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Nieves Concostrina
Redactora jefa. Adiós Cultural.
 

Carlos III: dos camas para la muerte del rey ilustrado

Carlos III: dos camas para la muerte del rey ilustrado

Desde diciembre de 2016 y hasta el próximo mayo, el Palacio Real acoge la exposición más brillante de las cuatro que conmemoran en Madrid el tercer centenario del natalicio del rey Carlos III (1716-2016). Brillante, no tanto por la calidad de la muestra, que todas la tienen, como por la ostentación que transmiten el contenido y el continente. La exposición de Palacio, titulada “Grandeza y ornato en los escenarios del rey ilustrado”, muestra más de un centenar de piezas emblemáticas y espacios decorativos que transmiten magnificencia y suntuosidad.
Entre esos escenarios están precisamente los que tienen que ver con la muerte del Carlos III. Abre la exposición la cama en donde murió, la que ocupaba el rey en el dormitorio real y desde la que se dirigió a su secretario de Estado, conde de Floridablanca, diciéndole “Qué… ¿creías que había yo de ser eterno?”; y cierra la exhibición el lecho dispuesto para su capilla ardiente; una impresionante cama imperial de doble dosel que se instaló en el Salón del Trono o Salón de Embajadores.
La cama donde falleció el rey a la una menos veinte de la madrugada del 14 de diciembre de 1788 no era exactamente como se muestra, puesto que los responsables de la exposición han tenido que reconstruirla ante la ausencia del mueble en sí, del armazón. Al hecho de que no estuviera inventariada, se suma el que Alfonso XII, tataranieto de Carlos III, la desmontara para armarla de manera distinta. Se sabe, aunque no hay datos de cómo pudo llegar hasta allí, que parte del dosel de la cama de Carlos III se encuentra en la sala capitular de la catedral de Santiago de Compostela.
Recrear la cama original en la que murió el rey ilustrado ha sido posible a partir de la suntuosa tapicería que la adornaba. Siguiendo el patrón de la colcha, la almohada, el dosel, los cortinones laterales, el tapiz del cabecero… se puede contemplar una cama muy aproximada a la que había en el dormitorio real y en la que falleció el rey.
En ese lecho fue donde recibió la extremaunción, donde dictó y firmó su testamento y por donde empezaron a desfilar las reliquias que pidió el propio monarca… aunque apuró demasiado el tiempo para pedirlas y uno de los despojos no llegó a tiempo. A las once y media de la mañana del día 13 de diciembre, solo trece horas antes de morir, le entraron las prisas al rey para que le acercaran hasta su cama los restos de San Isidro, el cráneo y las tibias de Santa María de la Cabeza, y las reliquias de San Diego de Alcalá.
Tanto San Isidro como los supuestos huesos de su esposa, Santa María de la Cabeza, llegaron antes de que la hora fatal alcanzar al rey porque se custodiaban en la villa y corte, pero el cuerpo incorrupto (medio cuerpo en realidad, y además momificado) de San Diego tuvieron que trasladarlo desde Alcalá de Henares y, cuando llegó, Carlos III ya agonizaba. Se decidió que las reliquias no entraran al dormitorio real, porque ya era tarde para salvarle la vida e interceder por su alma.
Sí entraron a tiempo los restos de los otros dos santos, que fueron sacados de sus cofres-relicarios para que el rey los besara antes de colocarlos en los altares previstos al efecto en el salón donde se iba a instalar la capilla ardiente.
Recién estrenada la madrugada del día 14 de diciembre, Carlos III murió. Llegó el momento de cumplir con sus órdenes testamentarias, no sin antes comprobar que de verdad estaba muerto. Y se hizo de forma novedosa por decisión del ministro de confianza del rey, Floridablanca, que introdujo en el protocolo funerario algo nunca utilizado en la monarquía hispánica. El investigador Javier Varela, quizás la máxima autoridad en funerales reales, narra en su libro “La muerte del rey” que Floridablanca, se acercó a la cama y gritó ante el cuerpo del monarca: “¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!”. Como el rey no contestó, el ministro acercó a su cara hasta casi rozar la nariz del supuesto difunto y repitió las tres voces. Como Carlos III tampoco reaccionó a esta segunda tanda de llamadas, acercó un espejito a su boca para comprobar que el aliento no lo empañaba. Y no lo empañó.
Solo entonces Floridablanca redactó el certificado de defunción, que cosió al testamento, en estos términos: “Cadáver de muerte natural, sin señal alguna de viviente”. Inmediatamente después comunicó al príncipe de Maserano, el capitán de la Guardia de Corps que esperaba instrucciones, el fallecimiento de Carlos III. “¡El rey ha muerto! ¡Pues el rey viva! ¡Doble guardia a los príncipes nuevos soberanos!”, fue la comunicación oficial de Maserano a quienes esperaban en palacio. Inmediatamente después, y en presencia de todos los cortesanos, el capitán de la Guardia de Corps rompió su bastón de mando en dos pedazos y los dejó en la cama del rey.
