vivos, dando un realismo y preciosismo a la escena excepcional. Es el caso de la copa, colgada de su parte externa, que nos deja ver la parte exterior, una visión poco propagada con los originales griegos en los museos. Dotada de dos asas, tenía una estudiada forma para ser pasada de uno a otro comensal llena de vino.


(La tumba de los relieves)

A partir de en torno al 500 a. C., igual que en otras ciudades etruscas, se generalizan las llamadas “tumbas a dado”, en donde la Banditaccia constituye uno de sus mejores ejemplos. Son manzanas de construcciones rectangulares construidas o talladas en la roca, en cuyas fachadas se disponen alineadas las puertas de las tumbas. Están hechas como casas en serie, y es fruto de un buen aprovechamiento del suelo de la necrópolis. Constituyen, por tanto, verdaderas y sorprendentes ciudades de los muertos, construidas a imagen y semejanza de las ciudades de los vivos.

Pinturas murales

Si la Banditaccia impacta por sus magnitudes y paisaje sin parangón, la necrópolis de Monterozzi, a 89 kilómetros de Roma, resulta impresionante por la decoración de sus tumbas. Está ubicada en Tarquinia, ciudad principal etrusca y hogar de dos reyes romanos: Tarquinio Prisco y Tarquinio el Soberbio.


(Necrópolis de Monterozzi, acceso a una tumba)

De esta necrópolis se conocen seis mil tumbas, de las cuales doscientas conservan pinturas murales en un asombroso estado de conservación, uno de los grandes atractivos de la necrópolis.

La costumbre de pintar los sepulcros se evidencia en diferentes centros etruscos, como Vulci, Orvieto o Chiusi, pero sólo en esta necrópolis alcanza proporciones tan desmesuradas y un arco cronológico de uso tan amplio: desde finales del siglo VIII al III a. C. Su factura no sólo indica el arte de los pintores locales, si no que pone de manifiesto la presencia de artistas griegos inmigrados que se pusieron al servicio de la poderosa aristocracia etrusca. Como es innegable, sólo las clases más pudientes podían costearse una tumba pintada. Son construcciones excavadas en la roca y rematadas en ocasiones por montículos, mucho menos monumentales que los de la Banditaccia, y destruidos en su mayor parte.

De ahí que actualmente veamos esa especie de casita para acceder a ellas. Normalmente son pequeños túmulos de una sola cámara, destinada al reposo de un matrimonio. Constituyen un documento único para reconstruir la vida de los etruscos. Si durante el siglo VI a. C. la decoración pictórica se limitaba a resaltar los elementos arquitectónicos, tales como puertas o vigas, con el tiempo agones o luchas, representaciones de symposium, escenas de caza, música, baile y juegos, decoran las paredes de estas casas del más allá. En el siglo III a. C., cuando la caída etrusca era inminente, se llenaron de seres de piel azulada, demonios o serpientes barbudas
 Una de las más significativas es la “Tumba de los Leopardos” (473 a. C.), cuyo nombre se debe a los dos leopardos rampantes en torno a un árbol del espacio trapezoidal del muro de fondo. Debajo de ellos, se desarrolla la escena de banquete o symposium. Tres parejas, están reclinadas en sus respectivas klinai servidos por jóvenes. Las mujeres tienen la piel blanca y los hombres oscura, siguiendo el convencionalismo de representación propio de diferentes culturas de la antigüedad. Esta tradición de celebrar el banquete, tal y cómo recogía Aristóteles, “con hombres y mujeres bajo el mismo manto”, ya llamó poderosamente la atención de los griegos, resultándoles extremadamente escandalosa. Con razón las mujeres etruscas gozaron de mucha más libertad que las de Atenas o Roma. En las inscripciones, incluso, se incluía el matronímico, lo que llevó a hablar durante mucho tiempo de “matriarcado etrusco”. El hombre ubicado en la parte extrema derecha sostiene en su mano un huevo, símbolo de regeneración. Se trata seguramente del difunto, a cuyo banquete funerario acuden el resto de aristócratas. Se realiza al aire libre, como ponen de manifiesto los árboles representados.


(Tumba de los Leopardos)

 En las paredes derecha e izquierda, músicos y bailarines acuden hacia ellos. Sarcófago de los esposos El depósito de los ajuares y el propio enterramiento, debía de ir acompañado de una serie de ritos, como la exposición del cadáver, el traslado del difunto, el llanto, el banquete, juegos y danzas, todas ellas conocidas en mayor o en menor grado por el legado de la tradición romana.
Un dibujo expuesto en la Necrópolis de Monterozzi (Tarquinia), nos da una visión muy aproximada de cómo serían, además de reproducir el aspecto de las tumbas en la época. Una particularidad que se refleja en él es el uso de la inhumación de manera generalizada tanto en Cerveteri como en Tarquinia.
Así, el cuerpo del difunto se colocaba sobre lechos de madera en ocasiones decorados con aplicaciones de hueso o bronce, o en piedra. Pero en ambos lugares, está documentada la incineración todavía en los siglos VI-V a. C. A día de hoy se sigue de batiendo sobre quiénes eran estos familiares incinerados cuyos restos se recogían en vasos cerámicos muchas veces importados o, en el caso de la Banditaccia, en urnas de terracota o piedra local, de pequeñas proporciones, en cuya tapa se encontraba esculpida la pareja marital en posición de banquete.
Uno de los más espectaculares es el conocido como “Sarcófago de los esposos”, que en realidad es una urna cineraria, actualmente en el Museo de Villa Giulia (Roma). Realizado en terracota, es un caso extraño por sus grandes dimensiones. Hombre y mujer banquetean, en esta vida o en la del más allá. Los rostros con la sonrisa esbozada, los ojos almendrados y el cabello largo trenzado denotan la influencia griega. Uno de los espacios más importantes era el altar, destinado a las fiestas de conmemoración.


(Sarcófago de los Esposos)

Eran parecidas a las Parentalia romanas, realizadas en honor a los muertos de la familia (parentes). En ellas, familiares y amigos de los difuntos visitaban las tumbas, realizando en ellas sacrificios y ofrendas. El difunto era sepultado con sus objetos personales, así como los que definían su rol por el sexo: los hombres con armas y piezas del gimnasio; las mujeres con joyas y objetos de tocador. También con los elementos que señalaban su rango, especialmente los relacionados con el banquete, practicado por la aristocracia.
Vasos de buena calidad eran importados de Grecia oriental, Corinto, las islas del Egeo y, como no, Atenas. De hecho, algunas de las obras cumbre de la cerámica griega tenemos que buscarlas en tumbas etruscas, como el celebérrimo Vaso François (570 a. C.), torneado por Ergótimos y pintado por Clitias; una cratera cuya misión era mezclar el vino y el agua durante el banquete. Se unían a las etruscas de imitación y a la producción local, como la célebre bucchero, caracterizada por su color negro brillante.

Todavía no ha llegado un genial Champollion, Ventris o Chadwick que consiga descifrar la escritura etrusca más allá de poco menos de la mera lectura de sus palabras.

La investigación sigue hablando incluso de “la cuestión del origen etrusco”, debatiendo cuál es la proveniencia de este pueblo, que con sus magníficas construcciones, no deja indiferente a ningún amante del mundo antiguo.

Sin embargo sus espléndidas necrópolis, testimonio de la grandeza de sus príncipes y de las que todavía queda mucho por excavar y saber, han traspasado los siglos, constituyéndose como una de las manifestaciones artísticas sin parangón en la historia del hombre.