EL Masnou

Barcelona

 
 El cementerio de El Masnou, un museo al aire libre
El Cementerio Municipal de El Masnou es un auténtico museo al aire libre. A través de su visita se puede contemplar la cruz de término de 1.500 recientemente restaurada; obras de arte diseñadas y esculpidas por artistas de renombre internacional como Frederic Marès, Rafael Atché, Josep Llimona o Josep Maria Subirachs; y panteones proyectados por destacados arquitectos modernistas.
Diseñado el año 1860 por el arquitecto municipal Miquel Garriga i Roca, reemplazaba el antiguo cementerio ubicado detrás de la Iglesia de San Pedro.
El Cementerio de El Masnou, aunque desconocido por muchos ciudadanos, se puede vincular con otros cementerios destacados de Catalunya, como los de Arenys de Mar, Lloret de Mar, Poblenou o Sitges, de gran mérito artístico. Se puede crear un nexo entre todos estos espacios, que son transformados en la misma época por la presencia de una burguesía enriquecida que quería contar con los artistas mejor considerados del momento.
Actualmente el Ayuntamiento de El Masnou ofrece visitas guiadas gratuitas tres veces al año que cuentan con un gran número de asistentes. También ofrece la posibilidad de hacer visitas guiadas en diferentes idiomas para grupos de 25 personas por un preció de 81 € por grupo.
Además, el Cementerio de El Masnou ha sido objeto de estudio sistemático. La propuesta de Miquel Rico Vázquez y Marta Roig Lerones fue la ganadora de la tercera edición de la Beca de Investigación Local de El Masnou el año 2006. Fruto de este estudio se editó el año 2008 la publicación El cementiri del Masnou, un museu a l’aire lliure (segles XVIII-XXI), Roca de Xeix, núm. 27.
Mejor cementerio en general: Cementerio Municipal de El Masnou
 
Información histórica
1. El cementerio viejo, imagen del crecimiento de un pueblo (1783-1865)
Vinculadas a la historia de la iglesia encontramos las primeras referencias a la existencia de un cementerio propio de El Masnou. Desgraciadamente, hay un vacío documental que impide dar una fecha exacta de su construcción, aunque parece que se construyó coetáneamente al templo. Muy probablemente, debía ser una pequeña parcela de terreno destinada a enterramientos, situada al norte del templo y bendecida en 1783 juntamente con la iglesia.
En un primer momento, este espacio resultaría suficiente para el número de habitantes residentes en El Masnou de entonces, pero a lo largo del siglo XVIII, la población creció notablemente.
2. La construcción del nuevo cementerio
La bonanza del comercio con América afectó positivamente a El Masnou, que prácticamente vio doblar la población en tan solo treinta años. Evidentemente, este crecimiento demográfico comportó cambios en la fisionomía del pueblo, que pronto tuvo que adaptarse a las nuevas necesidades y a los problemas que iban surgiendo. De esta manera, a pesar de les reformas realizadas en el cementerio en la década de 1840, este recinto comenzó a resultar insuficiente para hacer frente al número de entierros que se hacían cada año. La situación se complicó con la epidemia de cólera que asoló parte de la provincia de Barcelona a mediados del siglo XIX. Así lo demuestra el hecho que en 1865 murieron 135 personas, una cifra muy elevada respecto a las 84 que murieron en 1863 y las 94 del año siguiente. En 1866, las defunciones descendieron a 76 y en 1867 volvieron a aumentar hasta las 102 personas.
Estos acontecimientos fueron propicios para la creación de nuevas leyes de sanidad, que intentaban regular la salubridad des los espacios públicos, especialmente de los cementerios. En las diferentes poblaciones, los ayuntamientos crearon una serie de organismos que se encargaban del control de esta legislación. De este modo, en julio de 1865, el consistorio municipal de El Masnou, encabezado por el alcalde Jaume Millet i Pons, convocó una reunión con la Junta Local de Sanidad para exponer el comunicado del rector de San Pedro, Pau Buscà, en que informaba que el cementerio no cabían más cuerpos, hecho que suponía realmente un peligro sanitario. Fue en ese momento cuando se consideró necesario el traslado del recinto a las afueras del pueblo.
Inmediatamente después de haber tomado esta decisión, se iniciaron los trámites para realizar las obras de construcción de una nueva necrópolis. Para favorecer este proyecto, la sociedad de marinos contribuyó con la cesión de las ganancias obtenidas con la venta de tres casas que tenían en propiedad. La recaudación, que ascendía a 3.685 duros, 3 reales y 16 maravedíes, fue entregada al Ayuntamiento.
