Fotografías de víctimas del incendio en la discoteca Kiss son exhibidas el pasado martes 21 de enero de 2014, en Santa María, Río Grande do Sur (Brasil). Varios eventos conmemorativos se han realizado durante esta semana previa al primer aniversario de la tragedia.

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Un año después, supervivientes y familiares del incendio de la discoteca Kiss de Brasil intentan de diferentes formas superar el dolor

Publicado: domingo, 26 de enero de 2014

Tres afectados por la tragedia han contando cómo están superando el dolor y la pérdida. Son una mujer que perdió a su hija, la esposa de un empleado que tuvo una hija dos meses después y un trabajador de la discoteca que pudo sobrevivir.

Fotografías de víctimas del incendio en la discoteca Kiss son exhibidas el pasado martes 21 de enero de 2014, en Santa María, Río Grande do Sur (Brasil). Varios eventos conmemorativos se han realizado durante esta semana previa al primer aniversario de la tragedia.

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La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, declaró  luto oficial de tres días por la tragedia en Santa María tras visitar a algunos de los heridos en el hospital de la Caridade y estar con los familiares de las víctimas en el Centro Deportivo Municipal, el gimnasio al que fueron conducidos los cadáveres para su identificación.
 

Fotografías de víctimas del incendio en la discoteca Kiss son exhibidas el pasado martes 21 de enero de 2014, en Santa María, Río Grande do Sur (Brasil). Varios eventos conmemorativos se han realizado durante esta semana previa al primer aniversario de la tragedia. Foto de Fernanda Ramos realizada para Efe.
 
Mañana se cumple el primer aniversario del incendio de la discoteca Kiss que provocó la muerte de 242 jóvenes en la ciudad brasileña de Santa María.
Entre las víctimas hubo numerosos estudiantes de las facultades de agronomía, veterinaria, tecnología de alimentos, zootecnia, tecnología en agronegocio y pedagogía de la Universidad Federal de Santa María (UFSM) que celebraban una fiesta de integración. Esa circunstancia tinó de luto a la comunidad universitaria del país y en especial a la de Santa María, una ciudad de 261.000 habitantes conocida por ser un polo educativo. Más del 10 por ciento de sus pobladores son estudiantes de la UFSM y de otras siete instituciones superiores.
El desastre tuvo lugar en una fiesta universitaria cuando un músico encendió una bengala que, al tocar el techo, provocó el fuego y generó un gas tóxico que causó la mayoría de las muertes.
Tras un primero momento de confusión, al parecer, las causas del desastre quedaron más claras. "No debería haber show pirotécnico" en un espacio cerrado, declaró a los medios de comunicación el coronel Adriano Krukoski, del cuerpo de bomberos de Porto Alegre, que se trasladó hasta la zona del desastre. Aparte de la imprudencia de los artistas, fallas en las condiciones de seguridad del lugar y un posible aforo mayor al permitido también están entre los factores que pudieron agravar la tragedia.
La licencia municipal de funcionamiento de la discoteca estaba vencida desde agosto pasado, no había salidas de emergencia y los encargados de la seguridad, según algunas denuncias, llegaron a cerrar las puertas en un primer momento para evitar que, presa del pánico, el público se fuera sin pagar la cuenta. "Los vigilantes trancaron la salida de las personas que estaban en el local y no permitieron que salieran rápidamente y eso generó pánico, un tumulto", dijo el comandante del Cuerpo de Bomberos de Río Grande do Sul, coronel Guido de Melo.
Uno de los propietarios de la discoteca intentó suicidarse en el hospital en el que estába bajo custodia varios días después del incendio. Intentó ahorcarse con una manguera en uno de los baños del hospital de la ciudad de Cruz Alta. El otro propietario de la discoteca fue detenido tras presentarse en la comisaría de Santa María.
Y ahora, un año después, la tragedia continúa con las 239 familias que perdieron al menos un miembro en el incendio con más muertos en los últimos cincuenta años en Brasil y que conmocionó a todo el país, especialmente a esta pequeña ciudad serrana del interior del Río Grande do Sur, estado del sur del país fronterizo con Argentina.
 
Tres testimonios
 
La periodista Luisa Dalcin ha hablado para la agencia Efe española con tres afectados por la tragedia que han contando cómo están superando el dolor y la pérdida.
Mauren Sarturi. 47 años. Muestra un anillo que pertenecía a su única hija, Érica, de 22 años. Desde hace seis meses trabaja como voluntaria en el Centro de Convivencia Turma do Ique, un espacio destinado a la recreación de niños y adolescentes con cáncer internados en el Hospital Universitario de Santa María. "Aquí renuevo mi fuerza diariamente. Sin este trabajo no sobreviviría. El tratamiento es doloroso y largo, y los niños te miran con unas ganas de vivir que te contagian. Hoy entro en el cuarto de mi hija y está vacío. El olor de sus ropas está desapareciendo. Una vez leí que, cuanto mayor el dolor, mayor la carga de trabajo. Y es eso".
 El día en que aceptó hablar sobre su lucha para intentar superar la pérdida de su hija, Mauren escuchó música en el trayecto. "Fue la primera vez que encendí la radio del carro en 12 meses. Aún no leo los periódicos. Comencé a ver televisión sólo el mes pasado".
Patricia Carvalho. 36 años. Tuvo poco tiempo para lamentar la pérdida de su esposo, Joao Aloisio Treulieb, de 29 años y que era el jefe del bar de la discoteca Kiss, ya que sólo dos meses después del incendio nació Joana, la hija de ambos. "Tras la tragedia era complicado hasta salir de casa. Perdí la privacidad. Los periodistas telefoneaban todo el tiempo. Había hasta personas acampadas en un parque próximo. La protección de la familia me sofocaba y no conseguí procesar el luto. Entonces escogí el día 27 para llorar, ir al cementerio y permitirme sentir el dolor".
Luismar da Rosa Model.  26 años.Es uno de los supervivientes del incendio de la discoteca, en cuyo bar también trabajaba. Se ha negado a hablar con la prensa durante un año.
"Los colegas que sobrevivieron estaban con temor de salir a la calle. Algunos familiares de las víctima) mezclaban las cosas y parecía que todos los que trabajábamos en la discoteca éramos cómplices de aquello, como si tuviésemos alguna culpa. En el hospital me senté en la sala de espera al lado de un joven. Él fue bajando la cabeza y cuando me di cuenta estaba muerto. Me desesperé porque pensé que también moriría”. Cinco días después fue dado de alta. "La ciudad era otra. Todo era negro. En los dos primeros meses me bañaba con la puerta del baño abierta y dormía con las luces encendidas".


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