FIRMAS

Pedro Cabezuelo
Psicólogo clínico. pedrocg2001@yahoo.es

Firmas La personalidad, cuestión de estructura

08 de febrero de 2019

La personalidad, cuestión de estructura


La personalidad es un concepto que se utiliza con frecuencia, y no sólo en el ámbito de la psicología. Técnicamente podríamos definirla como “el conjunto de patrones de conducta y pensamiento de un sujeto relativamente estables y consistentes en el tiempo”. O dicho de un modo más sencillo: cómo es y cómo se comporta una persona habitualmente. Se trata de una de las cuestiones más controvertidas, enrevesadas y difíciles de abordar de la psicología.
Qué es, cómo se forma, qué tipos de personalidad existen, por qué somos como somos, qué nos lleva a enfermar... Son muchos los aspectos que intervienen, y muchas las perspectivas desde las que se aborda su estudio. La biología, la medicina, la antropología, la sociología, y sobre todo la psicología, se han ocupado de ello, ofreciendo un amplio repertorio de estudios, experimentos y teorías que tratan de dar cuenta de un concepto que, como decíamos, es denso y difícil de abordar.
 Hablar de personalidad implica inevitablemente remitirnos a su origen, a cómo se va construyendo poco a poco el ser humano. Implica también hablar de estructura psicológica, una condición previa y necesaria para que pueda desarrollarse la personalidad. La estructura psicológica de un sujeto comienza a formarse desde antes del nacimiento y una vez establecida, en los primeros años de vida, es relativamente estable. En el proceso intervienen factores como el crecimiento y la maduración biológica, los instintos, los mecanismos de defensa, el ambiente externo, la estimulación, los cuidados y el afecto recibidos, los acontecimientos traumáticos... En definitiva, la herencia y el medio, los genes y el ambiente, lo innato y lo aprendido, lo biológico y lo cultural... todo ello irá conformando poco a poco una estructura psicológica, que “sostendrá” nuestra personalidad y todo lo que nos define como humanos. Todo lo que, al mismo tiempo, sirve para distinguirnos a unos de otros: el pensamiento simbólico, la palabra, el sentido del humor, los afectos... Estructurarse implica algo importante. Significa que los cimientos, vigas principales y/o muros de carga del edificio psíquico están bien puestos y pueden soportar el “peso” de tener conciencia, percepciones, sensaciones, pensamientos y recuerdos con normalidad. Permite que esos procesos nos resulten soportables, que no nos parezcan extraños, amenazantes o ajenos –como puede ocurrir en un delirio–. Nos permite vivir y convivir, comprendiendo nuestro entorno hasta cierto punto y sin enloquecer. Una vez establecida la estructura básica, la personalidad del individuo seguirá conformándose gracias al aprendizaje vivencial y emocional, la formación, los estudios y la cultura recibida. Podremos hablar entonces de personalidad extravertida, introvertida, controladora, obsesiva, reflexiva... Pero todo esto vendrá después. Será tan sólo la “decoración” que revestirá la estructura, completando nuestro edificio. Lo básico, lo importante, es haberse estructurado. Sin estructura, no llega a haber personalidad... ni sujeto.
 
 
Cómo se forja la estructura

 Desde el nacimiento, el sujeto no cesa de incorporar información del medio a través de los sentidos. Y a través de la alimentación incorporará no sólo nutrientes, sino también los afectos que acompañan ese momento alimenticio. A través de los cuidados, la compañía y los “mimos” que reciba (o su ausencia) se van incorporando elementos primarios, fundantes. En ese cerebro recién nacido irán estableciéndose conexiones neuronales nuevas. Gracias a las repeticiones y los patrones que el sujeto va percibiendo, comienzan a inscribirse experiencias, recuerdos, afectos, frustraciones...Poco a poco se van dando las condiciones para que pueda emerger y “sostenerse” el “Yo” del sujeto. Paulatinamente se ha ido construyendo una base, una estructura que permite sustentar a ese primer y precario “Yo”. Esa primera base es de suma importancia, pues servirá para interpretar, para dar cuenta de todo lo que ocurra a continuación. En condiciones favorables sólo hacen falta cuidados, cariño y buenos alimentos –como suele decirse–, para que un recién nacido sano salga adelante sin mayores problemas y se establezca una estructura psicológica estable. Lo normal es que se logre alcanzar un grado suficiente de robustez en la estructura que permita emerger al sujeto, desarrollar una personalidad, relacionarse con los demás (aunque sea a trompicones), en-tender el mundo –con mejor o peor acierto– y tener acceso al pensamiento racional y simbólico con un buen ajuste a la realidad. Pero no siempre se logra alcanzar una estructura mínimamente estable. Determinados cuadros patológicos severos se deben a una mala, deficiente o nula estructura- ción. No hablaremos de estos, pues el asunto nos llevaría por otros derroteros alejándonos del tema que nos ocupa. Insistiremos, en cambio en la importancia de haber alcanzado una estructuración suficiente. Ésta permitirá que se establezca y desarrolle la personalidad individual de cada uno.


