Firmas

Mercedes Sanz de Andrés
Historiadora del Arte
 

A propósito de la esquela con emoticono: el lenguaje “esquelario” está más vivo que nunca

La incorporación de un emoticono en la esquela periodística de Carmen Bustamante Barangó, es reflejo de la evolución del lenguaje “esquelario”, que en el siglo XXI está más vivo que nunca. Como todo discurso, la esquela posee un lenguaje basado en la imagen y en la palabra con una serie de códigos que son asimilados por el receptor al lenguaje funerario.  Desde el siglo XIX hasta nuestros días este código se ha hecho eco de su época y el medio periodístico ha sido  testigo de excepción en la evolución de este lenguaje “esquelario”.
 
La “esquela”  y su origen
 
Se define “esquela” como “aviso de la muerte de una persona que se publica en los periódicos con recuadro de luto. Suele indicar la fecha y el lugar del entierro, funeral, etc.”. El origen del término “esquela” se encuentra en el diminutivo griego skhidé, “hojita”. Las schedas eran papeletas utilizadas a manera de convites pero no estaban relacionadas exclusivamente con las ceremonias de carácter fúnebre.  Para Eulalio Ferrer “como anuncio público de la muerte nace en el corazón de la pompa fúnebre romana”. Posteriormente “en la Edad Media la Iglesia  ideó los mortuarium, una especie de grandes cartas de borde negro con la cruz inmisa colocada en el ángulos superior izquierdo, los sufragios y la trilogía Requiescat in pace”. Para el mismo autor, “fue en 1732 cuando se registra por primera vez la palabra “esquela” tal y como la identificamos hoy en día vinculada definitivamente con los asuntos mortuorios”.
Fue en el siglo XIX cuando la esquela se introduce en los periódicos de calidad convirtiéndose en parte integrante de su actividad informativa. Este hecho está estrechamente relacionado con el origen de los servicios de documentación periodística surgidos en este siglo. La preparación de las semblanzas necrológicas necesitaba la elaboración de perfiles biográficos de las personas que acababan de fallecer. Los archivos de prensa que sobre las esquelas se iban elaborando fueron denominados en EE.UU como “el depósito de las morgue”.



Para la burguesía del siglo XIX la esquela periodística o aviso de defunción fue el medio de obtener un reconocimiento para el difunto y para la familia.  Cuando uno se muere, muere para siempre y en el siglo XIX la esquela se va a convertir en el último escaparate social con el objeto de dejar en herencia un buen nombre. La esquela tiene un marcado carácter biográfico porque el difunto es el protagonista. Para la sociedad española del siglo XIX la muerte suponía en muchas de las ocasiones el final a una vida de hambre y pobreza, a otros les parecía una terrible tunantada en medio de un brillante porvenir y para otros iba a ser el último acto social pacientemente elaborado a lo largo de toda la existencia. El pobre no tiene esquela pero para la burguesía la esquela era el último certificado de la vida y quizá el más respetable.
 
Partes de una esquela: el lenguaje “esquelario” en el siglo XIX
 
Como todo discurso, la esquela posee un lenguaje basado en la palabra y en la imagen con una serie de códigos asimilados en el imaginario colectivo.  Las partes de una esquela funeraria vienen definidas por cuatro ejes de información: encabezamiento, convocatoria, agradecimientos y finalmente el duelo. Una ancha banda negra enmarca el espacio que se encabeza con una Cruz. Este borde negro encuentra en los mortuarium medievales su antecedente.
En la primera parte de la esquela, el “encabezamiento”, se presenta en sociedad al fallecido: “La señorita”, “El señor D”, “La señora Dª” o “El señorito”. Es preciso el reconocimiento social para el difunto y para sus familiares y la profesión se convierte en la mejor carta de presentación: “farmacéutico del hospital” o “alguacil de Cámara del Excmo. Ayuntamiento”.  Junto a la profesión hay esquelas que son auténticos currículum profesionales donde uno a uno se recuenta los méritos conseguidos en vida: “Comandante graduado, Capitán de infantería, Caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III, condecorado con la Cruz de San Hermenegildo, una roja y dos blancas del Mérito Militar y Medalla de Alfonso XII con el pasador de Olot, etc, etc.. Académico correspondiente de la Historia”. Otros tuvieron menos fortuna como el joven Antonio Sánchez Gómez fallecido el 19 de junio de 1863 que era “aspirante de tercera clase a oficial de la Tesorería de Hacienda Pública”.
En esta primera parte de la esquela se colocaban las conocidas siglas R.I.P. (Requiescat in pace), Q.E.P.D (Que en paz descanse) o D.O.M (Dominus).
En la segunda parte de la esquela, la “convocatoria” entran en escena los deudos. Todos ellos, sin que nadie se olvide y en estricto orden de protocolo “suplican a V. se sirva encomendarla a Dios y asistir a la conducción del cadáver, desde la casa mortuoria calle de la Cintería números 1 y 3 al Cementerio, hoy 4 a las cinco de su tarde y mañana 5 a la misa de entierro…” El ritual post-mortem excluía la celebración de la misa funeral de cuerpo presente, es decir, llegado este momento todos con el muerto pero sin el muerto y desde aquí hasta el cementerio.
La tercera parte de la esquela son los “agradecimientos”: “La asistencia de V. será un acto de caridad cristiana y un obsequio a su familia”.
Finalmente y a pie de esquela se informa de cómo y dónde ha de despedirse el duelo o pésame.
 
