FIRMAS

Joaquín Araújo
Naturalista, geógrafo, escritor y agricultor.
http://joaquinaraujo.com

'A Marina'. La historia de la dedicatoria de un libro que Joaquín Araújo no olvidará nunca

12 de enero de 2018

¿Qué se le escribe a quien ayer estaba y ya no está? ¿Cómo comportarse con quien se ha puesto a llorar delante de un libro abierto por la primera página?
 
He tenido la fortuna de dedicar muchos libros. Incluso, a pesar de ser escasamente conocido, me han pedido cientos de autógrafos. Pero la única dedicatoria que no olvidaré nunca es la que escribí para Marina.
Me la pidió su madre.
Ciertamente pude no llegar a saber nunca que estaba empezando a escribir a una persona desaparecida que obviamente jamás leería mis palabras. Acaso la intuición o la curiosidad, ante el tono de voz y la emoción con la que su madre me solicitó la caligrafía, me alertaron. Pregunté qué le pasaba. Quedé paralizado por unos instantes cuando descubrió la identidad de la destinataria y que acababa de morir.
Una rara y nueva angustia me recorrió por entero ante lo que me estaba sucediendo.
¿Qué se le escribe a quien ayer estaba y ya no está?
¿Cómo comportarse con quien se ha puesto a llorar delante de un libro abierto por la primera página?
¿Qué sentido podía tener que el destino nos hubiera arrebatado al destinatario?
¿Acaso existen palabras para llenar semejante vacío?
Creo que ninguna de estas preguntas tiene respuesta, porque lo que a continuación pasó no puede ser considerado como tal. Como mucho podría calificarlo de titubeo, acaso una torpe aproximación…
Nunca se sabe de dónde brotan las palabras. Poco, o nada, tan desconocido como ese lugar que administra nuestras ideas, recuerdos y sentimientos. Todas las ocurrencias parecen dictadas desde un desconocido más allá.
Pero en medio del oleaje de la emoción angustiada se puso a flotar esta dedicatoria:
“Para Marina que ya eres transparencia que nos ayuda”
Resultaba imposible culminar, como siempre hago, con la frase que incluyo como despedida de casi todas mis intervenciones habladas en público, radio y conferencias. No menos en todas mis dedicatorias y casi todos mis artículos. Ese “Gracias y que la vida te atalante” era del todo improcedente, y hasta sería irreverente, sarcástico. En fin, el resultado es que escribí una de las pocas dedicatorias no culminada por un desearle lo mejor al destinatario.
Ciertamente la vida, esa que siempre se nos escapa y que sin embargo nos acapara, había dejado de cuidar a Marina. En cualquier caso, he buscado algo de consuelo en esa dedicatoria absolutamente espontánea. Algo que le diera cierta coherencia. Por eso me atrevo a recordar que lo que más nos asiste, cuando dejamos de asistir a la vida de otros, es que podamos recordarlos vinculados a cualquiera de las realidades que nos rodean. Pero de todas ellas, la más necesaria, vasta y envolvente es sin duda la levedad del aire, al menos cuando no lo mancha el peso de nuestros humos.
Ya hemos comentado aquí mismo, en otras ocasiones, que vincular la muerte a algo que vive y va a seguir vivo durante mucho tiempo, como un árbol, sin duda consuela y hasta rescata algo de sentido. No deja de ser una suerte de reencarnación. Pequeña en lo físico pero enorme en lo simbólico.
Pero mis palabras para Marina no evocaban a algo contundente y concreto como un gigante vegetal, la imaginé ingrávida e invisible, leve y volandera.
Que pasemos a ser parte de la transparencia, de lo que respiramos y más necesitamos para vivir, me parece una de las formas más llevaderas de plantearnos la ausencia, esperemos nunca completa, de los demás.
Han sido muchos los religiosos, místicos, filósofos que equipararon aire y alma. De hecho, esta última palabra deriva directamente del griego ‘anemos’. Sin olvidar que el término animal no es más que una referencia a lo que tiene ánima, es decir aire. Por si eso fuera poco la atmósfera tiene la condición esencial: es matriarcal, nos envuelve, protege y alimenta- recordemos que inhalamos unos 15 kg de aire todos los días. En fin, consuela imaginar que la muerte es acabar formando parte de la invisibilidad que aletea por doquier y que así podremos pasar una y otra vez por todos los cuerpos, incluidos los de los seres queridos.
Por supuesto no me planteé tantas cosas cuando escribí esa dedicatoria a la que sí puedo considerar como un suspiro de tristeza. Algo que, por cierto, siempre acaba convertido en aire.
Desde los que seguimos vivos no es pequeña la ensoñación de que nuestras ‘Marinas’ vuelan por ahí jugando con nubes y aguaceros, con truenos y rayos, con todas las animosas ánimas que han sido. Y puestos a consolarnos no está de más imaginar que la transparencia, acaso lo más esencial de este mundo, es mantenida, además de por los bosques, por todos los que quisimos y se nos han volatilizado.
Gracias y ahora sí, como vosotros podéis leer, que la vida os atalante.

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