FIRMAS

Nieves Concostrina
Redactora jefa de Adiós Cultural.

Firmas La laringue de Julián Gayarre

18 de enero de 2019

La laringue de Julián Gayarre

Hubo un tiempo en que Julián Gayarre y su laringe fueron inseparables.
 
Allá donde iba uno, estaba la otra. Ya no.
 
Ahora el tenor está en un sitio y su laringe en otro. Él, en el cementerio. Ella, en un museo. Julián Gayarre murió en Madrid el 2 de enero de 1890, con sólo 46 años. Se agarró una gripe, y el tenor, que ya tenía un tumor en la laringe, no salió del trance. El duelo en la capital fue de órdago. Las crónicas del momento dijeron que pese a la “recrudescencia de la enfermedad reinante”, porque la gripe había tumbado a medio Madrid, y pese al frío que hacía, porque había nevado, miles de personas acompañaron el féretro desde que se levantó la capilla ardiente en su casa, en la misma plaza de Oriente, hasta que lo cargaron en el tren en la estación de Atocha camino de Roncal (Navarra). A lo largo de todo el recorrido del féretro, en una carroza tirada por ocho caballos, lo sepultaron bajo 300 coronas de flores.
 
La laringe, sin embargo, no viajó con él. Se la quedó un médico amigo, el doctor Cortezo. Le fue extraída, previo permiso de la familia, durante el embalsamamiento, y el encargado de su estudio fue el doctor Amalio Gimeno, el hombre que, casi con toda seguridad, escribió la descripción más cursi que nadie ha dedicado jamás a una laringe y que el escritor F. Hernández Girbal reproduce en el libro “Julián Gayarre. El tenor de la voz de ángel”.
Dijo el doctor Gimeno que era “artísticamente conmovedor guardar aquel instrumento humano, pobre cajita de cartílagos, cubiertos de rojiza mucosa, atados por las fuertes cintas de los ligamentos... Cuando tuvimos entre las manos el delicado instrumento, esa cajita de música, que con tanta pasión había vibrado en vida, nos pareció un sueño”. Pura lírica florida.




Siguiendo las instrucciones del testamento, Julián Gayarre fue enterrado en su pueblo navarro, en Roncal, en un coqueto cementerio donde destaca por encima de todo el magnífico sepulcro que Mariano Benlliure hizo para el tenor. Pero conviene igualmente, ya que se está por la zona, acercarse al Museo de Roncal para poder ver la laringe de Julián Gayarre.
Los médicos la retiraron para ver si daban con la clave de la voz, porque la
laringe es una caja de música que, quizás, podría dar una pista sobre cómo era posible que desde que arrancaba el aire de los pulmones de Gayarre hasta que salía por su boca, los sonidos sufrieran aquella prodigiosa transformación. De Gayarre dijeron que tenía más cuerdas vocales que los demás (sí hombre, ocho o nueve), que la garganta era extraordinariamente grande, que había un cartílago de más... así que la única forma de comprobarlo era extraer la laringe. Se demostró que era asimétrica, que una cuerda vocal tenía una deformación y que el cartílago tiroides era irregular. Gayarre tenía una laringe muy rara, pero funcionó como ninguna otra hasta que hizo mutis.
Tras la extracción y el estudio, la laringe fue donada por los sobrinos a un médico que, a su vez, la entregó tiempo después al museo que se estaba creando en el Teatro Real de Madrid. Y menos mal que, pasado unos años, Navarra dijo que qué narices hacía en Madrid la laringe de Gayarre, y, con
muy buen tino, se la llevaron.
 
De no haber sido así, pero probablemente se habría perdido entre los escombros del Teatro Real de Madrid cuando fue bombardeado durante la guerra civil.
Pero llegó el día en que Roncal le dijo a Pamplona lo mismo que los de Pamplona les habían dicho a los de Madrid. Qué narices hace la laringe de Gayarre en Pamplona si Gayarre era de Roncal. Así que otra vez la laringe de viaje. Era una laringe con patas y cada vez se acercaba más a su dueño.
Capítulo destacado merece lo sucedido con el mausoleo del tenor, tan impresionante y precioso, que llegó a estar impreso en los billetes de 500 pesetas.
La familia de Gayarre encargó el mausoleo al año siguiente de la muerte, porque al tenor lo habían enterrado en una tumba que no parecía de su talla aunque así lo hubiera pedido él: un entierro de segunda, modesto. Pero la familia se planteó que, caramba, con la pasta que había dejado en el testamento (al cambio actual serían unos diez millones de euros), pues qué menos que encargar una obra de arte para su tumba. Y el artista de moda para estos asuntos funerarios era Mariano Benlliure.




El escultor trabajó con la obra en su taller de Roma y lo terminó en 1895, momento en el que el mausoleo fue trasladado a España. Gayarre, en cambio, no lo cató hasta 1901, seis años después. Seis años en los que Benlliure, orgulloso de lo majo que le había quedado el sepulcro, se empleó en pasearlo para ver si le caía algún trabajito más.



Y cuando el mausoleo no estaba en el Palacio de Cristal del Retiro de Madrid, en una bienal del Círculo de Bellas Artes, paraba por la exposición Universal de París, donde se alzó con la Medalla de Honor de Escultura. Y a todo esto, en Roncal habían tenido que ampliar el cementerio para poder colocar el mausoleo, e incluso habían hecho un panteón que pudiera sostener
la obra de Benlliure. Mientras, el mausoleo recorriendo mundo.
Y tanto estar de paseo el mausoleo, en una de sus paradas en Madrid lo vio la reina regente María Cristina, madre de Alfonso XIII, y dijo ella, qué bonito, pues lo dejamos en Madrid, lo instalamos en la plaza de la Ópera y ya tenemos monumento al artista. Menudo desparpajo. La familia paga, la reina se lo queda y Gayarre a verlas venir.

El tenor estrenó su tumba, por fin, en 1901. Y allí sigue, en su flamante mausoleo
 
 
 

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