El proceso se aceleró cuando, en octubre de 1865, murieron diferentes individuos, posiblemente a causa del cólera, por lo que el consistorio no consideró oportuno enterrarlos detrás de la iglesia. La Junta de Sanidad emitió un comunicado al gobernador civil de la provincia para informar de estos hechos y defender así la actuación de los miembros del Ayuntamiento, ya que el cementerio estaba muy cerca de la población. A raíz de esta petición, el arquitecto provincial, Francesc Daniel Molina i Casamajó, se desplazó hasta El Masnou juntamente con Ramon Ferrer i Josep Bonet, miembros de la Junta Provincial de Sanidad, para visitar el estado del cementerio y una parcela de terreno donde el Ayuntamiento tenía previsto edificar el nuevo. Esta pieza de tierra pertenecía a Francisca Sors i Matas, viuda de Felip Casas i Romanyà, y estaba situada entre el Torrente Umbert y el antiguo Camino de Alella.
El arquitecto Molina confirmó la insalubridad del viejo cementerio y, una vez estudiado el emplazamiento de la futura necrópolis, dio su beneplácito, aunque poco después comenzaron los problemas. Por un lado, Francisca Sors de Casas no estaba de acuerdo con la elección de una de sus propiedades para construir el nuevo cementerio. Curiosamente, la familia de su marido había cedido años atrás los terrenos para construir el antiguo. A pesar de esto, la afectada propuso una segunda
parcela, ya que el solar que deseaba el consistorio divida sus pertenencias en aquel sector. Esta nueva pieza de tierra estaba ubicada en la denominada partida de Vallmora, entre el antiguo Camino de Alella y la actual calle de Pau Casals.
Por otro lado, los vecinos de Alella de Mar se mostraron contrarios a la elección de ambos terrenos por la proximidad de sus casas a los dos espacios. De esta manera, propusieron un tercer terreno, también de la misma propietaria, que quedaba todavía más al norte de la villa y, a la vez, equidistante de su barrio y el de Ocata.
Finalmente, en julio de 1867, Francisca Sors hizo un ofrecimiento altruista al municipio y entregó gratuitamente la pieza de tierra que había presentado desde el comienzo. Ante esta cesión, la corporación municipal aprobó el acto de Francisca Sors. Evidentemente, esta entrega beneficiaba a ambos bandos ya que a la afectada no se le quitaban las otras tierras, muy fértiles para el cultivo por su composición argilosa, y el Ayuntamiento se ahorraba el pago del valor de los terrenos.
Una vez acabada la elección del solar, se iniciaron los trámites burocráticos para obtener los permisos necesarios por parte del gobierno provincial, que aprobó la elección final en octubre de 1867. La autorización definitiva, sin embargo, no se conseguiría hasta el 10 de diciembre, con la emisión de una real orden en que se aceptaba la construcción del nuevo cementerio. Aun así, antes de recibir las licencias correspondientes, el Ayuntamiento decidió iniciar las obras, hecho por el que tuvieron que responder tiempo después ante las autoridades superiores. Estas primeras obras consistieron en el aplanamiento del terreno y fueron encargadas a Agustí Oliveras, que también realizó la urbanización de la carretera que comunicaba el pueblo con el nuevo espacio.
Durante la ejecución de las obras, se continuaba haciendo uso del cementerio viejo, donde se realizaron enterramientos hasta enero de 1869. A partir de esa fecha, se comenzó a utilizar el nuevo y a trasladar los restos hacia allí. Una vez finalizado este proceso, que se alargó casi treinta años, el solar pasó a manos de Josep Maria Malet i Font, uno de los descendientes de la familia Casas, que había cedido el terreno para hacer el cementerio.
3. El proyecto de Miquel Garriga i Roca y sus modificaciones
Una vez conseguidas todas las aprobaciones requeridas, la corporación municipal se entregó a la obra del nuevo cementerio. El proyecto del diseño del recinto recayó en el arquitecto municipal Miquel Garriga i Roca, que elaboró los planos entre finales de 1866 y comienzos de 1868.
Las obras de construcción se iniciaron inmediatamente después de la obtención de la real orden, primero aplanando los terrenos y edificando un muro de cierre que delimitaba el espacio del cementerio. El material constructivo que se utilizó fue el granito, siguiendo así las órdenes del arquitecto.
