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Ginés García Agüera
Periodista especializado en cine. Colaborador de "Adiós Cultural" desde el número 1.

CINE Miradas cinematográficas en un Madrid devastado (Mayo de 2004)

11 de marzo de 2019

Miradas cinematográficas en un Madrid devastado (Mayo de 2004)

(Artículo publicado en la revista Adiós Cultural de mayo-junio de 2004).

Devastación. Nadie ha filmado mejor el desastre de Madrid como las miradas de tantos anónimos. Miradas de gentes en el metro, en los autobuses, tensiones en las miradas. Miradas no sé si de esperanza, sí de miedo, de inseguridad. Miradas que expresan y desalojan temor, incertidumbres. Miradas. Esas imágenes, esas miradas, me recordaron a otro Madrid. Lejano, quizás no tanto. La transición. Metralletas en la calle Atocha. Otra vez Atocha. Arturo, Yolanda, secuestros, semana negra en enero de 1997. Juan Antonio Bardem lo plasmó desde una perspectiva cercana, fría, casi documental, en una película que él tenía que hacer, desde su compromiso y su militancia, “7 días de enero”. Jamás le agradeceremos lo suficiente su arrojo, su coherencia, su trabajo que ahora apreciamos de verdad  imprescindible. Madrid volvió en marzo de 2004, a ser escenario de esas miradas que no sé si podrán plasmarse en pantallas. Seguramente sí en vivencias cercanas, de tantos protagonistas, supervivientes, gentes de la calle que vieron, en sus pupilas incrédulas, cómo el mundo, su ciudad, se les volvía del revés, se venía abajo en una sucia mañana de marzo. Madrid devastado. Coches funerarios atravesando avenidas, acudiendo a tanatorios improvisados, miles de vehículos en un trabajo agotador, impagable, solidario. Es posible que el cine se haga un eco vago, testimonial, más tarde, con una perspectiva que nos haga intentar entender lo que es imposible asumir por muchas generaciones que vengan. Madrid devastado por la sangre, por las miradas de gentes inocentes que no entienden nada, salvo de la impotencia y las lágrimas. Madrid, otra vez escenario del terror, de las miradas que expresan desconfianza, miedo, deseos de huir. Madrid, tantas veces retratada en el cine en su historia, en el devenir de sus habitantes perdidos y al mismo tiempo orgullosos de sus calles, rincones, ambientes. Madrid, ciudad de cine, de secuencias que la han paseado por cada sentimiento. Amores, desilusiones, fiestas, encuentros en Madrid. El cine clásico de los cincuenta y sesenta, taxistas, guardias urbanos, paletos, chicas de la Cruz Roja, novios del 68, mini-minis que hacían furor, San Valentín también unos años antes Edgar Neville, con torres de jorobados y sabiduría en sus diálogos. Forqué, Lazaga, Camus, Uribe, Almodóvar, cada uno ha visto a esta ciudad prenderse en celuloide bendito. Y Madrid documental, de proclamaciones de la República, de la Puerta del Sol llenándose de sombreros y tiempos de esperanza. Madrid, paseos de ambiente indefinido que se cuelan en la memoria, en la mirada del cine hacia una ciudad que siempre ha sabido posar y querer a la cámara como nadie. Retratada una y mil veces, Madrid, llora por cada una de esas ventanas de los Austrias, de barrios coloridos por la mezcla cultural, de despachos antipáticos para la gestión de los llegados del extrarradio, de parques y mimos y cartas de tarot. El Madrid de los trabajadores, del orgullo de pertenecer a esa tierra de todos y de nadie al mismo tiempo. Madrid visto y leído una y mil veces, en páginas y películas que lo han hecho inmortal, necesario. Madrid de paisajes inamovibles, honestos y éticos, ahora devastado, roto y recuperándose para la esperanza.
        
La Colmena
 
Madrid, esa colmena donde fluyen almas, miradas que contemplan el terror, la miseria humana. Enseguida recordé aquella película de Mario Camus, de 1982, “La colmena”, sobre la obra de Camilo José Cela. Aquel también era un Madrid devastado, en este caso por el terror de la dictadura cruel de Franco, por la posguerra que vino tras el “no pasarán”, por el hambre, las cartillas de racionamiento, el estraperlo, los poetas muertos de frío, hambre y vergüenza. Y una revisión apresurada de esta película tan de Madrid, volvió a llevarme, a llevarnos, una vez más, a aquellos escenarios también devastados por el terror. El café de la señora Rosa y sus camareros, Luis Barbero y Manolo Zarzo. La casa de putas, donde trabaja “la uruguaya”, a la que llaman así porque nació en Buenos Aires, y donde una adorable Concha Velasco le cede un trozo de manta al poeta José Sacristán, que palpa el miedo cuando un secreta le pide la documentación en una fría noche del Madrid de los cuarenta. Los paseos por el Retiro, el fotógrafo, la casa de citas, el hospital de tísicos y leprosos, el baile para perfeccionar estilos, la pensión miserable, el sexo a hurtadillas, los billares de macarras y afeminados, la comisaría, el miedo otra vez, que vuelve cuando el terror protagoniza vidas, destinos. Y curioso, además, contemplar cuantos rostros ya no están entre nosotros, de aquella cinta ahora histórica de Camus. En estos años nos han abandonado rostros imperecederos de aquella colmena cinematográfica: Rafael Alonso, José Bodalo, Camilo José Cela, Queta Claver, Luis Escobar, María Luisa Ponte, Francisco Rabal, Luis Ciges, Emilio Fornet, Raúl Fraire, José Vivó, algún otro, nos han dejado durante los últimos veinte años.
En ese Madrid de devastación, una secuencia en el café de la señora Rosa. Paco Rabal palpa debajo del velador de una de las mesas. Hay algo inscrito tras las piezas de mármol en donde se sirven cafés con leche y agua del grifo. Se enteran los habituales que el mobiliario del café, procede de lápidas mortuorias. Todos los veladores llevan escrito el nombre de un finado. Han descubierto otra mezquindad de la señora Rosa. Ha robado en cementerios para servir bollos duros y licores que roen las entrañas. Devastación de las almas, en un Madrid que no descansa. Aunque en sus venas, en sus calles y rincones, aún queda un hueco para la esperanza.

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