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Nieves Concostrina
Redactora jefa. Adiós Cultural.

Shakespeare: fue y está

31 de marzo de 2016

Un mal día de la primavera del año 1616, un tipo medio calvo y con un pendiente de oro en la oreja izquierda salió a tomarse unas copas con un par de amigotes por su pueblo, en Inglaterra. Después de la juerga, el tipo en cuestión comenzó a sentirse mal, las fiebres se cebaron con él y murió. ¿Qué dijeron todos por aquel entonces? Pues que una borrachera le llevó a la tumba. Y con ese sambenito murió el 3 de mayo de 1616 el gran William Shakespeare.
Pero esta versión sobre su muerte es la oficial, lo que no quiere decir que sea la acertada. Recientes y concienzudas investigaciones insisten en que Shakespeare murió de un tumor en un ojo, pero como la única base científica que se aporta es el estudio de un retrato del escritor y de su máscara funeraria, tampoco es que las conclusiones vayan a misa. ¿Murió Shakespeare beodo perdido o de un tumor? He ahí el dilema.
Lo único que a estas alturas no admite debate es la fecha de su muerte: Shakespeare falleció el 3 de mayo de 1616.
Es rotundamente falso que muriera el mismo día que Cervantes (quien, por otra parte, tampoco murió el 23 de abril, sino el 22). Pretender que los dos autores coincidieron en el día, el mes y el año para soltar su último aliento solo fue el mal cálculo de otro escritor que, a base de repetirse hasta la saciedad desde hace más de un siglo, ha acabado convertido en una verdad oficialmente aceptada. El que lío la madeja fue Víctor Hugo, que divulgó la supuesta coincidencia de las muertes sin tener en cuenta que Inglaterra se regía por el calendario juliano y España por el gregoriano. En la extensa biografía que el autor francés dedicó a la vida y la obra de su colega británico, publicada en 1864, Hugo certificó con las siguientes palabras la aparente coincidencia: “Murió el 23 de abril. Tenía ese día cincuenta y dos años justos, pues había nacido el 23 de abril de 1564. Este mismo día, 23 de abril de 1616, murió Cervantes, genio de la misma altura”. Y a partir de aquí, la cosa se fue liando.
Más de un siglo después, la Conferencia General de la Unesco decidió en 1995 crear el Día Mundial del Libro y los Derechos de Autor, y, fiándose de lo que había dejado escrito Víctor Hugo, se decidió que el 23 de abril sería un buen día. Pero puestos a añadir difuntos letrados que dieran lustre a la festividad, la Unesco completó la terna con el inca Garcilaso de la Vega, al que también da por fallecido el 23 de abril de 1616. Error. Bastaba con acercarse a su tumba en la Capilla de las Ánimas de la mezquita de Córdoba para leer en su epitafio que falleció el día 22, el mismo día que Cervantes.
Dado que ni uno solo de los tres escritores homenajeados murió el 23 de abril, conmemoremos, sencillamente, que se pusieron de acuerdo para despedirse de este mundo en el mismo año: 1616.
Y la otra buena noticia respecto a Shakespeare, además de haber sobrevivido once días a sus dos colegas hispanos, es que los británicos tienen tumba a la que acudir porque la teoría dice (y no hay datos que la contradigan) que el bardo no se ha movido ni lo han movido de donde lo pusieron.
Está enterrado en su pueblo, en Stratford-upon-Avon, en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad, muy cerquita del altar mayor porque la familia pagó 440 libras por una sepultura en lugar preferente y a perpetuidad. Una sepultura en la que quedó grabado el siguiente epitafio: “Buen amigo, por Jesús abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”. La redacción resulta un tanto simplona para el genio de Shakespeare, lo cual lleva a pensar que, pese a que esté escrito en primera persona, quizás fue la familia la autora de la maldición.
Antiguamente, las gentes enterradas en las iglesias eran exhumadas al cabo del tiempo, cuando ya no tenían a nadie que les defendiera los huesos. La Iglesia hacía sitio, revendía la sepultura y así otros muertos volvían a comprar la misma fosa pese a que el inquilino desahuciado había pagado la perpetuidad.
Quién sabe si la amenaza fue efectiva o si la fama creciente de Shakespeare le aseguró, no solo ser, sino también estar. Una suerte que ya hubiera querido para sí Cervantes, que ser, fue, pero no se sabe dónde está.

Artículo orginial publicado en Adiós Cultural 117
http://www.revistaadios.es/fotos/revista/AdiosCultural%20117.pdf

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