Tanatocuentos

Cuento ganador del VIII Concurso de Tanatocuentos

 Qué lindo te ves, Augusto, con tu uniforme de almirante de navío y tu espada al cinto.
¿Ves cómo sirvo para algo? Yo no sé por qué me decías tanto esas boludeces:
 -Inútil, ni de mucama valés.
 A ver ahora, cuando te reúnas con los tuyos, los de la cofradía del cuerno, si no estuvieras presentable, qué te iban a decir.
 -Se te ve desmejorado, Titín.
 ¿Y qué les responderás vos?
 -Algo que me habrá sentado mal.
 Y tanto que te ha sentado mal. Vos y tu manía de comer empanadas todos los jueves.
 -Inútil, te pasás de hervores.
 ¿Qué querías, que las hiciera como tu mamá, esa vieja gorda que nunca me estomacó?
 -Augustito, es una inútil.
 Lo difícil fue hacerse con el arsénico, pero una tiene recursos para todo. En el tanatorio “Crepúsculo”, Augusto, hay una farmacopea que ya quisieran muchos Polihospitales. Entrar allá fue mi salvación. Y que tu doña no pise por la cocina.
 Vos de pequeño ya sabías lo que querías:
 -Almirante de navío, como mi papá. Almirante de navío, como mi abuelito.
 Mi papá no era almirante de navío, y menos mi abuelo. A mi papá le llamábamos padre, y de usted, que para algo era de Alaejos, provincia de Valladolid, España. El único barco que vio en su vida fue el Trieste, y ese porque tuvieron que salir corriendo cuando acabó la guerra. Vos no, vos criollito de toda la vida.
 -Almirante de navío.
 ¿Qué te crees, que yo no sabía lo que quería? ¿Cómo iba a saber una nena tan chiquita, una petisa como yo, decir esthéticienne? ¿Y qué si una se  ganó la vida en los boliches del barrio, bailando duro de a boletos, en la garufa el malevo apretado contra una, fierro y todo? ¿Dónde me conociste vos?
 Pues sí, yo quería ser esteticién, una que limpia el mundo, una que lo hace mas lindo. ¿Qué hacías vos, en  tu Escuela de Mecánica, que se oían los gritos y los llamados a tres quintas? ¿Cómo hubiera estado presentable en los cock-tails si no me hubiera maquillado los morados que me dejabas cada vez que el trago te dejaba la poronga en nada?
 No me gustó nunca luego, cuando doña Analía me contrató en su salón, sentir que los hombres me subían las manos por encima mientras una les hacía las uñas, un mero quitarles las esquirlas, los padrastros, las cutículas.  Al menos no te quedaban arañazos en la piel, cuando se bajaban. ¿Te acuerdas de mi piel?
 Imagínatelo.
 -Madre, quiero ser tanatopractora.
 Ni la palabra existía. Pero yo sabía que los muertos no molestan, ni manosean. Era agradable sentir la mesa fría, de metal, y el cafishio allí tumbado, quietito, esperando que una le botara los garfios del pelo que le seguían creciendo, la barba dura, los cardenales que la luz del foco dejaba al descubierto. ¿Te has fijado lo que pesa un cadáver? Claro, como a ti te los cargaban siempre tus milicos, esos muchachotes de San Facundo, o de Churuo, serranitos tan callados, tan obedientes. Ya ves, almirante de navío como tu abuelo y como tu papá. Pues yo quería ser como mi abuela. Nunca me preguntaste qué había sido mi abuela. Ahora que no podrás replicarme te lo diré. Ensalmadora, plañidera y amortajadora. Pero qué vas a saber vos.
 Te molestan las palabras, ¿verdad?
 Tanatoesteticién.
 Ese es el nombre de mi trabajo, tanatoesteticién como mi mamá y como la mamá de mi mamá. Es otra palabra. ¿O matan las palabras? ¿Y sabés? Nosotras tratamos a nuestros clientes con respeto, aunque estén muertos. No les golpeamos, no les gritamos, no les marcamos la piel con cuchillas ni con llaves ni con correajes, no les aplicamos la picana, ni los remojamos en su propia mierda.
