Asturias
Avilés
ATADO Y BIEN ATADO
 
 
A Félix Sanz Ortiz la memoria viva de nuestra ciudad de los muertos
 
 
“Atado y bien atado”. Tantas veces esta frase manida sobre el valor de esas previsiones que nunca se cumplen, tiene en el cementerio avilesino de La Carriona una excepción que confirma la regla.
 
Corrían los últimos días del mes de febrero de 1993.  A las oficinas del Servicio de Cementerios del Ayuntamiento de Avilés, ubicadas en el mismo camposanto,  se acerca un hombre de avanzada edad. A modo de esas gentes previsoras hasta los límites más insospechados, se interesa por el estado de un nicho de su propiedad  y requiere la posibilidad de que los trabajadores municipales hagan una labor de exhumación de los restos de un hijo suyo allí enterrado desde hace muchísimos años. Otra cosa no se puede pensar que un familiar con una enfermedad ya en estado terminal y al que la muerte le espera en pocas fechas.
 
Atendida la petición y realizados los trámites burocráticos, nuestros operarios se ponen manos a la obra. Un trabajo rutinario más en la vida de un cementerio. Como el de tantas y tantas jornadas laborales.
 
Nuestro hombre repite la visita y se muestra más que meticuloso en la observación no solo de los trabajos de exhumación, sino en la limpieza y adecentamiento de lo que parecía ser una última morada en cuestión de días. Llega, incluso, a dar una importante propina como señal de agradecimiento a los trabajadores municipales por la labor bien hecha. A plena satisfacción y a su salud como entonces afirmó.
 
Apenas han pasado unos pocos días. Son las cuatro de la tarde del 9 de marzo de aquel 1993.  A la entrada a su jornada vespertina y por estar ese nicho cerca de su oficina, Félix Sanz, ese encargado meticuloso hasta la saciedad y con décadas de experiencia en la “ciudad de los muertos” observa como una vez más el visitante se encuentra delante del mismo. Tras un cortes saludo el protagonista de nuestra historia se pierde de vista entre el mar de panteones de ese museo al aire libre que es La Carriona.
 
Y Félix entra en su lugar de trabajo. Todo parece como un día más: Entierros, exhumaciones, traslados, la limpieza general de las calles y enterramientos, las pequeñas tareas cotidianas del mantenimiento…. Nada parece alterar la tranquilidad de nuestro cementerio-museo.
 
Han pasado apenas unos minutos y uno de los marmolistas que habitualmente trabajan en el cementerio llega jadeando hasta la puerta del servicio. En su recorrido rutinario por el camposanto encuentra un hombre ahorcado de uno de los cipreses que
entonces adornaban el cementerio de La Carriona. Una zona alejada, ocupada por los enterramientos de las comunidades religiosas que en Avilés tienen casa y sede. Para mayor detalle, la de los Padres Franciscanos. Uno de sus panteones le sirvió a modo de trampolín para forzar ese último acto de su vida. Son las 16:45 horas.
 
Rápidamente encargado y trabajadores llegan al lugar en donde se ha perpetrado la más terrible de las muertes. Incredulidad, sorpresa… En definitiva una situación que deja sin palabras a personas que tienen un trabajo en permanente contacto con los momentos más difíciles de la vida, aquellos en los que las emociones se desatan con la pérdida de seres queridos.
 
Tenía setenta y ocho años. Muchos de recorrido, pero ahora muchos también por delante en una vida truncada trágicamente.
 
Y cuenta nuestro homenajeado que hasta a las fuerzas de seguridad y judiciales les costó trabajo creer aquello que él les iba narrando al dar cuenta de lo sucedido. A más de uno hubo que repetir la llamada telefónica, desechando cualquier broma macabra.
 
Experiencias y anécdotas a cientos tras más de cuarenta años continuados de abnegado servicio, pero ésta es, quizás, porque no, seguro, la más impactante y la más imborrable de todas para Félix Sanz Ortiz.
 
Atado y bien atado.
 (Información y documentación faciltado por el candidato)