Firmas

Manuel Molina
Doctor en Filología Hispánica y profesor de Educación.
 

Poesía después de Auschwitz

Poesía después de Auschwitz

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie»
Theodor Adorno


Atravieso unos verdes bosques combinados con espesuras también verdes y recientes de cereal al  salir desde la autovía que parte desde Cracovia en dirección a Oswiecim, localidad con 44.000 habitantes en el sur de Polonia. Conduzco despacio porque las carreteras secundarias en este país tienen una limitación y la gran mayoría es respetuosa con las señales de tráfico. Me acompañan visiones en forma de ráfagas, algunas películas, "Último tren a Auschwitz", "El gran dictador", "El niño del pijama de rayas", "Los niños del Brasil", también relatos como el conocido de Primo Levi, Jean Améry, Imre Kertész, Elie Wiesel, Anna Frank ...
Algún pequeño pueblo queda atrás casi sin interés hasta llegar una rotonda en la que aparece la señal del destino: Auschwitz, el nombre alemán del pueblo. A mi derecha, a medida que circulo, descubro las líneas paralelas de la vía del tren y recibo el primer impacto emocional. Casi todas las personas que fallecieron en los crematorios de los campos de Auschwitz y Bikernau llegaron por esos raíles en vagones de ganado, hacinados, sedientos, temerosos, pero con una maleta al lado que simplificaba toda una vida y suponía la esperanza del regreso. En unas horas, una vez analizada su presencia física a golpe de vista por un doctor pasarían a formar la fila de los que vivirían o de los que primero morirían. Cuando ya fue masiva la llegada cualquier soldado hacía la función de demiurgo que como emperador decidía sobre las vidas de miles de seres humanos. Ancianos y desvalidos eran las primeras víctimas junto a niños menores de siete años. Sobre ellos caía la sentencia sin lugar a la más mínima duda. Los más avezados ya no sospechaban, tenían certezas.  Quienes llegaban como familias se disolvían en ese instante. Unos morirán antes y otros después, cerca de sus familiares pero ya sin verlos. Sobre esas vías de tren y debido al hacinamiento llegaban también cadáveres que compartían el estrecho vagón con los vivos, con el hambre y con la sed. Peor que el ganado que antes ocupó ese espacio.
En la explanada que sirve de gran aparcamiento para particulares y autobuses dejo el coche. Intento aspirar el aire y probar a qué huele el entorno. Hierba y combustión de motores. Quienes llegaron tras la liberación en el año 1944 por parte de las tropas soviéticas, recordaban el olor a humo, a quemado. Ahora mis sentidos perciben el olor de la expectación y del miedo contenido, del que dicen perciben algunos perros. Retiro el ticket de entrada y como los grupos se organizan para la visita cada media hora me dirijo a la cafetería. Me llama la atención que este lugar, supuestamente de recogimiento, de reflexión sobre la condición humana sea atendido por dos jovencitas exultantes que ofrecen sendas huchas para solicitar una propina;  el motivo: visitar California. El sablazo del café no me deja ánimos para colaborar en la mundana y paradójica aventura.
Me inquieta el lugar. Distingo la presencia en exceso de gente de todo el mundo, porque una especie de congoja interna circula por el cuerpo, por el cerebro, hasta la memoria de lo conocido a través de la literatura, el cine o los documentales. La mayor ingeniería del horror y de la muerte recibe con el conocido marco de hierro y su inscripción "Arbeit macht frei" (el trabajo nos hace libres), que fue robada y encontrada hace unos años, como muestra de que el horror y la irreverencia se pueden fundir. ¿Qué sentir al entrar?, ¿qué sentirían los millones de personas que se adentraron bajo él en el desconocimiento que ponía el primer metro de suelo al servicio de lo desconocido? Creían ir para trabajar,  unos lo llegaron a realizar esa tarea y otros ni siquiera. Trescientos es el número de personas que lograron escaparse y no ser encontrados. Por cada fugado se ejecutaba a diez compañeros de barracón y los que eran detenidos ejecutados ante los demás o condenados a morir en una celda mínima, sin luz, por inanición. El hambre sobrevuela los campos, enredada en la eliminación de la dignidad, con el miedo y la muerte de acompañantes perennes.