 Tomamos el cadáver de alguien y lo desvestimos con cuidado, recordando que alguien  amó ese cuerpo, que alguien lo acunó cuando era niña, que alguien lo besó en su esplendor de varón, que alguien se abrazó buscando su calor y seguridad, que alguien puso su mano en esa  mano, que esa mano acarició otros cuerpos, que acariciaron otros cuerpos y así, en cadena, hasta acariciar el mío, que acaricia ahora el tuyo, Augusto, porque te vas a morir, porque te estás muriendo, ¿me oyes, Augusto, mientras te lavo con agua de lavanda y rosas? Voy a perfumarte con ungüentos, Augusto, porque hiedes y así no se puede ir por el mundo.
 ¿Ves la foto en la pared? Es Ernesto, tu hijo. Sí, tuvimos un hijo, Augusto, aunque nunca lo quisieras saber. Tenía 17 años, cuando se lo llevaron. Ni su cuerpo me quedó para llorar. Esa foto. Por eso tengo tu foto aquí, junto a las tijeras, porque quiero dar de ti la mejor imagen posible, no entres en el otro mundo tan desmejorado, que el arsénico pone la piel como cenicienta y mustia, y yo no quiero que te pase eso.
 El olvido. Eso es lo más terrible. El olvido. ¿Dónde dejé las llaves, Almudena? ¿Cómo se llamaba ese rojo? ¿Qué le hice a aquella joven embarazada, la morochita? Es lo que tiene el tiempo, ese es el peor arsénico. Jugué con él. Así bajaste la guardia, te alejaste de esa mujer con la que te casaron, tan insignificante la criollita. Así volviste a tu primer amor, aunque ni de eso te diste cuenta vos, con tu uniforme lleno de cruces y esas botas con las que dabas miedo. A mí no. Me bastó esperar y esperar.
 ¿Aún me oyes? Mirá, te voy a enseñar los instrumentos de mi trabajo, como vos me enseñabas los dosieres de contrainsurgencia, Palmira Possetto, 21 años, bibliotecaria, novia de Luis Gelman, alumnos de Patricio Ross, conocido intelectual filomarxista. Y las fotos después del tratamiento. Mirá, mis tijeras, cremas, bases de maquillaje, apósitos con carne artificial, pequeñas figuras de plástico con forma de ojo, espátulas, formol y los otros utensilios con que borrar los desperfectos del tiempo y la muerte, futura para ti.
 Te estoy lavando, Augusto, con agua tibia. Y ahora voy a entaponarte todos los orificios. Empezaré por la boca, que es el hueco por el que más inmudicias has arrojado. Ahora se acabó de enmerdar, de emputecer a ninguno. No quiero ver el cadáver de vos poniéndose lívido, mudándose en cárdeno, volviéndose negro. Voy a masajearte por última vez, para que me sientas, Augusto, y te lleves el sabor de lo que perdiste.
 Los profesionales revisan primero las causas de la muerte. Vos vas a morir de tu propia viejez. ¿De qué crees que mueres? Lo del arsénico ha sido para evitarte sufrimientos. Poco a poco, han sido tres meses a dosis mínimas, para que creyeras que la vida te iba doblegando. Qué cobarde eres a tu edad, con lo que has visto, patalear por unos meses, por unos pocos de años, no admitir que estás robando oxígeno, oxígeno de los hijos y las hijas de tus víctimas, que son ahora los dueños del país, aunque no sean hijos y nietos de almirantes, Augusto.
 Pues así son las cosas. El país ya no es de vos, ni de los que son como vos. Ya ves, acá en “Crepúsculo” me tratan con respeto. A mi manera, yo también ayudo a limpiar el mundo, a hacerlo mejor. Ríete, pero te vas a la joda, eso sí, bien lindo, gracias a mi trabajo.
 
Texto de Javier Izcue (Pamplona)


 

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