FIRMAS

Ana Valtierra
Doctora en Historia del Arte. Universidad Camilo José Cela.

ARTE Caspar David Friedrich y la pintura de cementerios

01 de mayo de 2019

Caspar David Friedrich y la pintura de cementerios

Simbólico, anticlásico, espiritual, descubridor de la tragedia en el paisaje… son tan solo algunos de los calificativos que se ha otorgado al pintor Caspar David Friedrich. Nacido en Greifswald (noreste de Alemania) en 1774, está considerado uno de los pintores románticos más importantes en el plano internacional. En su producción son famosos los paisajes con una figura de espaldas al espectador, contemplando la grandeza de la Naturaleza: nieblas, ruinas de arquitectura gótica, árboles desnudos… y cementerios. O paisajes con tumbas. En más de dos docenas de sus obras los protagonistas son espacios sacramentales o enterramientos. Es curioso el interés que tuvo este pintor por plasmar camposantos en sus pinturas. Por una parte, respondía a la tendencia de la época, proclive a la exaltación de la pasión y a remover los sentidos; pero, por otro, reflejaba su propia vida y su tragedia personal. Familiarizado con la muerte desde la niñez, incorporó entre su repertorio la observación de lugares de enterramiento. Su madre, Sophie, murió cuando Friedrich tenía sólo siete años, y un año más tarde falleció una de sus hermanas, Elisabeth. Pero la gran tragedia que marcó su vida fue la muerte de otro de sus hermanos, Johann Christoffer, en 1787, ante la mirada impotente del pequeño Caspar David, que tan solo tenía trece años. Johann Christoffer murió congelado tras tirarse a un lago helado para, se cree, intentar salvar al futuro artista. Para rematar esta secuencia trágica de muertes, una segunda hermana, María, falleció de tifus unos años más tarde. A pesar de semejante drama familiar, Friedrich consiguió a través de sus pinturas sublimar el paisaje y divinizar los cementerios.
Caspar David Friedrich sintió una atracción muy especial por los cementerios, porque supo ver en ellos lugares mágicos, dotados de una gran espiritualidad y sentimiento, tan acordes con el pensamiento romántico del momento. Los pintó en varias ocasiones a lo largo de su carrera, siempre ensalzando su monumentalidad. En “Abadía en un robledal” (1809), plasmó una procesión de monjes que portan un ataúd y dirigiéndose hacia las ruinas de una iglesia gótica. Hay varias tumbas marcadas por cruces, y la nieve removida deja ver que una de ellas está recién excavada. Las ruinas que aparecen son reales, pertenecen a la Abadía de Eldena, y ponen el escenario a esta pintura dotada de un gran misticismo. Sin embargo, la iluminación que deja en la penumbra la mitad inferior, así como esos árboles con las ramas desnudas que dan cobijo a la procesión funeraria, lo convierten en un sitio inquietante. Según los estudiosos, la pintura quizás simbolice la dualidad del mundo: la era precristiana, materializada en los árboles (los cultos de tipo druídico), y la era cristiana, representada por las ruinas de la iglesia. Así, los monjes caminando hacia la parte más luminosa, estarían marcando el paso hacia la vida eterna.
Es interesante reflexionar sobre el protagonismo que tienen las figuras de los monjes en algunas pinturas de cementerios de Friedrich. El artista era conocido por sus contemporáneos por sus fuertes convicciones religiosas, así como por su marcada misantropía. En el caso de estas pinturas, los monjes aparecen tranquilos y contemplativos, pendientes del ritual funerario.
Friedrich realizó varios autorretratos en los que aparecía vestido con ropas que recordaban a las monacales, ya que pensaba que el artista debía pintar no solo lo que veía ante él, sino también lo que veía dentro de él. Consideraba también que la obra de arte tenía que conseguir mover el espíritu del que la contemplaba hacia algún tipo de emoción. Estas obras, por tanto, son una reflexión sobre la soledad y la muerte, pero también son un reflejo de los cambios estructurales que se estaban produciendo alrededor de los lugares de enterramiento. En el siglo XVIII comenzaron a separarse los cementerios de los recintos de las iglesias, práctica que se popularizó en el siglo XIX. Los cementerios se fueron trasladando gradualmente a los suburbios, alejándose de los templos, y si bien esto se generalizó en varios países, los estados alemanes fueron especialmente contrarios a la separación entre la iglesia y los lugares de enterramiento. Así, limitaron, y mucho, el carácter religioso de los cementerios. Dejaron de ser tierra santa cuando comenzaron a construirse extramuros, y su vinculación con lo cristiano quedó de esta manera limitado a pequeñas capillas dentro del propio camposanto.
A Friedrich le gustaba pintar en el campo que rodeada Dresde, salpicado de iglesias rurales con sus cementerios anexos, pero el paisaje fue cambiando por todas estas reformas de las que él fue testigo.
 