Ya dentro imagino la orquesta. Cada día, quienes salían al duro trabajo con menos fuerzas, escuchaban canciones alegres que interpretaba una orquesta de famélicos presos mientras los elegidos por su salud aún capaz de trabajar se dirigían hacia las propiedades de algunos colaboradores de III Reich, beneficiarios de la mano de obra más barata, la de los presos a los que poco había que dar. En este caso  las plantas de combustible y goma sintéticos de I.G. Farben establecidas desde 1941 alrededor de los campos, cuyos caminos fueron compactados con ceniza de los crematorios.
Cruzo por pasillos abiertos, entre barracones destinados al albergue de una superpoblación de habitantes desnutridos y con un uniforme de rayas, muchos con una señal en forma de estrella. Los camastros, las letrinas son testigos mudos de lo que pudo haber, del terrible fue que cuesta asimilar. Judíos, rusos, homosexuales, gitanos, Testigos de Jehová. El estómago se va encogiendo a medida que el cerebro descubre lo que el ser humano llegó a alcanzar como profundas cotas de miseria. Por una cristalera se divisa una masa enorme de pelo humano. Al llegar eran rapados los presos para evitar contagios y para añadir una humillación más. Sin pelo o con él recogido somos también parte del traje uniformne, del ninguno. El pelo era negocio y se enviaba como la ropa y los enseres hasta Alemania.
Conozco entonces el nombre de dos lugares estratégicos en el campo de concentración, Canadá les llaman, uno y dos. El sueño de la prosperidad en los años treinta y cuarenta no eran los Estados Unidos, era Canadá, un moderno El Dorado. A esas dependencias destinaban todo lo que de valor portaban los presos recién llegados. Cuando uno de improviso no tiene apenas tiempo para elegir qué es de valor si lo trasladan a un lugar desconocido, ¿qué elige? Las maletas aparecen exhibidas con el nombre de su propietario, que una vez las firmaba nunca volvía a verlas. Cientos de maletas apiladas componen una instalación de terrible poesía dramática. Su contenido variopinto: vajillas, instrumental profesional, para el cuidado del hogar o del aseo personal. ¿Qué elegir para un viaje desconocido? Todo lo de valor era destinado a “Canadá”  luego de la pertinente rapiña, para Alemania. No conocieron océano los objetos de más valor, incluidos dientes de oro después del crematorio, recogidos por los “Kapos”, los voluntarios forzosos seleccionados entre el propio personal de uniforme rayado. Comer un poco más es la esperanza de la supervivencia, a cambio de recoger los cadáveres después de ser envenenados y asfixiados. Conozco el veneno, algo insignificante, unas pequeñas pastillas azuladas. Un matarratas en principio, perfeccionado con la muerte de presos. Al principio era complicado el proceso y una persona tardaba en morir entre vómitos y sangrías intestinas un día o más. La cruenta  perfección de las SS logró llegar a procurar la muerte de miles de personas en media hora. Unas pequeñas pastillas en el suelo que se activaban a partir de veinticinco grados y asfixiaban por inhalación. La llegada de un grupo desnudo a treinta y siete grados y el tumulto posterior eran la espita para activar la muerte. La negra tecnología de la muerte. Mi recuerdo, ya para siempre pesadilla, son unas latas de pastillas azules.
Menguele, pronunciado así de pronto, no es muy alemán, tal vez africano;  pero doktor Menguele, sí. El ángel de la muerte obsesionado con los siameses. Experimentó con toda la perversidad que se puede al prescindir de la ética y la condición humana. Embarazaba y desembarazaba en busca de sus posibles tesis, con la barbarie más profunda y el alma seca de quien no tiene límite más allá de lo desconocido. El peor sádico en el lugar más apropiado para ello. A veces las coordenadas del destino son un encuentro macabro. Siempre he sentido una especial aversión a los lugares donde aparece expuesto material quirúrgico, un viejo recuerdo del ritual que llevaban a cabo los antiguos practicantes con sus jeringas y agujas desinfectadas con agua caliente y alcohol. Aquí hay otro olor añadido, el del recuerdo, el de quienes suplicaron al sentir el horror en sus propios cuerpos. Ese otro está por allí, presente en el silencio del aire.
