FIRMAS

Pedro Cabezuelo
Psicólogo clínico. pedrocg2001@yahoo.es

Firmas Cada cosa a SU TIEMPO

10 de abril de 2019

Cada cosa a SU TIEMPO

Cada cosa a SU TIEMPO

Cómo pasa el tiempo! ¿Quién no ha dicho esta frase alguna vez? A partir de cierta edad, si nos encontramos con un viejo amigo o revisamos nuestra vida por cualquier motivo es casi seguro que alguien la pronunciará. Niños y jóvenes, en cambio, ni usan ni entienden esta frase. No le prestan la mínima atención.

Cuando somos jóvenes nos parece una frase “de mayores”. Aún no reparamos en la velocidad con que transcurre el tiempo ni nos preocupamos por ello. Más bien al contrario: nos incomoda lo despacio que pasa; lo que queremos es que lo haga rápido. Queremos crecer lo antes posible, hacernos mayores enseguida para poder disfrutar de las supuestas ventajas del mundo adulto. Hasta que un día de buenas a primeras, con el paso de los años, nos sorprendemos a nosotros mismos pronunciando la frasecita.
 Sin duda es necesario que pase el tiempo para dar importancia al paso del tiempo. Todos los adultos recordamos nuestra infancia en mayor o menor medida. Y a casi todos nos parece que entonces el tiempo transcurría muy despacio. Los días eran muy largos, los años tardaban una eternidad en pasar. Hoy las horas son efímeras, las semanas y los meses pasan volando, y nos parece que el tiempo transcurre cada vez más rápido. Como si fuera acelerando permanentemente, cada año pasa más rápido que el anterior. Pero un segundo siempre es un segundo, y un año siempre es un año ¿no? Al menos eso creíamos hasta que los avances en la física demostraron que el tiempo no es algo absoluto, sino relativo. Depende de la velocidad a que nos movamos y de la fuerza gravitatoria. Debido a las pequeñas diferencias temporales que se producen por variaciones en estos factores, es necesario tenerlos en cuenta para que funcionen bien los satélites de telecomunicaciones o los vehículos espaciales, por ejemplo. Que el tiempo es algo relativo en física es hoy sabido por todos. Que lo sea también en el terreno psicológico nos resulta evidente en cuanto reflexionamos sobre ello. El tiempo parece dilatarse o encogerse en función de la edad, si lo estamos pasando bien o mal, si esperamos algo con ansia o si queremos que ese algo termine cuanto antes. Todos hemos percibido esos cambios de velocidad subjetivos. El tiempo psicológico también es relativo, no hay duda. Otra cosa es cuándo comenzamos a darle importancia y a reparar en ello.

 Una exposición de arte

Hace bastantes años visité una exposición de arte contemporáneo en Bruselas.
 El creador dispuso las “performances” en un recorrido lineal. En el folleto informativo se indicaba que había que seguir el orden en que el artista decidió colocarlas y que no se podía volver hacia atrás. Para ello diseñó una especie de laberinto que recorría una gigantesca sala. Al inicio de la exposición oí el sonido, lejano y débil, de una campana. No le presté mayor atención y continuamos adelante tratando de entender las “instalaciones”, como también se llaman este tipo de obras. Algunas me parecieron interesantes, otras no. Muchas me dejaron indiferente. Al rato volví a escuchar la campana, esta vez algo más fuerte, más cercana. Pero enseguida volví a olvidarme de ella. Según avanzábamos, la complejidad de las obras iba en aumento, pero la tónica era la misma: algunas me sugerían algo, la mayoría me dejaban frio. De repente oí un campanazo muy fuerte que me sobresaltó. El sonido provenía de muy cerca, justo detrás de un panel que hacía las veces de pared. Se me ocurrió entonces cronometrar el tiempo que transcurría entre campanazos. Comprobé que no había un intervalo fijo: variaba ligeramente, aunque entre uno y otro había tiempo suficiente para ver unas cuantas “performances” más y poder concentrarnos en ellas.



El sonido se fue haciendo más débil, como si nos alejáramos de la fuente. Hasta que, de nuevo, volvió a sonar muy fuerte. Otra vez estábamos cerca. El diseño del recorrido nos acercaba y nos alejaba del lugar donde se producía el intrigante y ya molesto sonido. En la última parte de la exposición las obras se fueron volviendo más sencillas. Recuerdo que me parecieron las mejores. Acompañadas en todo momento, eso sí, por el sonido reiterativo de la campana, que volvió a atenuarse y a subir conforme avanzábamos. Continuamos hasta que llegamos a la puerta de salida, al final del recorrido. Unos carteles indicaban que la exposición había terminado, aunque eso no era del todo cierto. Detrás de la puerta había una sala muy oscura y una última obra. Como a un metro del suelo, una campana colgaba de techo.