La estructura psicológica de un sujeto comienza a formarse desde antes del nacimiento y una vez establecida, en los primeros años de vida, es relativamente estable


 
Desestructuración

Una vez que se ha formado una estructura psicológica, el individuo irá incorporando poco a poco matices que desarrollarán y darán un colorido particular a su personalidad. Pero aunque la estructura alcanzada sea estable, puede tambalearse. Ante determinados acontecimientos, los sujetos podemos desestructurarnos. Del mismo modo que un terremoto puede hacer que un edificio se mueva, se agriete e incluso se desplome, algunos sucesos pueden desencadenar un pequeño o gran “terremoto psicológico” en el sujeto. La importancia que tenga el suceso para la persona, su intensidad, la constancia, las repeticiones... pueden hacer que una persona tranquila y pacífica llegue a comportarse “como un loco”, o que alguien siempre alegre y risueño sufra un episodio depresivo. Una persona cuerda, cabal, equilibrada y sensata puede venirse puntualmente abajo y dejar de serlo si las circunstancias le vienen mal dadas.

 Si existe un cambio evidente, significativo y llamativo en la conducta de una persona, probablemente haya algo en la estructura de su personalidad que se ha visto afectado. En ocasiones puede identificarse fácilmente el factor desencadenante, pero en otras no. Las causas de que un sujeto se desestructure ligera o gravemente pueden ser conocidas o no, claras o abstrusas. Nos pueden parecer razonables o no, de peso o insignificantes, pero lo importante es que siempre tienen la suficiente entidad para el sujeto como para producir cambios en su comportamiento, sus pensamientos y/o en su modo habitual de estar en el mundo. Un mismo acontecimiento traumático puede provocar distintos grados de desestructuración en las personas, como se ha comprobado en guerras, atentados y otras situaciones límite. Del mismo modo, un acontecimiento aparentemente “banal” puede pasar desapercibido para una persona y provocar que otra se desestructure.
La muerte de los padres es uno de los acontecimientos más estresantes y que suele provocar más dolor y tristeza en nuestras vidas. No en vano, son las personas que más influencia tienen en nuestra crianza, en el establecimiento de nuestra estructura psicológica y en el desarrollo de nuestra personalidad. Éstas se verán afectadas casi inevitablemente ante el fallecimiento de los padres. Todos los síntomas que aparecen y que acompañan al duelo y a la elaboración de esa pérdida (sensación de irrealidad, extrañeza, tristeza, apatía, sensación de “acorchamiento”) son reflejo del daño que se produce en la estructura, de la “herida” recibida.
Tanto la muerte de la madre como la del padre causan daños más o menos severos en la estructura. Pero no se viven igual. Dejaremos para otra ocasión la muerte del padre y nos centraremos en la de la madre. O siendo más exactos, en la de la figura materna, pues a ella debemos que se instaure la primera estructura psíquica. A diferencia de otras especies, el ser humano nace desvalido, casi ciego e incapaz de moverse o comer sin ayuda. Para sobrevivir necesita cuidados y atención constante durante mucho tiempo: es lo que se conoce como función materna. Ésta es independiente del sexo de quien la proporcione, aunque normalmente sea asumida por la madre. El hecho de que la duración de la función materna sea mayor que en otras especies hace que el vínculo que se establece en los primeros momentos con quien la realice sea mucho más intenso y duradero que en otras especies.

 Ese vínculo, de naturaleza fundamentalmente afectiva, nos acompañará durante toda nuestra vida, sin llegar a desaparecer. Gracias a él sobrevivimos y gracias a los afectos nos humanizamos. Somos lo que somos gracias a ese vínculo y los afectos que se transmiten a través de él. Pero como contrapartida, eso nos hace especialmente vulnerables frente a la pérdida de ese intenso vínculo primero, elemento crucial de la estructura.

Quizá seamos más inteligentes, pero somos mucho más sensibles que otras especies cuando la muerte nos arrebata a alguien con quien estamos fuertemente vinculados. Pero nuestro aparato psíquico también tiene mecanismos de “reparación”. Ante una muerte significativa, casi todas las personas suelen pasar el duelo antes o después, con mayor o menor sufrimiento, con mejor o peor fortuna. Si la estructura se estableció adecuadamente, el sujeto será capaz casi siempre de sobreponerse a la pérdida. Aunque desaparezca la persona, el vínculo, los afectos y los recuerdos normalmente permanecen. Gracias a ellos, a nuestra inteligencia emocional, al pensamiento racional y a la conciencia de “ser uno distinto” de quien se ha ido, nuestra estructura se mantendrá en pie.
Nuestra personalidad no se resentirá en exceso, aunque probablemente cambie algo la decoración. Se parchearán las grietas, se repararán los daños, se dará una mano de pintura donde sea necesario y el edificio no se derrumbará. Es cuestión de estructura.
 


 

Volver

  • Publicidad Revista Adiós Web y Edición Impresa
  • Tlf. 91 700 30 20 - ext. 2068
  • Contacto revista Adiós
  • info@revistaadios.es
  • Director: Jesús Pozo
  • Redactora jefa: Nieves Concostrina
  • Coordinadora: Isabel Montes
  • Diseño: Román Sánchez
  • Fotografía: J.Casares
  • Producción: Candela Comunicación S.L.
  • Colaboradores habituales: Joaquín Araújo, Carlos Santos, Guinés García Agüera, Pilar Estopiñán, Javier del Hoyo, Javier Gil, Yolanda Cruz, Ana Valtierra, Eduardo Herrero, Javier Fonseca, Pedro Cabezuelo, Laura Pardo
La revista Adiós Cultural es una revista bimestral iniciativa de Funespaña. Todos los derechos reservados.