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Javier Gil Martin
Colaborador de la revista Adiós Cultural.
Sección poesía

POESÍA Se canta lo que se pierde

01 de marzo de 2019

Se canta lo que se pierde

La Guerra Civil española se llevó por delante, entre otras muchas cosas, a dos de los mejores poetas que dio el largo siglo XX en España: Federico García Lorca, asesinado por los fascistas en 1936, y Antonio Machado, muerto en Collioure, Francia, el 22 de febrero de 1939, por los estragos de un viaje al exilio que su cuerpo no pudo soportar. Estas dos enormes pérdidas dejaron la cultura española huérfana y son símbolo de la fractura que significó la guerra en una tradición cultural que se remonta al siglo XIX y que tuvo en la Institución Libre de Enseñanza y en la Segunda República dos proyectos culminantes y paradigmáticos, a los que, además, estuvieron estrechamente vinculados ambos escritores.

El éxodo de Machado comenzó en Madrid, un día de noviembre de 1936, instado por dos amigos, los poetas León Felipe y Rafael Alberti. Todo ello está vivamente relatado por un testigo directo de los últimos meses en la vida del poeta, su hermano José Machado, que nos dejó escritos sus recuerdos de este periplo en la parte final, y más interesante, de su libro Últimas soledades del poeta Antonio Machado (Recuerdos de su hermano José) (1971). Este último viaje lo emprendieron, junto al poeta y su hermano, la mujer de José, Matea Monedero, las tres hijas de estos y su madre, Ana Ruiz, muy anciana entonces y que también perecería en él.

Su primer destino fue Valencia, donde permanecieron solo unos días. De ahí pasaron a Villa Amparo, una casa de campo en Rocafort, una localidad cercana a la capital valenciana. En este retiro rural permanecieron quince meses en los que Antonio, en una actividad febril, entregó su pluma a la causa republicana, como ya había hecho en el Madrid sitiado, por ejemplo, con el estremecedor poema que traemos a esta sección sobre el asesinato de García Lorca, que rebosa odio a los verdugos y amor por el poeta granadino. Allí colaboró en publicaciones como Hora de España, Mediodía, Ayuda...y recibió infinidad de visitas que dan cuenta de su estatus de mito en vida y del enorme cariño que le profesaba la gente. La estancia valenciana acabó bruscamente, como casi todo lo que ocurre durante una contienda: una tarde de abril de 1938 tuvieron que dejar Rocafort en “los angustiosos momentos de la guerra en que iba a quedar interceptado el camino entre Valencia y Barcelona”, según nos cuenta José Machado.



Detalle de la tumba de Antonio Machado de Collioure (foto de Magdalena Delgado Cerezo)

La familia tuvo que volver a partir, esta vez a Barcelona, todavía en manos del gobierno legítimo. Allí se alojaron primero, durante aproximadamente un mes, en el hotel Majestic, donde el poeta conversaba con frecuencia con su amigo León Felipe. Del hotel pasaron a la antigua residencia de la duquesa de Moragas, la Torre Castañer o Castanyer, en el Passeig de Sant Gervasi, una casa antaño esplendorosa de la que nos dice José Machado en su crónica: “Los dueños de esta morada eran por aquel entonces los ratones y la carcoma. La sensación que daba (...) era que todo iba a caerse hecho polvo”. Este contraste se dio también durante la estancia de los Machado, ya que apenas tenían con qué calentarse ni qué comer en ese entorno fastuoso (y decadente). Su presencia en la Torre duró desde finales de mayo de 1938 hasta el 22 de enero de 1939 y fue la última residencia del poeta en su país.



Detalle de la tumba de Antonio Machado en Collioure (foto de Magdalena Delgado Cerezo)


El camino prosiguió cuando ya se vislumbraba el final de la guerra y la victoria de los sublevados. Ahora tocaba la parte más penosa, en la que coincidieron con miles de personas que, como ellos, se veían obligadas a huir de España. La primera parada fue en Girona, concretamente en Cerviá de Ter, donde permanecieron tres días. El éxodo continuó y la noche del 27 de enero de 1939 cruzaron la frontera.


Panorámica de Collioure (foto de Magdalena Delgado Cerezo)

Así lo relató José Machado: “Extenuados de fatiga pasaron al fin por debajo de la pesada cadena de hierro que sostenían dos corpulentos negros que se veían brillantes por la lluvia, hechos del mismo hierro de esta cadena que marcaba la línea divisoria, entre España y Francia. Fue también la divisoria entre la vida y la muerte, ya que la fatalidad le desarraigó de su patria, para que su sino se cumpliese inexorablemente fuera de ella”.
Pero el camino debía seguir. Pasando por Cerbère, un pueblo francés, y con la ayuda de un amigo, el escritor Corpus Bargas, llegaron a Collioure, en la que sería, como es sabido, la última estancia tanto del poeta como de su madre. En la pequeña localidad costera encontraron hospedaje en el Hotel Bougnol-Quintana y allí mismo, el 22 de febrero de 1939, después de poco más de tres semanas en tierras galas, murió Antonio Machado, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”, como él mismo había predicho en su autorretrato, y a los tres días lo haría su madre. Sobre el estado de ánimo del poeta en estos últimos días escribió su hermano: “...veía claramente que se aproximaba el fin de su vida.

Pensando así decía: ‘cuando ya no hay porvenir por estar cerrado el horizonte a toda esperanza, es ya la muerte lo que llega’. / No podía sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco sobreponerse a la angustia del destierro. Este fue el estado de su espíritu en el tiempo que aún vivió en Collioure”. Así pereció Machado, dejando atrás una España que ya no tenía sitio para la República y los ideales que esta representaba.

Tras su muerte, su hermano José encontró en el bolsillo de su chaqueta “un pequeño y arrugado trozo de papel” con tres anotaciones, según nos cuenta él mismo. En uno estaba la mítica cita del Hamlet shakesperiano, “ser o no ser”, en la que confluyen dos querencias cardinales en su vida: por un lado, el teatro, al que quiso dedicarse inicialmente como intérprete, aunque rápidamente aparcó la idea, y al que sí se dedicó como autor junto a su querido hermano Manuel desde el estreno en 1926 de Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel.
Por otro, la filosofía, muy presente en sus lecturas y también en su escritura, tanto poética como prosística. Otra de las anotaciones encontradas por José Machado es una corrección a uno de sus versos; sustituye “te enviaré” por “te daré”, quedando así la cita:
“Y te daré mi canción: / ‘Se canta lo que se pierde’, / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”. La última de las ano-taciones es un solo verso, “Estos días azules y este sol de la infancia”. Uno de sus versos más célebres que parece un regreso después de recorrido el camino vital, una vista atrás en forma de alejandrino que puso la rúbrica a la obra de uno de los poetas más importantes de nuestra literatura.
 
EL CRIMEN FUE EN GRANADA:
 A FEDERICO GARCÍA LORCA


1.El crimen

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
sangre en la frente y plomo en las entrañas
... Que fue en Granada el crimen
sabed ¡pobre Granada!, en su Granada.
 
2.El poeta y la muerte

Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
“Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!”.

 3.

Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!
 

Antonio Machado (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)
En Poesías completas (Espasa Calpe, Barcelona, 2001)
Publicado por primera vez en la revista Ayuda
(número 22, 17 de octubre de 1936)


 

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