FIRMAS

Nieves Concostrina
Redactora jefa de Adiós Cultural.

Firmas Pitágoras y las habas

07 de marzo de 2019

Pitágoras y las habas

(Pitágoras, en la esquina de abajo, a la derecha de la imagen, haciendo creer a sus discípulos que regresaba del Hades. Obra de Salvator Rosa, pintada en 1662.)

PITÁGORAS Y LAS HABAS

Cuando una se come unas habitas salteadas con jamón, se le hace difícil entender cómo semejante verdura puede tener tanta carga de simbología funeraria.

Ya lo decía Plinio: “El haba se emplea en el culto a los muertos porque contiene las almas de los difuntos”.

 No se trata de preguntarse de dónde sacaría semejante idea alguien a quien se le supone sabio, pero antiguamente se tomaban las cuestiones funerarias muy a pecho.

Los egipcios no se quedaron cortos en las simetrías entre habas y muertos: llamaban campo de habas al lugar donde los muertos esperaban la reencarnación.

Esta indefensa planta herbácea estuvo considerada en la Antigüedad como símbolo de los muertos, y cogió tan mala fama porque las habas eran las primeras en salir en primavera, y por tanto se consideraba la primera ofrenda de los muertos a los vivos; el símbolo de su reencarnación.



Orfeo era otro que le tenía una tremenda manía a las habas, y Pitágoras ni les cuento. Los dos prohibieron comerlas a sus discípulos porque, decían, era como comerte la cabeza de tu padre. Lo malo es que lo de Pitágoras pasó de castaño oscuro.

De la hipotenusa a las habas

El famoso teorema de Pitágoras dice que en un triángulo rectángulo la suma de los cuadrados de los dos catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa.



Bien, pues cómo es posible que un tipo tan listo, que nos ha traído locos en el colegio hasta que nos aprendimos la maldita hipotenusa, le tomara semejante ojeriza a las habas.

 Y si no las quería para él, no las quería para nadie. Entre los atributos divinos que le colgaron a Pitágoras estaba el de entender la lengua de los animales, don que empleó en una ocasión para convencer a un buey de que no comiera habas.

Pitágoras, además de matemático y un cerebrito en cuestiones de geometría y aritmética, se metió a filósofo. Bien es cierto que salvo algunos hechos rigurosamente comprobados, la mayor parte de la vida y la actividad del sabio de Samos son muy desconocidas. Su primera biografía se escribió muchos años después de su muerte, un periodo más que suficiente para fabular y atribuirle situaciones inventadas.

Vivió entre los siglos VI y V antes de nuestra era y fundó una especie de secta, la Hermandad Pitagórica, que acabó perseguida. Cierto que era listo, pero también más raro que un perro verde y que no reparaba en gastos a la hora de hacer trampas para mantener enganchados a sus seguidores. Como, por ejemplo, cuando pretendió hacer creer que se iba a dar un garbeo por los territorios de los muertos y de donde pretendía regresar vivo.
Para los griegos clásicos, Hades, era el dios de los muertos, el regente del mundo subterráneo, llamado igualmente Hades. Este inframundo estaba custodiado por un perro de tres cabezas que atendía por Cerbero, por eso algunos periodistas deportivos llaman cancerberos a los guardametas, aunque los porteros de fútbol sólo tengan una cabeza.

En el Hades también estaba el célebre Caronte, que con su barca transportaba las almas de los muertos. Los guionistas clásicos, a la vista está, se esmeraron con la película pos mórtem.

 Muy pocos se atrevieron, estando vivos, a descender al Hades. Entre ellos Orfeo, y se aventuró para recuperar a Eurídice, su esposa muerta. Y Pitágoras también, aunque él no pretendía recuperar a nadie. Se conformaba con epatar a sus discípulos.

Para ganarse la confianza de sus seguidores dijo que bajaría al Hades, al mundo de los muertos, y que luego volvería y sería capaz de contar lo que había ocurrido en la tierra durante su ausencia. A sus oficios filosóficos, matemáticos y geométricos preten-día añadir ahora el de adivino.
Pitágoras se encerró en un sótano durante varios días y reapareció demacrado, con cara de pasmo, su madre le hizo un resumen de lo que había sucedido durante su supuesta ausencia, él se tiró el pisto y todos picaron como pipiolos.




La historia de las habas es todavía más tonta. Pitágoras, además de por la simbología funeraria ya dicha, odiaba las habas porque decía que se parecían a las puertas del Hades, el mundo de los muertos. Su obsesión la llevó hasta el final, porque al parecer murió por negarse a atravesar un campo de habas. Iba huyendo de sus perseguidores y en el camino se encontró un sembrado de habas. Se paró en seco y dijo algo así como “por ahí no paso”. Así que sus enemigos le atraparon allí, pasmado.



En el cole, además de explicarnos el teorema de Pitágoras, deberían contarnos también el episodio de las habas, sobre todo porque es más divertido que lo de la hipotenusa.

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