Firmas

Álvaro Graíño
Periodista y escritor.
 

El Británico de Madrid lucha por sobrevivir (*)

El Británico de Madrid lucha por sobrevivir (*)

(*) Artículo del periodista Álvaro Garíño, ya fallecido, publicado en la revista Adiós Cultural número 53 de julio-agosto de 2005. Las fotografías del reportaje fueron realizadas por el fotoperiodista Chema Moya.

Un ya tradicional espacio fúnebre madrileño lleva luchando desde hace varios años contra el abandono. Se trata del cementerio que la comunidad británica de Madrid creó en el siglo XIX para albergar, no sólo a los miembros de la religión reformada, sino también a aquellos que eran rechazados por la católica en sus camposantos. No obstante, un patronato creado al efecto consigue casi heroicamente hacer todos los días un poco más para mantener la dignidad del recinto.
 
Es un lugar pequeño, semioculto en un laberinto de calles del madrileño barrio de Carabanchel. Desde hace un siglo y medio acoge los cuerpos de los ciudadanos británicos muertos en la capital, además de a algunos otros de extranjeros o de personas relacionadas de un modo u otro con la comunidad británica afincada en Madrid.
Este cementerio comienza su actividad en 1854 y la razón de su creación hay que encontrarla en lo para entonces exótico de la práctica religiosa de los ciudadanos ingleses, etiquetados en nuestro país como ‘protestantes’ No hay que olvidar que la férrea presencia en todos los ámbitos de la iglesia católica española implicaba el desprecio, cuando no la condena, de todas las confesiones religiosas que no fueran ella misma.
Sin embargo, el creciente auge de la comunidad británica en Madrid, coincidiendo con la expansión económica del siglo XIX, hizo que cada vez hubiera más ingleses presentes en el mundo del comercio, la industria y las profesiones liberales. Era necesario que dispusieran de un terreno propio para enterramientos y en 1853 se culmina el proyecto, que ya databa de antiguo, con la adquisición de unos terrenos en el  llamado Cerro de San Dámaso. Hoy, urbanizados ya esos terrenos allende el río Manzanares, el cementerio se encuentra situado en la calle del Comandante Fontanes y, como no podía ser menos, en la confluencia de las calles de Irlanda e Inglaterra.
Su recinto es recoleto y protegido por algunos viejos árboles, bajo los cuales se encuentran las tumbas de diverso tamaño y estilo. No hay que olvidar que el cementerio Británico de Madrid ha ido acogiendo con el paso del tiempo a variados personajes, muchos de los cuales han formado parte de la historia, tanto intensa como anecdótica del siglo XIX español.
Y no sólo británicos; por ejemplo, allí se encuentra enterrado el banquero austrohúngaro Bauer –en un panteón obra de Fernando Arbós, el arquitecto autor de la iglesia madrileña de San Manuel y San Benito y arquitecto también del cementerio de LA Almudena- de religión judía, lo que favoreció que a su alrededor se instalaran tumbas de miembros de esa comunidad y confesión. De hecho, el Británico sirvió tradicionalmente como lugar de enterramiento para aquellos que no pertenecían a la religión oficial española, la católica, cuya jerarquía prohibía que fueran enterrados en los espacios consagrados por su institución, esto es, todos los cementerios existentes por aquel entonces en el país.
 
Niñeras irlandesas
 
No obstante, también hay católicos allí enterrados. En muchos casos se trata de niñeras irlandesas o españolas que no quisieron abandonar ni en el último momento a las familias a las que sirvieron. A su lado, se encuentran también tumbas de curiosos personajes de mayor o menor peso histórico, como pueden ser los Bagration, dinastía antaño reinante en Georgia y exilados tras la ocupación zarista. Igualmente, se encuentran allí enterrados personajes tan vinculados a la historia del Madrid romántico como el célebre restaurador suizo Lhardi, o las familias aún conocidas en el mundo del comercio y la industria como son Loewe y Boetticher. E, incluso, también tienen aquí su sepultura los Parish, familia perteneciente al mundo del teatro y refundadores en los años 20 del Circo Price, de grata memoria para los más veteranos de la Villa.
Pero lo que tal vez aporte la nota definitivamente romántica son las discretas y sobrias tumbas de algunos oficiales anglosajones , en cuyas lápidas campea el escudo de sus respectivos regimientos. Y como no debe faltar en estos lugares, también existe la leyenda, como la de la tumba desaparecida de Charles Clifford, un personaje novelesco, un poco como de Julio Verne, que fue fotógrafo aéreo (¡desde globos!), se dice que espía y, desde luego, aventurero que aparecía y desaparecía en los lugares más calientes de la Europa de aquel convulso siglo XIX.
Sin embargo, tan interesante lugar pasa por malos momentos. En la actualidad se encuentra en un estado de semiabandono que algunos abnegados miembros de la comunidad británica madrileña tratan de paliar. Ahora mismo, su gestión depende de un patronato, en el que está presente la embajada británica, pero tal y como explica David. J. Butler, miembro y portavoz de la institución, “no hay ingresos, y además el Gobierno británico no da dinero. De hecho hay familias que se olvidan de mantener sus tumbas y nosotros tenemos que hacer lo que podemos”.
 
