FIRMAS

Pedro Cabezuelo
Psicólogo clínico. pedrocg2001@yahoo.es

Firmas Tristeza y depresión no es lo mismo

22 de febrero de 2019

Tristeza y depresión no es lo mismo

Tras una pérdida significativa como la muerte de un ser querido,nos sentimos tristes de forma casi inevitable. En función de la importan-cia que la pérdida tenga para nosotros, el grado de tristeza será distinto, y también el tiempo que transcurra hasta que desaparezca. Pero, ¿cuánto tiempo se considera “normal” para que la tristeza por una pérdida se diluya? ¿Cómo se diferencia de una depresión?La tristeza es una emoción relativamente frecuente que surge ante acontecimientos de distinta índole, del ámbito personal, relacional o laboral. Una pérdida, una expectativa de logro truncada, un problema de los hijos, un traspiés laboral e incluso un problema de alguien cercano pueden hacer que nos sintamos tristes. Esa tristeza, ese decaimiento del ánimo no es lo mismo que una depresión. Estar triste no es estar deprimido. La tristeza suele estar asociada a hechos concretos que el sujeto conoce y sobre los cuales puede hablar y refl exionar. Es un sentimiento que no invade todas las áreas de la vida del sujeto y que suele durar poco tiempo, aunque es variable para cada persona. Una vez que surge, va y viene, aparece y desaparece, pero permite al sujeto continuar con su vida habitual de forma más o menos normal, sin que se resienta gravemente el rendimiento en su quehacer cotidiano y sin que abandone sus tareas, sus relaciones ni su cuidado personal. El duelo sería el proceso que acompaña a la elaboración y asimilación de la muerte de un ser próximo y querido, y se caracteriza sobre todo por la tristeza y el recuerdo del fallecido.





Depresión

En la depresión, a la tristeza se suman otros aspectos que conforman un cuadro clínico más complejo. Aunque existen distintos tipos de de-presión  -de distinta gravedad y pronóstico- en general suele cursar con un profundo decaimiento del ánimo, una amalgama de tristeza, apatía alta de apetito, disminución de la libido o deseo sexual, trastornos del sueño, incapacidad de concentrarse, escaso o nulo interés por el mundo exterior, pensamientos sobre la muerte y/o el suicidio, descuido o abandono del trabajo, las tareas cotidianas, las relaciones e incluso de la higiene y cuidado personal.
Es por tanto un cuadro distinto que se suele distinguir relativamente bien de la tristeza normal de un duelo. En la depresión existen causas que tendrían más que ver con la estructura psíquica del sujeto. El sujeto se tambalearía, el Yo se resquebraja.

Teorías explicativas
En “Duelo y Melancolía”, Freud esbozó los orígenes y la distinción entre ambos. Aunque hay numerosos estudios e investigaciones posteriores al respecto que han mejorado y avanzado en la comprensión y tratamiento de los cuadros depresivos, la perspectiva de un origen psíquico -y no sólo físico-químico o neurológico- de la depresión sigue vigente. Para Freud, la melancolía sería lo que hoy consideramos depresión grave (o endógena), mientras que el duelo sería equivalente a un tipo de depresión leve (o reactiva) normal que acompaña a la pérdida de un objeto amado. Las teorías cognitivo-conductuales se centran en la elaboración mental, los pensamientos e ideas asociados a los estados depresivos y en cómo el sujeto evalúa y maneja dichos pensamientos. Si un estado depresivo lleva asociadas ciertas ideas, elaborando, modificando y cambiando éstas se pretende inducir cambios en el estado del sujeto. Las teorías biológicas exploran las causas endocrinas, genéticas y neurológicas que se encuentran relacionadas con los estados depresivos. En efecto, existe correlación entre los niveles de ciertos neurotransmisores -sustancias gracias a las cuales las neuronas se comunican entre sí- y los estados mentales y físicos que acompañan a la depresión.
Restableciendo los niveles normales mediante la medicación adecuada, se mitigan los síntomas depresivos. Mas esa correlación no
explica por qué se desajustan los niveles normales ante una situación de pérdida, ni por qué vuelven a ajustarse una vez superada la depresión. Correlación no implica causa.
Cualquiera que sea el paradigma explicativo que manejemos, la psicoterapia siempre se encuentra indicada en el tratamiento de la depresión o el duelo patológico. Una combinación de psicoterapia y psicofármacos es lo más indicado y lo que logra los mejores resultados ante cuadros depresivos moderados y graves. Gracias a la elaboración que se lleva a cabo en el encuentro terapéutico se producen efectos duraderos y cambios en el paciente.