Reivindicación de la patria
 
En el año 1813, Napoleón es derrotado en Leipzig, una de las más importantes batallas napoleónicas y que supuso, por fin, la liberación alemana de las tropas invasoras francesas. Un gran movimiento nacionalista sacude Alemania, y Friedrich es uno de sus abanderados más fieles, luchando a su manera contra la dominación francesa. Entre 1813 y 1814, el artista pintó una obra dedicada a las tumbas de caídos memorables: en un paisaje abrupto se abre una gruta, una mezcla entre realidad y ficción, y para pintarlo realizó una serie de bocetos de las montañas de Harz (al norte de Alemania). Sobre ellos, añadió las figuras y las tumbas. Dos soldados franceses, de tamaño muy diminuto, están a la entrada y sirven para darnos la dimensión del paisaje, para engrandecerlo por el efecto óptico de darnos la medida la figura humana. Los personajes están rodeados de tumbas, y en primer plano destaca un sepulcro en el que está escrito el nombre de su morador. Se trata de Arminio, un caudillo germano que se enfrentó a los romanos en el siglo I y al que aniquiló en la batalla del bosque de Teutoburgo, intentando luego que las tribus germanas se unieran para resistirse ante la ocupación romana. Fracasó en el intento por las rivalidades internas entre los jefes de las tribus, pero su gesta fue utilizada a lo largo de la Historia como símbolo en diferentes luchas. Lutero, por ejemplo, aprovechó la figura del caudillo como símbolo de la lucha de los germanos contra Roma.
En el siglo XIX volvió a recuperarse a Arminio como abanderado nacionalista alemán, por eso aparece su sepulcro en la pintura de Friedrich. Al lado se ve hay una serpiente roja, blanca y azul. Son los colores de la bandera de Francia, y el reptil representa el pecado, todo lo malo, tal y como lo entiende la mentalidad cristiana. A la izquierda se ve una tumba de factura nueva en forma de obelisco. Tiene una inscripción, que traducida dice: “G.A.F. Al Joven Caído en Defensa de la Patria”. La explicación de toda esta simbología está muy acorde con el momento en el que se pinta, puesto que se usan las tumbas para exaltar la resistencia alemana antes de la invasión de Napoleón. Así, esta pintura honra el nacimiento de una nueva generación de héroes a través de la tumba-obelisco, a la vez que les une a los vestigios y osamentas, a las tumbas, de sus figuras antiguas más venerables.
El pintar tumbas será un tema recurrente en la obra de Friedrich, normalmente con esta idea de exaltación de los valores patrióticos. En el año 1823 pintó la sepultura de Ulrich Hutten (1488-1523), el poeta y teólogo que luchó activamente por la Reforma Protestante. Se identifica porque su nombre está inscrito, aunque también hay otros nombres, todos de personalidades que lucharon contra las tropas napoleónicas. Es una tumba simbólica, no la tumba real donde fue enterrado, y la ubica el artista en el ábside de una iglesia gótica, concretamente del monasterio de Oybin. Se ve a un hombre vestido con el traje tradicional alemán acercándose a la tumba, y una estatua decapitada que asoma entre las ruinas y representa a Fides, la diosa en el mundo romano de la fe o la confianza que invocaban los oprimidos.
 
Las puertas
 
A medida que pasaron los años, la enfermedad y las depresiones tomaron más fuerza en la vida de Caspar David Friedrich, y el motivo de los cementerios estuvo más presente en su producción. Así, conservamos “La entrada del cementerio” (1825), una obra que se quedó inconclusa y en la que se puede ver el camposanto desde fuera, a través de la puerta monumental que separaba el mundo de los vivos del de los muertos. La puerta está abierta, dejando comunicación entre los dos espacios. Se trata de la puerta de entrada al cementerio de la Trinidad de Dresde, donde acabó enterrado el artista. Friedrich introduce una interesante modificación en esta pintura, porque el cementerio tiene una concepción moderna: suelos planos y lápidas dispuestas en orden. Sin embargo, él pinta un paisaje ondulado, con las tumbas torcidas, de forma que el pintor rechaza la nueva tendencia de disponer las tumbas en hileras perfectamente organizadas. También pinta la puerta del cementerio desde dentro, como en la obra “Cementerio bajo la nieve” (1826). En este caso, lo más simbólico es cómo el punto de vista del espectador está situado justo encima de la tumba que se acaba de cavar. Se ha especulado con la posibilidad de que la sepultura podría ser la del propio artista, y su punto de vista desde su lugar de enterramiento.
En 1835 Friedrich sufrió un derrame cerebral que le afectó a la movilidad de brazos y piernas, lo que redujo notablemente su capacidad para pintar. Abandonó la técnica al óleo (que requería más elaboración), y tuvo que limitarse a dibujar. Aquí se agudiza su obsesión con los paisajes funerarios. Una de sus últimas pinturas fue “Paisaje con tumba, ataúd y búho” (1837). El búho es aquí un símbolo de sabiduría, pero también de muerte, que emerge ante la luna.
Caspar David Friedrich murió el 7 de mayo de 1840 y fue enterrado en el cementerio de la Trinidad de Dresde, cuya puerta había pintado quince años antes. Le enterraron en una tumba “moderna”, de lápida plana, de esas que estaban de moda y que tan poco le gustaban. El protagonismo de los cementerios y monumentos funerarios en su obra son reflejo de su obsesión por el más allá, pero también es testimonio de los cambios estructurales que se estaban produciendo en las costumbres funerarias en esos años. Unos cambios que eran contemplados con inquietud y que quedaron plasmados en varias pinturas de singular belleza que trascendieron su vida, y también su muerte.

En la imagen, fragmento de una de sus últimas pinturas,  “Paisaje con tumba, ataúd y búho” en la que aparece el búho como símbolo de sabiduría y muerte.
https://www.artehistoria.com/es/obra/paisaje-con-tumba-ata%C3%BAd-y-lechuza

 

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