FIRMAS

Nieves Concostrina
Redactora jefa. Adiós Cultural.

Firmas Stephen Hawking, hasta el infinito y más allá

22 de agosto de 2018

Stephen Hawking, hasta el infinito y más allá

El pasado 15 de junio, las cenizas del físico británico Stephen Hawking tocaron tierra en la Abadía de Westminster, el templo londinense convertido en panteón de ilustres y que alberga bajo el mismo techo a cabezas coronadas y cerebros brillantes.
Científicos, aventureros, escritores, biólogos, químicos, poetas… Reino Unido vino a completar (de momento) su número de ilustres muertos con Stephen Hawking durante una ceremonia tan peculiar como futurista. De entrada, a su entierro en Westminster pudieron asistir mil invitados agraciados en un sorteo.
Algo inaudito, eso de que se sorteen entradas para un funeral. La idea fue de la Fundación Stephen Hawking, porque había tantísimas peticiones de todo el mundo para asistir al entierro de las cenizas, que decidieron dar una oportunidad a los miles de admiradores del científico de cualquier parte del mundo. La web de la fundación cerró el acceso al sorteo a mediados de mayo (hasta ese momento hubo 25.000 solicitudes), porque había que dar tiempo a los premiados para que prepararan visados, billetes, logística…

Participar era fácil… y desconcertante. Había que entrar en la web de la Fundación Stephen Hawking y rellenar un formulario de inscripción en el que había que especifi car el año de nacimiento del aspirante a premio. Y ese año de nacimiento podía estar entre 1918 y el 31 de diciembre de 2038. Es decir, los que nazcan de aquí a 2038 también podían participar.

¿Absurdo? No. Fue un guiño de la fundación para dar continuidad a la sospecha que mantuvo Stephen Hawking hasta el final de sus días sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. Famoso fue el experimento que, unos años atrás, realizó el científico en la intimidad y que luego desveló a la prensa: consistió en organizar una gran fiesta, pero sin enviar las invitaciones hasta que la reunión terminó. Si alguien aparecía en esa fiesta, era porque, sin más remedio, era un viajero en el tiempo. Alguien que vivía en un futuro y que podría viajar al pasado para asistir. Stephen Hawking se pasó toda la fiesta solo, con la sala primorosamente decorada y las mesas listas para recibir a los invitados. No acudió nadie. Para seguirle el juego, la fundación brindó la posibilidad de asistir al entierro de Hawking a personas a los no nacidos. No hay noticias de que fuera alguno. Al menos no se manifestó. Hasta el mismo día del entierro de las cenizas en el suelo de Westminster, entre las tumbas de Isaac Newton y Charles Darwin, se mantuvo la incógnita de su epitafio. Finalmente se cumplió la petición que hizo en 2002 durante una entrevista que concedió al diario estadounidense “The New York Times”: que se incluyera en su lápida la fórmula de la entropía (caos) de los agujeros negros; una ecuación que desarrolló junto con el físico israelí Jacob Bekenstein en los años 70, y que dice algo así como que si la constante de Boltzmann (k) la multiplicamos por la velocidad de la luz al cubo, dividido por cuatro constantes de Plank reducida (?)… no la extendida, la reducida… multiplicadas por la constante de la gravitación universal (G)… pues resulta que nos da que la entropía de un agujero negro es directamente proporcional a su superficie. Está clarísismo, pero esto vine a decir que cuanto más gordo es un agujero negro, más caótico es y más traga. Mientras la lápida negra con la ecuación, grabada junto a la inscripción “Aquí yace el que fuera el mortal Stephen Hawking 1942-2018”, cerraba para siempre la tumba del científico, sonaron en la abadía las palabras del físico acompañadas por música de Vangelis, su compositor favorito. Aquellos sonidos fueron enviados al espacio desde una antena parabólica perteneciente a la Agencia Espacial Europea camino del agujero negro más cercano, el 1A 0620-00, a más de 3.000 años luz de nuestro planeta. Aún no han llegado, porque eso es mucho más allá del infinito con el que nos apasionó Stephen Hawking. Aunque no entendiéramos ni una palabra de lo que decía. 

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