Firmas

Claudia Conde
Arquitecta.
 

El espacio de la ausencia: memoria arquitectónica del 11S

El espacio de la ausencia: memoria arquitectónica del 11S

La muerte es sinónimo de ausencia. ¿Pero cómo reflejamos dicha ausencia? De alguna manera la arquitectura funeraria y conmemorativa ha sido históricamente la forma material de recordar a los que ya no están. Sin embargo, irónicamente, e independientemente de su dimensión y de que albergue espacio interior o no, esta arquitectura conmemorativa ha estado siempre vinculada a lo material. Tumbas de todo tipo y culturas, desde las más humildes construcciones megalíticas a la grandiosidad de pirámides, tholos o panteones, todas tienen en común una característica: la masividad. Arcos del triunfo, obeliscos y lápidas comparten este mismo carácter masivo como única forma de dar visibilidad a generaciones posteriores y pasar a formar parte de la memoria colectiva. Por tanto, siguiendo este principio, a mayor abultamiento, mayor grandiosidad y relevancia del personaje homenajeado.
Pero, ¿es ésta la única forma de evidenciar que algo ya no está? ¿Es lo material la mejor manera de representar lo inmaterial, lo intangible, lo absoluto, lo eterno? ¿Acaso no percibimos que un meteorito se ha estrellado contra la superficie terrestre por el cráter que este ha dejado sobre la misma, sin necesidad de haberlo presenciado? ¿Acaso la mente humana no es capaz de visualizar un río a través de un meandro abandonado que ya se ha secado? De la misma manera somos capaces de ver dibujos en las constelaciones que forman las estrellas, uniendo mentalmente puntos en el cielo con líneas imaginarias. Luego la mente humana es capaz de reconstruir y proyectar elementos que no ve valiéndose tan solo de su imaginación o del imaginario colectivo.
Desde la Ilustración, diversos pensadores y artistas han tratado de plasmar la ausencia de diversas maneras... El carácter simbólico, siempre presente en asuntos vinculados a la muerte, comenzó a adquirir una forma más abstracta y menos material, cobrando protagonismo otros elementos como la luz, el agua o el vacío. El Cenotafio de Newton, del visionario arquitecto Louis Boulleé, marcó un punto de inflexión en la arquitectura conmemorativa al pasar de un simbolismo colosal a un simbolismo metafórico. Este proyecto, nunca construido, fue concebido como una esfera hueca cuyo vacío interior se iluminaría convirtiéndose en una linterna monumental, una especie de metáfora de la luz que Isaac Newton aportó a la ciencia. Ya en el s. XX encontramos otros ejemplos donde la materialidad se utiliza como forma de poner en valor el espacio. En el Monumento al Holocausto de Berlín, los bloques de hormigón son los elementos que crean la ilusión de laberinto infinito, y por tanto su valor reside en el espacio contenido entre ellos y no en el elemento material en sí. Pero sin duda, el ejemplo más claro de cómo reflejar la ausencia a través de la no materia se encuentra en el Memorial del World Trade Center.
Cuando en 2003 se convoca el concurso para el diseño de este monumento, tributo a las víctimas del que supuso el mayor atentado de la historia, se planteó públicamente la pregunta “¿Cómo la ciudad puede recordar la ausencia?”
Arquitectos de todo el mundo quisieron dar respuesta a uno de los mayores retos de la arquitectura de los últimos tiempos, no solo por lo reciente sino por la sensibilidad requerida para contentar a todo un marco político, social, artístico y cultural. La propuesta ganadora, Reflecting Absence, del arquitecto americano-israelí, hasta entonces desconocido, Michael Arad, supo dar respuesta a esta pregunta sin necesidad de construir nada en su lugar, valiéndose exclusivamente de los vacíos que las Torres Gemelas habían dejado en el corazón del Financial District. Él mismo narra cómo, conmovido por lo acontecido, pocos meses después del atentado comenzó a dibujar el solar como mecanismo de comprensión y cómo en su análisis gráfico, que partió de una necesidad personal, vislumbró el potencial de los dos inmensos huecos que yacían en el lugar donde las Torres Gemelas se erigieron una vez.
“Estos huecos dejaban una poderosa huella de lo que había estado allí y que ya no está, algo que era importante para mí, esa noción de hacer visible lo que está ausente, no a través de su reconstrucción o la construcción de una nueva torre, sino mostrando su ausencia, haciéndola evidente”
Los dos conceptos clave en los que Arad basó su propuesta nacen de esta premisa. El primero, hacer visible lo que está ausente y, el segundo, reconvertir la Zona Cero en un lugar de vida y no de muerte. ¿Y qué mejor forma de evidenciar la ausencia que el propio vacío? La dimensión de los huecos sería mejor reflejo de la escala de las Torres que cualquier otro elemento que se pudiera construir en su lugar. Por ello Arad decidió mantenerlos, pero transformándolos y enfatizándolos mediante su conversión en dos fuentes que serían los elementos protagonistas de su Memorial Plaza.