Fundaciones benéficas
 
Afortunadamente, el amor que los británicos sienten por sus tradiciones aporta algún respiro. Curiosamente son dos entidades comerciales, creadoras de sendas fundaciones, las que ayudan algo: una depende de una empresa cervecera, The William Allen Young Charitable Trust y la otra de una constructora, The Bernard Sunley Charitable Foundation.
Con su ayuda, el cementerio Británico madrileño todos los días mejora un poco. Las tareas pendientes son muchas: restauraciones, jardinería… Y, además, como aclara Butler, “el cementerio está lleno, pero no inactivo, y entre los proyectos inmediatos se cuenta la creación de un espacio para albergar cenizas”.
Hay algo de dulce y triste olvido que impregna este espacio fúnebre. Esto hace aún mas entrañable la tarea de todos los que luchan por mantener en buenas condiciones a este testigo de la historia madrileña y de sus habitantes, vinieran de donde vinieran. Y queda mucho por hacer, sobre todo empezando por recobrar la memoria. David J. Butler lo expresa muy bien cuando hace este llamamiento: “Si hay familias que creen tener a alguien aquí, que hagan el esfuerzo de buscarlo y ver en qué estado se encuentra el monumento para ayudar a restaurarlo”.
 
En tierra extraña
 
La verdad es que hasta no hace demasiado tiempo, ser inglés, protestante y muerto en España implicaba una molestia adicional. Por ejemplo, a principios del siglo XIX, los británicos no católicos eran enterrados en Málaga de noche en las playas y en posición vertical. Los animales acababan desenterrando los cadáveres o las olas los arrastraban. Esta costumbre, que horrorizaba al cónsul británico de la época, William Mark, desembocó en la construcción, por Real Orden de Fernando VII en 1830, del que sería el primer cementerio inglés de España. Casos como éste determinaron que las autoridades consulares británicas negociaran la creación de espacios fúnebres propios que garantizaran la dignidad del enterramiento.
A los de Madrid y Málaga, hay que unir los de Rubiáns, en Pontevedra, el de Bilbao, el de Huelva y, entre otros muchos, el de Tarragona, creado durante la dieciochesca Guerra de Sucesión para albergar los cuerpos de los soldados ingleses caídos en combate. Y habría que añadir el de El Puerto de Santa María, allá por Cádiz, pero una bárbara decisión municipal lo arrasó por un déjame acá estos hipermercados.
Lo malo es que el Gobierno de su Graciosa Majestad decidió en 1904 que no estaba para mantener muertos y abandonó a su suerte y a la buena voluntad de los vivos el mantenimiento de los cementerios en el exterior. En consecuencia, pese al esfuerzo heroico de fundaciones y particulares, los cementerios británicos lo están pasando mal en la actualidad. Desde luego, hasta para ser enterrado, nada como en casa.
 
Presentado el libro “El Cementerio Inglés de Málaga: tumbas y epitafios”
 
La historia del cementerio Inglés de Málaga, situado en la avenida Reding, ha sido reconstruida mediante los epitafios de sus tumbas y recogida en la obra “El Cementerio Inglés de Málaga: tumbas y epitafios”, presentado el último día del pasado mayo en la XXV Feria del Libro por una de las autoras y directora del proyecto de investigación, la profesora Alicia Marchant. “La Opinión de Málaga” informó de que este relato social sobre el pasado de la ciudad, escrito a partir del estudio de las inscripciones lapidarias entre las que se encuentran las de los escritores Gerald Brenan y Jorge Guillén, ha sido publicado por la Universidad de Málaga con el objeto de que sirva como guía para los estudiosos de paleografía y sea un documento de divulgación para que los lectores que lo consulten se interesen por este “precioso lugar que es, sin duda, una joya”, declaró Marchant.




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