En los pasillos me mira la dureza de los retratos de presos, su mirada mezcla de miedo y expectación o tal vez de la derrota. Todos murieron en Auschwitz. Admito la dificultad de aguantar esa mirada, la de los hombres, luego la de las mujeres, al principio con un atisbo o brillo de esperanza, desparecido a medida que avanzan los años en que se tomó la fotografía. Conmigo realiza la visita una familia española, que me está dando el día. “Cariño, ponte delante, que salgas con los retratos”, ”muévete que no salen bien”, “Sonríe”. No hemos aprendido, está claro.
Celdas de castigo que en pocos días acaban con cualquiera, paredes de fusilamiento a la que dan los barracones y que han sido tapiadas para que se oiga pero que no se vea la descarga. Detalle para crear más horror. Por eso no hubo revueltas que llegaran lejos en estos campos. No había fuerzas y sobraba pánico. Ingeniería nazi de las emociones. Sobrevivir era la única misión. Lo hicieron tan solo los llegados en los últimos meses. ¿Cómo se pueden sacar fuerzas para sobrevivir en tan duras condiciones? Una nota más del horror, para alguien que necesita gafas, observar una montaña de ellas en una habitación.
Bikernau está a pocos kilómetros y es la imagen icónica de su entrada la que identificamos. Aquí ya se ha superado el aprendizaje en la construcción de la muerte a judíos, rusos, homosexuales, comunistas o Testigos de Jehová. Rudolf Hess, el terrible director del campo, utilizaba como sirvientes a estos últimos. Ya saben que no pueden mentir. Él lo sabía. Desde su cómoda estancia se divisaba una horca en la que se acostumbraba a tener alguien colgado. Él sería el último, después de encontrarlo convertido en un aparente y vulgar granjero. Los trabajadores pasaban por allí con la mencionada música alegre y la visión de un ahorcado. El trabajo dignifica, les recordaban. Una locura a la que menciona varios relatos autobiográficos te acostumbras pero que te persigue toda la vida. Algunos décadas después se deshicieron de ella con el suicidio, como el propio Primo Levi, que dejó la vida en el patio interior de su vivienda  años después, el mismo día que se celebraba la liberación del campo de Auschwitz. El escritor polaco Tadeusz Borowski fue otro caso parecido, recurrió al gas, otra paradoja cruenta.
La sala de los niños te derrota. Un barracón con unos dibujos de intención mural que algunos presos realizaron para los pocos niños que sobrevivían al escrutinio doble de salud y edad para el trabajo. Los trazos infantiles y optimistas del barracón hunden al visitante que es consciente del dolor que acumula aquel silencio de madera, barro y frío en invierno, de cuerpos frágiles y raquíticos. Conmueve el silencio de quienes me acompañan, salvo la familia sevillana que a grito pelado (“Antoniooooo, ven que te haga la foto en lo de los niños”). Ya no lo soportamos más y le pedimos que nos deje respirar el silencio para digerir la congoja. Una especie de duelo ajeno. Salgo para fuera, necesito aire. Encuentro unas florecillas al borde camino de colores vivos, pequeñitas. Levanto la vista y aprecio las filas de barracones. La vida y la muerte en extraña connivencia.
Las cámaras de gas de Bikarnau fueron destruidas por los nazis antes de abandonar las instalaciones debido a  la llegada de las tropas rusas. Unas fotografías heroicas fueron la señal que confirmaba la sospecha. Los negativos fueron sacados milagrosamente y el ejército de los aliados tomó fotografías aéreas. Se confirmaron las sospechas. Aun así quienes llegaron los primeros al campo nunca olvidaron lo que encontraron, la mayor degradación de la condición humana y la más horrible servidumbre de las ciencias a la ingeniería de la muerte. Por suerte, existe la poesía, ha sobrevivido en los textos, en la memoria y sobre todo, en la mirada, en esas pequeñas florecillas que crecen distraídas en el terreno que soportó una de las mayores pesadillas del ser humano, el cainismo de eliminar al otro. El húngaro y Nobel Imre Kertész lo dejó escrito después de sobrevivir al campo de concentración del que me alejo sin que nunca más pueda olvidarlo, un espacio que relativiza aún más cualquier nimia adversidad: “Auschwitz suspendió la literatura. [...] Después de Auschwitz estamos más solos”. 

Fotografías realizadas por el autor, Manuel Molina, durante su visita a Auschwitz.




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