Firmas

Mercedes Sanz de Andrés
Historiadora del Arte
 

El Túmulo de la Catedral de Segovia

El Túmulo de la Catedral de Segovia

El túmulo se define como “armazón de madera, vestido de paños fúnebres, que se erige para la celebración de las honras de un difunto” y es  la manifestación por antonomasia de arte funerario y  efímero de los siglos XV al XVIII. El túmulo o catafalco que se expone en la Catedral se empleaba en las exequias fúnebres durante los siglos XIX y XX aunque también exponen vestimentas de los siglos XVI al XIX con una interesante iconografía referida a la muerte.
Los túmulos en España estaban reservados sólo para honras fúnebres de reyes y familiares cercanos siendo prohibidos para nobles y miembros de  la iglesia con el fin de no emular a los soberanos. Esta prohibición se encuentra refrendada en la legislación de la época La preocupación por reglar y controlar estas celebraciones luctuosas se remonta a la ley contra funerales dictada por los Reyes Católicos en 1493,1502 y 1505 por el elevado gasto. Felipe II lo haría en 1565 y 1572 y Felipe III en 1610 impedía utilizar más de doce hachas o cirios prohibiendo a toda persona que no fuese real a elevar túmulos y guarnecer las paredes de las iglesias. Aunque  la prohibición se cumplió con rigor, se dieron casos de incumplimiento como el túmulo levantado en 1633 por el fallecimiento de Catalina de la Cerca, esposa del duque de Lerma.
Fue a partir de la pragmática de Carlos II en 1696 cuando se autorizó la erección de catafalcos particulares aunque prohibiendo las colgaduras y limitando a doce hachas el número de luces. La pragmática de Felipe V en 1723 y otras sucesivas siguen prohibiendo en los funerales de particulares colgar paños en los muros de casas e iglesias. Esta abundante legislación nos habla de posibles abusos y de que su uso fue extensible a todas las clases sociales.
La existencia de un catafalco se documenta desde el siglo XV, cuando la Catedral de Segovia se encontraba emplazada frente al Alcázar colocándose entre la capilla mayor y el coro. Su forma parece responder a una sencilla estructura de madera denominada “cama” que era realizada por el altarero y sobre ella se colocaba el túmulo propiamente dicho o ataúd. Alrededor, entre hachones de luces con sus sombras sacralizaban el misterio del fuego. Si el difunto no se hallaba de cuerpo presente, se colocaba sobre la “cama” una estructura de madera que simulaba el ataúd. Túmulos en recuerdo del rey Enrique IV  o de la reina Isabel son algunas de las primeras referencias al empleo del catafalco.
Pasada la Guerra de las Comunidades en 1521 se comenzaba a construir  la nueva Catedral en 1525 y en 1535 se tienen referencias del levantamiento de un túmulo.  El ceremonial en las honras fúnebres celebradas en la Catedral de Segovia se encontraba legislado por el Cabildo  desde fechas muy tempranas y  en él vemos cómo el punto de vista en la jerarquía de los vivos se traslada al ámbito de la muerte.
El interior de la Catedral se vestía de luto que era la exteriorización de un estado de dolor. El túmulo se colocaba en el crucero o en la capilla mayor. La estructura del siglo XIX era de madera cubierta de paños negros bordados en hilos dorados que recogen toda la simbología medieval y barroca: el reloj de arena alado, el esqueleto con la guadaña, calaveras, tibias cruzadas y en la parte central el Búcaro, anagrama del Cabildo.
Con el Concilio Vaticano II en 1962 se introducen una serie de cambios en la nueva liturgia sobre las exequias eliminando los túmulos o catafalcos en funerales.
Los túmulos tienen una importancia capital para el arte español y acabarán siendo la manifestación por antonomasia del arte efímero de los siglos XV al XVIII.  El difunto, presente o ausente, era el verdadero protagonista  mientras su memoria se debatía entre lo celestial y lo terrenal. El túmulo de la Catedral de Segovia (en la foto de arriba, un detalle) con sus hachones, vestimentas y ornamentos litúrgicos, hacen de él un importante legado cultural que busca en la imagen el papel metafísico de Arte.



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