Trece horas permaneció Carlos III en su cama. Un tiempo prudencial para comprobar que, efectivamente, la muerte era real. Fueron menos horas de las habituales porque su fallecimiento fue natural y la vida se le fue apagando poco a poco, a lo largo de los días y frente a innumerables testigos. En el caso de su padre, Felipe V, la muerte fue repentina y se decidió esperar 48 horas para asegurarse de que la defunción era cierta.
Tras la prudente espera, el cuerpo del rey fue introducido en un ataúd y trasladado a la cama imperial de doble dosel, precisamente la que cierra la exposición del Palacio Real y la que deja al visitante impactado por su ostentación. Sedas y rasos bordados con sedas de colores, dorados, plateados…
El trámite de una a otra cama no se demoró demasiado porque Carlos III pidió no ser embalsamado. La explicación correcta y oficial dice que el rey, al igual que casi 30 años había hecho su esposa María Amalia de Sajonia, rechazó el embalsamamiento por humildad; porque los designios divinos después de la muerte llevan a la corrupción, y nadie debería evitar retrasar ese proceso. Los estudiosos creen, sin embargo, que el rey no soportaba la idea de que abrieran su cuerpo para extraerle las vísceras. Era una cuestión más aprensiva que devota.
En el Salón del Trono (o de Embajadores) se dispuso todo para la instalación de la capilla ardiente. Sacaron todo: muebles, pinturas, adornos… despejaron el espacio y forraron las paredes con dos tapices que también se muestran en la exposición de Palacio, flanqueando la cama imperial, pese a que los responsables no tengan la total seguridad de que fueran esos los utilizados. Fueron esos tapices precisamente, conocidos como la serie de Túnez, los que adornaron las capillas ardientes de los últimos reyes de la Casa de Austria, aunque los tres primeros borbones (Felipe V, Luis I y Fernando VI) no los utilizaron. Sin embargo, es muy probable que se utilizaran en el caso de la capilla de Carlos III, tal y como indica Pilar Benito, una de los tres comisarios de la exposición. Porque, “conociendo el sentir del rey (…) suponía una forma de legitimación de la dinastía borbónica en un espacio donde precisamente esta legitimidad quedaba puesta de manifiesto por medio de su habitual ornamentación , y la mejor manera de acentuar esa imagen era precisamente con los paños que cantaban las glorias del emperador [Carlos V]”.
El majestuoso espacio que remata la exposición palaciega solo recrea, pues, la cama imperial de doble dosel flanqueada por los dos tapices, pero en su instalación original hay que imaginar el lecho elevado sobre un estrado de 84 centímetros. Sobre la cama reposaba el ataúd con el rey, bajo el que acomodaron dos almohadas para facilitar a los visitantes que estaban por venir la visión del cuerpo. Cuatro monteros de Espinosa montaron guardia y dándose relevo. Los dos que se situaron en los laterales de la cabecera portaban, uno, el cetro, y otro, la corona. En el Salón del Trono se montaron también siete altares donde se instalaron las reliquias pedidas por el rey y desde los que se oficiaron misas de forma ininterrumpida.
A las nueve y media de la noche del 14 de diciembre se permitió la entrada a todas las personas, sin distinción de clases, hombres y mujeres, que quisieran ver al rey difunto. Cerró la capilla ardiente a las once de la noche, pero volvió a abrir a la mañana siguiente para mantenerse abierta hasta bien entrada la noche.
Carlos III fue el primero en usar esta cama imperial como capilla ardiente, pero no el último. Sus últimos ocupantes fueron, primero, la reina María de las Mercedes, y después, su marido Alfonso XII. Han pasado 132 años y nunca más ese lecho ha vuelto a utilizarse durante las exequias de un rey porque, sencillamente, nunca desde entonces ha vuelto a morir un rey reinando. Alfonso XIII fue derrocado y murió en Roma, y su hijo Juan de Borbón no llegó a reinar.
El día 16 de diciembre de 1788, a las tres de la tarde, la comitiva fúnebre con el cadáver de Carlos III emprendió camino hacia El Escorial para cumplir con otro de los deseos del rey: que lo enterraran junto a su querida María Amalia. La intención del monarca ilustrado era recuperar el Panteón Real de El Escorial como lugar de enterramiento. Aunque los restos de su medio hermano Luis I (que no llegó a reinar ni un año) sí fueron enviados al Panteón Real, tanto Felipe como Fernando VI y sus respectivas esposas, descansan en el Real Sitio de La Granja (Segovia)  y en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, a espaldas del Tribunal Supremo.
En El Escorial se entregó el cuerpo a los frailes y allí se repitió el novedoso protocolo importado de la corte borbónica extranjera. Esta vez fue el capitán de la Guardia de Corps el encargado de llamar tres veces al rey, y a voces, con el consabido “¡Señor, Señor Señor!”. “Pues que su majestad no responde –dijo Maserano- Verdaderamente está muerto”. Y otra vez rompió su bastón de mando (el segundo) y lo arrojó a los pies del féretro.
Carlos III no llegó a cumplir los 73 y se encerró para siempre en El Escorial con la satisfacción del deber cumplido. Entre las últimas cosas que dijo aquel 13 de diciembre, a escasas dos horas de morir, fue aquello de “He hecho el papel de rey, y se acabó para mí esta comedia”. Hizo mutis y no hubo aplausos.



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