Firmas

Pedro Cabezuelo
Psicólogo clínico. pedrocg2001@yahoo.es
 

¿LEY DE VIDA? (I parte)

El impulso vital
Tal y como estudiamos en el colegio, un ser vivo es un organismo que nace, crece, se reproduce y muere. Tras el nacimiento, el instinto de supervivencia nos obliga a buscar alimento y bebida, además de ayudarnos a eludir potenciales peligros, a mantenernos vivos. Más adelante, el instinto sexual nos llevará a reproducirnos, permitiendo que la vida continúe después de que hayamos muerto. Tal es el ciclo de la vida.
Cuando una persona de edad avanzada muere habiendo pasado con mejor o peor fortuna por las distintas etapas de la vida (infancia, niñez, adolescencia, juventud, madurez y vejez) solemos decir que su muerte “es ley de vida”. El organismo envejece, degenera y al final termina muriendo. Pero en ocasiones, alguien decide marcharse, suicidarse, quitarse la vida antes de que se agote su tiempo biológico. Con independencia de los motivos que tuviera, para hacerlo debe ser capaz de “anular” el instinto de supervivencia y poner fin a su existencia con sus propias manos, por sus propios medios. Debe elegir el cómo y el cuándo y luego llevar a cabo las acciones pertinentes sorteando los mecanismos que impiden que nos lastimemos a nosotros mismos. Algo que, a priori, no es fácil.
 
Conductas autodestructivas
El único animal que se quita la vida de forma voluntaria es el hombre. En el resto del reino animal se dan comportamientos que pueden parecer suicidios, pero en realidad no son tales. En algunas especies –por ejemplo, las hormigas kamikaze de Malasia– se dan conductas que tienen como consecuencia la muerte del individuo. Pero siempre tienen una explicación etológica que no tiene nada que ver con el deseo de quitarse la vida. No puede establecerse una comparación entre esas conductas y el suicidio, que es un concepto únicamente aplicable a nuestra especie.
Al margen de esas conductas -cuya finalidad casi siempre tiene que ver con la supervivencia de la especie- existen leyendas, falsas creencias como que los escorpiones se suicidan si se ven acorralados por el fuego, o que los lemmings se suicidan arrojándose por un acantilado. Estas y muchas otras ideas similares han sido rebatidas por la comunidad científica. Los animales irracionales no manejan el concepto de muerte, no tienen una conciencia del tiempo similar a la humana. No pueden planificar y poner fin a su vida de forma premeditada. Sólo el ser humano puede pensarlo y llevarlo a cabo teniendo una idea más o menos clara de lo que significa morir. La conciencia del tiempo pasado, presente y futuro, permite hacerse una idea de las consecuencias que tendrá su muerte en la vida de sus familiares y amigos.
 
El tabú del suicidio
El suicidio sigue siendo hoy día un tema tabú. Casi todo el mundo conoce a alguien más o menos cercano que se ha suicidado. Pero cuesta mucho hablar de ello, tanto a la familia del suicida como a sus amigos próximos. Tanto si dejan mensajes de despedida explicando sus motivos como si no, a la perplejidad y el desconcierto inicial le sigue un duelo más difícil quizá que los duelos llamémosles “normales”. Suele ser muy difícil entender las razones que le llevaron a hacerlo. “¿Por qué lo hizo? ¿Tan mal estaba? ¿Por qué no pidió ayuda? Nunca pudimos sospechar que pudiera hacer algo así…” Esta última frase y esas preguntas son habituales cuando se recuerda o se habla sobre alguien que se suicidó. La carga que deja el suicidio es pesada. Muy pesada.
Hablar del suicidio y el suicida no es fácil para los que se quedan. De una manera u otra, sienten cierta responsabilidad y cierta culpa, tanto mayor cuanto más joven era el suicida. ¿Acaso podían haber hecho algo por evitarlo? ¿Deberían haber prestado más atención a esa persona? ¿Por qué no supieron interpretar los signos que ahora ven con claridad? Desligarse de esos pensamientos y del sentimiento de culpa es quizá la tarea más complicada a la que se tienen que enfrentar los familiares y amigos cercanos. Imaginar desde qué lugar decidió quitarse la vida, cómo debía sentirse y de qué modo se produjo el suicidio es tremendamente duro e intolerable para nuestra psique. Tanto que puede llegar a convertirse en una suerte de secreto, algo que es mejor que no conozca nadie. Hablar de ello sólo parece empeorar las cosas, cuando precisamente hacerlo es la clave para poder elaborar adecuadamente la pérdida y el duelo.
Ese tabú, ese silencio, se da no sólo entre los cercanos sino también en los medios de comunicación. Del mismo modo que aparecen datos sobre el número de muertos durante el fin de semana en las carreteras, nunca aparece el número de personas que se han suicidado en el mismo periodo, cuando su número es mayor. Nos informarán sobre muertes por asesinato, por catástrofes, guerras o accidentes de todo tipo… pero no veremos ni escucharemos en las noticias ni rastro de cuántas personas se quitaron la vida el pasado fin de semana. Tampoco hay campañas institucionales para disminuir el número de suicidios, como las que con frecuencia aparecen para disminuir los accidentes de tráfico. Y eso que, como veremos a continuación, las cifras del suicidio hacen reflexionar. Entre los motivos de ese silencio institucional puede hallarse la creencia de que hablar del asunto puede producir un efecto de imitación y hacer que el número aumente en lugar de disminuir.
 