La constitución del sujeto

Como comentábamos, existen varios tipos de
depresión: la depresión mayor o endógena (grave) y la depresión leve (o reactiva). La tristeza y decaimiento asociados a una pérdida se debería a una depresión leve, reactiva, que suele durar poco, entre unos meses y no más de un año. No obstante los tiempos no son absolutos, varían en cada sujeto. Un duelo normal no suele requerir la ayuda de un profesional, y sólo cuando la tristeza y el decaimiento son muy intensos y duraderos -duelo patológico- debe acudirse a un terapeuta. Pero, y volviendo al principio, ¿de dónde proviene esa tristeza? Para poder hacernos una idea, hay que rastrear en los orígenes del sujeto, en cómo se constituye el ser humano.El recién nacido tiene un largo camino por delante hasta que se forma el aparato psíquico adulto. Esa “tabula rasa” que planteaban los empiristas consideraba que nacíamos como una especie de libro en blanco donde se iban anotando todas las experiencias por las que iba pasando el “protosujeto”. Salvo unos pocos instintos primarios básicos cuya función es asegurar la supervivencia, el resto de lo que somos se iría aprendiendo e incorporando, hasta conformar un sujeto capaz de pensar por sí mismo y tener acceso al lenguaje, los símbolos y el pensamiento racional abstracto, que en última instancia es lo que nos diferencia de los animales irracionales.Muchos autores, como Sigmund Freud, Anna Freud, Piaget, A. Maslow o, entre otros, E. Erickson, se ocuparon del estudio de los procesos evolutivos, de la constitución y desarrollo del individuo desde su nacimiento hasta la etapa adulta, sentando los pilares de la psicología evolutiva.
Un
desarrollo importante lo constituye la “Teoría de las Relaciones Objetales”, de M. Klein. Su obra puede ayudarnos a hacernos una idea de cómo el sujeto se va construyendo a partir de lo que interioriza del exterior. Como afirmaba Maslow, el “protosujeto” tiene ciertas necesidades físicas primarias -cuidados y alimentación- pero también otras -afectivas y de relación- que tratará de satisfacer. Los objetos externos serían los que darían satisfacción -o frustrarían- esas necesidades. La constancia y las repeticiones en su satisfacción o frustración irían quedando grabadas y conformando los distintos “núcleos” de esa persona en construcción, la estructura básica del sujeto. Esas internalizaciones se conocen como “objetos internos”, y de su cantidad y calidad dependerá en última instancia la personalidad del individuo.

La pérdida del objeto
De este modo, el sujeto estaría conformado a partir de representaciones interiorizadas, de fragmentos de “otros significativos”. Un conjunto variable de objetos internos, de distinto “peso”, calidad e importancia para cada sujeto. El Yo del sujeto, una vez formado, sería el “coordinador” de todos esos objetos, el que da sentido al conjunto de elementos interiorizados, el que puede hablar de ellos. Cuando decimos “mi padre” o “mi madre”, está hablando un Yo que hace referencia a objetos internos, a representaciones mentales importantes. Si en el transcurso del desarrollo esos objetos llegaron a diferenciarse bien del sujeto, reconociéndolos como algo importante, pero como algo que “no soy yo”, su pérdida provocará un duelo normal. Se va el objeto externo, pero queda su representación, su recuerdo. Un recuerdo doloroso, pero del cual puede hablarse, y por tanto puede trabajarse mucho mejor el dolor y la tristeza hasta que se asimila e integra la pérdida. Pero si esos objetos importantes no llegaron nunca a diferenciarse y separarse, estarán fusionados en mayor o menor grado con el propio sujeto. En realidad formarán parte del Yo, de ese Yo que habla, de ese sujeto que enuncia. Su pérdida causará una pequeña hecatombe en la psique. No sólo desaparece el objeto externo, sino que también se va un trozo de uno mismo. De ahí el sentimiento de vacío profundo, de extrañamiento, de deses-tructuración, y la dificultad en hablar de ello. Es difícil, ya que los objetos que forman parte del “self” (constituido por los núcleos básicos de nuestro Yo y de nuestro aparato psíquico) en general son difícilmente referenciables. Podemos hablar relativamente bien de los objetos internos, pero no de los que constituyen el núcleo de nuestro ser. Tristeza y depresión serían, pues, distintas manifestaciones ante una pérdida importante para el sujeto. Ésta se vivirá de modo distinto según el tipo de objeto que se ha perdido, la separación o integración que tuviera con nuestro propio ser y la importancia estructural que tuviera. La constitución del sujeto a partir de objetos externos que van siendo incorporados nos permite entender y explicar además otras características de la personalidad de cada individuo y su carácter. Muchas veces decimos u oímos frases como “es clavadito a su padre”. Y es que como dijo Rimbaud, “Yo es otro”.

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