Respecto a la planta inicial, Garriga i Roca concibió un espacio rectangular dividido en tres partes:
Parte 1. Entrada. La entrada tenía que estar ajardinada y tenía que disponer de toda una serie de dependencias necesarias para el proceso previo del enterramiento (aunque en aquel momento los cuerpos se velaban en casa), entre las cuales había una sala de autopsias. Todo este cuerpo tendría que estar rodeado por una galería cubierta, de la cual solo se llegó a hacer un lado. Ésta iba precedida por una gran escalera, en el centro de la cual se abría una puerta que daba al recinto destinado a enterramientos.
Parte 2. Recinto de enterramientos. Esta segunda parte iría rodeada de nichos y una vía de circunvalación que permitiría el tránsito interno. El espacio central más elevado respecto al resto del conjunto, disponía de unos nichos de preferencia destinados a personas notables, a los cuales se accedía desde la misma vía. En los ángulos, sobre los nichos, había unos depósitos para recoger las aguas pluviales y unas capillas especiales colocadas sobre las tumbas de las cofradías de San Isidro, San Telmo, San Antonio y Nuestra Señora de la Merced. En la parte baja, estarían los osarios comunales.
El cuerpo central estaba dividido en cuatro islas formadas a partir del cruce de dos calles, siguiendo así el modelo de cementerio mediterráneo del siglo XIII. El acceso a esta zona se efectuaría mediante unas escaleras dispuestas en los ángulos y delante de la puerta principal. Casa una de las islas estaría estructurada en diferentes sectores de enterramiento según la situación y la clase social del difunto. Mientras que la parte interna estaba reservada a la construcción de los mausoleos para conmemorar personas ilustres y hechos notables, los alrededores eran destinados a las familias humildes, a los difuntos del Hospital, a los militares y a los extranjeros. En el perímetro de cada isla se situarían los sepulcros de las familias pudientes. El arquitecto Garriga i Roca también incluyó en el proyecto la colocación de árboles, que, además de cumplir una función estética, servían para absorber los gases mefíticos del recinto. Además, en el centro de todo el conjunto, se levantaba una cruz como emblema de la religión.
Parte 3. Parte septentrional. En la parte septentrional del recinto se incluía un tercer cuerpo con una capilla de planta centralizada, con cuatro capillas circulares en los ángulos. El templo estaba rodeado de una galería cubierta, donde se distribuían las cámaras sepulcrales reservadas a los eclesiásticos y personas distinguidas. Desde aquí se podía acceder a la sacristía, dispuesta detrás de la capilla, y a los solares contiguos, destinados originariamente al entierro de los pobres de solemnidad. En este espacio, también se tenían que construir unas islas de nichos de segunda categoría.
Esta deposición del espacio, además de su parte práctica, también tenía un sentido simbólico, ya que a cada sector se le dio un nombre de un santo, tal como aparece en los diferentes planos. De esta manera, las cuatro islas destinadas a inhumaciones recibieron los nombres de los cuatro evangelistas: San Mateo (primera), San Marcos (segunda), San Lucas (tercera) y Sant Juan (cuarta). Los solares de cada lado de la capilla donde deberían estar enterrados los pobres de solemnidad fueron consagrados a San Pedro (poniente) y San Pablo (levante).
Aunque este primer proyecto no se realizó en su totalidad por motivos económicos, en octubre de 1868 las obras habían avanzado suficientemente como para poder comenzar a utilizar el recinto. En esta fecha se había hecho el muro de cierre, se habían colocado las puertas y la cruz de piedra en el centro. La bendición tuvo lugar el 24 de enero de 1869.
A partir de esta fecha, continuó el curso de las obras, aunque con graves dificultades debido al bajo presupuesto. Nunca se pudo llegar a construir todo lo que había diseñado Garria i Roca, ya que proyectos posteriores modificaron su concepción inicial. Incluso se encargó a un arquitecto una simplificación del proyecto original (prescindiendo de la escalera monumental, de la construcción total del pórtico y de la sala mortuoria, previendo una iglesia más sencilla, etc.), que incluso así, resultó demasiado elevado.
Fue a partir de 1871 cuando el cementerio ya estaba adquiriendo un aspecto más suntuoso y las familias pudientes comenzaron a comprar las parcelas de terreno para edificar sus tumbas.
Para hacer frente a la ejecución de las obras que faltaban, desde 1872 la Junta del cementerio contó con el asesoramiento del arquitecto Leandre Serrallach i Mas. Su labor consistió en la revisión y la posterior aprobación de los planos presentados por los diferentes propietarios que deseaban construir un panteón.
Debido a las variaciones del proyecto original y el enfriamiento de las relaciones entre Garriga i Roca y el consistorio durante sus últimos años como arquitecto municipal, en 1881, Garriga i Roca fue cesado de su cargo.
 

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