Los números
En el mundo, según la OMS, el suicidio es la segunda causa de defunción entre las personas de 15 a 29 años. 800.000 personas se suicidan cada año, más de 2.000 al día. En la actualidad, la mortalidad por suicidio es superior a la mortalidad total causada por la guerra y los homicidios.
 
En España hay más muertes por suicidio que por accidentes de tráfico. Es la primera causa de muerte violenta. En 2013, 3.870 personas se quitaron la vida, mientras que 1.130 la perdieron en accidentes de tráfico. Pero según indican los expertos, es probable que la cifra de suicidios sea mayor, ya que muchos suicidios no llegan a identificarse como tales, apareciendo en las estadísticas como accidentes. No obstante, España es uno de los países con la tasa de suicidios más baja de Europa.
En cuanto a la distribución por sexos, el número de suicidios es mayor entre los varones. De cada cuatro suicidios, tres son llevados a cabo por varones. Una menor tolerancia al dolor y la frustración, la mayor impulsividad del hombre y la mayor eficacia de los métodos que eligen pueden explicar en parte esa diferencia significativa entre sexos.
Pero los números en sí son bastante fríos. No aportan información sobre cada una de los seres humanos que hay detrás, de cada tragedia individual, de las circunstancias que rodeaban a cada uno. De su historia personal, de sus porqués. La historia de cada suicidio encierra mucho dolor, mucha vergüenza, rabia. Aunque las cifras sirvan para hacernos una idea de la magnitud del problema, para poder comprender el comportamiento suicida hay que bucear en la historia personal y única de cada caso.
 
Las causas
Los motivos para suicidarse son distintos para cada persona. Normalmente no existe un factor único y determinante que permita explicarnos la razón que lleva a alguien a quitarse la vida. Lo que puede aproximarnos a los motivos por los que alguien lo hizo es la interacción entre una pluralidad de factores.
Por un lado nos encontramos las variables psicológicas del sujeto (impulsividad, estado de ánimo, creencias, tolerancia a la frustración…) y por otro las circunstancias externas y la problemática más o menos objetiva por la que atraviese. Pero ni los aspectos internos ni las circunstancias externas permiten predecir que un sujeto dará el fatídico paso. Aunque esa persona haya perdido su trabajo y se encuentre muy deprimida, no puede decirse que se quitó la vida atendiendo únicamente a esos dos factores. Tampoco podemos predecir que alguien que sufre una severa y prologada depresión se suicidará, aunque la depresión figure entre los síntomas que presentaban muchos suicidas. Existen factores de riesgo (antecedentes familiares, existencia de intentos previos, abuso de alcohol o drogas, acceso a armas de fuego, depresión, experiencias traumáticas…) que sin duda está bien conocer e identificar, pero  no existe una causa clara e inequívoca para la conducta suicida. Ante situaciones similares, una persona puede suicidarse y otra no. Las variables internas parecen ser las que, en última instancia, tienen más importancia en la conducta suicida. Más que el hecho externo en sí, podemos decir que lo realmente importante es cómo lo vive el sujeto.
Para poder hacernos una idea de los motivos, siempre hay que recurrir a la constelación de variables y acontecimientos biográficos de cada sujeto. Sólo analizando el cuadro vital de cada uno podemos componer una aproximación al porqué en cada caso. Los detalles de cada uno aportan información valiosa, aunque no siempre sea fácil interpretarla. La personalidad del sujeto, sus relaciones afectivas, sus circunstancias laborales y económicas, su estado de salud física y mental, y la elección del modo de suicidio conforman un todo único, propio de cada individuo. En el próximo número analizaremos más aspectos del suicidio, y veremos cómo cada uno encierra su propia lógica interna. 



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