Esto que parece tan lógico no se comprende en su totalidad sin conocer la obra del artista Land art Michael Heizer. En su serie The Presence of Absence, expuesta en el museo DIA: Beacon al norte de Nueva York, desarrolla su concepto de escultura negativa, donde el trabajo artístico se hace palpable precisamente a través de la ausencia de materia. La riqueza de sus esculturas no está en la forma o la materialidad, sino en el vacío que le da forma. La importancia de sus obras reside así en el hueco, en lo que no hay.  Su primera escultura negativa, “North, East, South West”, se compone de cuatro huecos de distintas formas geométricas excavadas en el suelo. La distancia desde la que asomarse a cada cavidad es la justa para no percibir el fondo. Se intuye que debe haberlo, pero no llegar a visualizarlo desde ningún ángulo transmite una sensación de infinito. El hueco correspondiente a North, formado por dos cubos inscritos, es el que Arad trasladó a las fuentes del Memorial. Utilizando un lenguaje similar, Arad perforó los huecos existentes de las Torres con un segundo cubo vacío inscrito en su centro del que nunca se vería el fondo. Las cascadas de agua que nacen en el perímetro del hueco, perforado con los nombres de los allí fallecidos, caen hacia el abismo con un murmullo suave y continuo y desaparecen en este segundo hueco de profundidad infinita, como metáfora de las almas que se perdieron aquel día.
Así, Arad convirtió la cicatriz de Nueva York en un monumento cargado de sensibilidad y con un simbolismo universal, que aunque no se libró de polémicas, sí ha sido capaz de empatizar con una amplia mayoría. Pero sin duda, el mayor acierto del arquitecto fue la decisión de convertir el Memorial en una plaza, es decir, en un lugar de vida y encuentro. Cumpliría la función de parque conmemorativo pero también sería un lugar que acogería a neoyorquinos en su camino al trabajo, donde los niños podrían jugar y los turistas pasear, concibiendo esta plaza como parte viviente de la ciudad. Con ayuda del paisajista californiano Peter Walker, nació la idea de cubrir la plaza de líneas de robles que la dotarían de vivos colores en primavera y otoño, de sombra donde resguardarse del sol y el calor en verano, y de cambiantes dibujos de ramas proyectadas en el suelo en invierno. De los 416 árboles plantados, uno de ellos es superviviente del día de la tragedia y el resto eran retoños de robles próximos al área del World Trade Center que hoy, alineados en torno a las fuentes, simbolizan el renacer de la naturaleza.
En esta idea vanguardista de simbiosis entre vida y muerte se encuentra el futuro de los espacios urbanos para la memoria. Ya sean cementerios, cenotafios o monumentos, el planteamiento de actividades que inviten a los vivos a pasar tiempo en estos espacios es fundamental para su integración en la ciudad y evitar su condena urbana. La Ilustración los castigó y los envió al extrarradio de las ciudades, convirtiéndolos en lugares solitarios, incluso marginales. Pero al igual que nuestra mentalidad ha cambiado, tal vez debamos evolucionar nuestra forma de concebir y vivir los espacios de luto e incorporarlos con naturalidad en nuestro día a día, como una forma más de enriquecimiento colectivo, como tratan de hacer los arquitectos del Memorial en la Zona Cero.
Sin embargo, hoy por hoy, quizás por la proximidad de los acontecimientos, la plaza del Memorial aún no ha alcanzado del todo dicho propósito. Desde su inauguración en 2011, con motivo del décimo aniversario del 11S, recibe a diario visitas de turistas y curiosos, pero aún es difícil encontrar ciudadanos que acudan para su disfrute y deleite personal. No obstante, cuando generaciones futuras sin recuerdo de lo ocurrido se adentren en el bosque de robles y se encuentren con los dos grandes vacíos esculpidos en el interior de la plaza, podrán visualizar la dimensión de las Torres y seguirán escuchando el eco de las vidas que se fueron, como el agua que desaparece en el vacío, o en el infinito, haciendo así presente lo que para entonces llevará mucho tiempo ausente.
 
Claudia Conde trabaja como arquitecta en Nueva York y es allí delegada de la Fundación Inquietarte. En la foto, de la autora del artículo, nos enseña cómo en los cumpleaños de las victimas sus familiares o amigos ponen una rosa blanca en su memoria sobre su nombre perforado en el perimetro de las fuentes. 



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