La esquela infantil
 
La primera diferencia en esta tipología de esquelas es que carecen de recuadro negro de enmarque y la parte del encabezamiento sustituye la cruz por niños ángeles que presentan al infante fallecido: “El niño Evaristo Puerta y Cabrero. Ha fallecido el día 10 de febrero de 1887 a la edad de 5 años y 6 meses”. En este tipo de esquela  la expresión “ha fallecido” suele sustituirse por “ha subido al cielo” en alusión al corto camino recorrido entre la cuna y la sepultura.   Para los deudos se emplean adjetivos como “sus afligidos padres” o “sus desconsolados padres”. En ocasiones la tipografía empleada para los padres parece derramar lágrimas.
 
La esquela institucional
 
Este tipo de esquela ensalza las muertes de todas aquellas personas que dieron su vida por la patria o por un partido político.  El lenguaje empleado es exaltado, idealizado y politizado que rinde homenaje a todos aquellos que defendieron con su vida unos ideales y valores en los que creían: “El monstruo de la humanidad… el enemigo de los derechos del hombre se podrá cebar con los sacrificios cruentos de los que han quebrantado y deshecho los esfuerzos inútiles de sus bárbaras huestes: pero el Español patriota (…) pide por el eterno descanso de los que con tantas coronas cívicas han sabido dar generosamente su vida por la Patria”.
 
La imagen en la esquela del siglo XIX
 
Algunas esquelas del siglo XIX ofrecen un interesante discurso iconográfico que o dulcifica la muerte o la presenta desoladora y atormentada. Algunos de estos símbolos cuentan con una larga tradición cultural y otros son propios de este período romántico que anhelaba morir por amor o llorar la muerte de la persona amada.
Ocurrido el fallecimiento comienza un período donde los vivos tienen que acostumbrarse a la ausencia del ser querido, a aprender a amar al muerto desde la vida.  La desgarradora desaparición física se manifiesta en una trágica emoción de llantos, lamentos y rezos. La esquela de Dª Dolores Pérez-Lara de Calvo es fiel reflejo de ello.  Una mujer, desagarrada y  arrodillada ante al ataúd abierto que deja ver el cadáver amortajado del difunto, se agita en violentos movimientos.  No se acepta la muerte de la otra persona y su pérdida se exterioriza en un dolor exaltado canalizado en llantos, lamentos y luto.  Un amplio lazo sostiene diferentes atributos de dignidades civiles y eclesiásticas. Es el carácter igualitario de la muerte que, encarnada en un presumido esqueleto, espera con su guadaña a que llegue el tiempo de cada ser humano. Es la hoz de la muerte sentada en una arquitectura nobiliaria. Sobre la guadaña posa una lechuza atributo de malos presagios. En la parte inferior se representan una vez más las vanidades del mundo.
El dolor irrumpe en la escena de la esquela de Dª Teresa Moratinos Medina, es la vivienda donde se vela el difunto. El féretro con paño mortuorio se encuentra rodeado por cuatro hachones de luz. Junto a una pequeña mesa se ha dispuesto el acetre con agua bendita y un ramo de laurel para asperjar al difunto junto con el óleo y un libro de oraciones. Una mujer oculta su rostro para mostrar su profundo dolor. No hay alusión macabra a la muerte y el féretro está cubierto con un paño negro. La muerte no se enseña, sólo se rodea y no se acepta porque poco a poco se convierte en tabú.
En la esquela de Dª Dorotea Martín  una mujer de riguroso luto se acerca a la tumba que reza “Aquí descansa” para depositar una corona mortuoria. Todo el espacio aparece ambientado en abundante vegetación como el sauce, la hiedra y la flor en todo su esplendor –botánica funeraria-. El borde negro es sustituido por rica vegetación.  
En la esquela de Dª María Rodríguez de Callejo se destaca la actitud del hombre ante el túmulo funerario. Es en el siglo XIX cuando surge y se exige el culto a la tumba y la visita al cementerio trae consigo el recuerdo y la memoria del difunto.
La muerte, como la vida, son los dos acontecimientos más importantes de nuestro paso por el mundo y la esquela nos explica a través de la imagen y la palabra las formas de morir y de vivir en las páginas de nuestra existencia.  La esquela de Carmen Bustamante Barangó es fiel reflejo de ello, de nuestra época, como en su día también lo fueron las esquelas del siglo XIX. Esta evolución de los códigos utilizados en la esquela nos advierten de la necesidad del ser humano de traslucir sus sentimientos. Ya lo dijo Sancho al ingenioso hidalgo don Quijote: “No se muera vuestra merced porque la mayor locura es dejarse morir así, sin más ni más”. No se muere “sin más ni más” porque la  esquela se convierte en el eslabón necesario para no olvidar.



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