Junto a ella, a su altura, un busto de metal parecía mirarla. Un par de focos concentraban una luz tenue en ambos, obligando a fijar en ellos nuestra atención. De repente, el busto se inclinó rápidamente hacia adelante, y a modo de badajo, proporcionó un fuerte cabezazo a la campana que hizo que nos zumbaran los oídos. Ahí estaba el origen del repetitivo, misterioso e implacable sonido, la solución al enigma del campanazo. Ese era el verdadero final de la exposición. Lo primero que pensé es qué nos quería decir el artista con esa exposición. Quizá fuera otra su intención, pero a mí me sugirió que se trataba de una reflexión sobre la vida, el paso del tiempo y la muerte. No lo entendí hasta que llegué al final: todo era una sucesión de metáforas. Los campanazos a modo de reloj, marcando el paso del tiempo desde el principio con relativa precisión.

El recorrido –la vida– en una dirección y sentido ineludibles, sin posibilidad de volver atrás. Débiles y continuos campanazos –muertes lejanas– a los que apenas prestamos atención. Un fuerte campanazo que percibimos de vez en cuando –quizá muertes significativas– que nos espabila, que nos pone en alerta. Pero que se olvida enseguida, volviendo a nuestras distracciones, al laberinto vital, hasta el siguiente campanazo atronador. Por el camino, algo parecido a la vida misma: algunas cosas interesantes, otras en absoluto. La mayoría, meras distracciones. La complejidad en aumento, como nuestro desarrollo e inteligencia. Esa misma inteligencia que nos hace buscar respuestas, significados, y que a veces nos lleva a perdernos en lo complicado, en lo enrevesado: en tontunas. Hasta que llega un momento en que lo sencillo aparece ante nosotros y nos damos cuenta de que quizá lo realmente importante es algo más liviano, más sencillo. Que quizá se encuentre ahí la verdadera belleza. Como si fuera necesario recorrer el laberinto, pasar por todo lo anterior para poder comprender la importancia de la sencillez. Y sólo nos enteramos de qué va la película cuando estamos llegando al final. Es ahí, cerca del fin, cuando nos damos de bruces con la campana, con el fin de nuestro tiempo.

 Cada cosa a su tiempo

Un amigo experto en física me comentó en una ocasión que el tiempo es un recurso de la naturaleza necesario para evitar que todo suceda simultáneamente. Permite que las cosas ocurran poco a poco, y en lo que nos concierne, que incorporemos experiencias de forma gradual, sin darnos un “atracón” que no podríamos digerir.

Como se dice habitualmente, es necesario aprender a andar para poder correr. Pero no sólo aumenta la cantidad y complejidad de lo que aprendemos. También cambian nuestros recursos intelectuales.

Gracias a lo que incorporamos vamos ganando en capacidad de abstracción y análisis, lo que nos permite revisar, comparar y analizar todo lo aprendido anteriormente. Continuamente, lo nuevo matiza o modifica lo anterior.

El aprendizaje es un proceso en el que no sólo incorporamos cosas nuevas, sino que también modifica el propio proceso, la capacidad de aprender y de entender. Todo ello presidido por el tiempo, que se encarga de dosificar las cantidades. Cuando somos niños podemos entender algunas cosas. Otras no. Cada edad tiene un ámbito de aprendizaje y un ámbito de entendimiento. Como dice el refrán, “de joven se aprende y de viejo se comprende”.



La capacidad de entender tiene mucho que ver con la experiencia, con el paso del tiempo, con la edad. Esa capacidad de entender según qué cosas en función de la edad hace que lo que ayer tenía importancia, hoy pueda no tenerla. Y a la inversa, lo que ayer nos parecía banal, hoy puede cobrar una importancia mayúscula.

Solemos entender el campanazo final cuando estamos preparados para ello, y eso normalmente ocurre cerca del final. Cuando el tiempo ya ha realizado gran parte de su labor, ayudado a incorporar gradualmente datos y conocimientos, reordenado todas nuestras importancias y colocado cada cosa en su sitio.
 
 
Como dice el refrán, de joven se aprende y de viejo se comprende”. Esa capacidad de entender según qué cosas en función de la edad hace que lo que ayer tenía importancia, hoy pueda no tenerla.
 

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