HISTORIA Y ARTE

Edipo

Edipo

Primer detective de la historia

El mito de Edipo se hizo célebre en la antigüedad gracias a dos obras de teatro de Sófocles (496-406 a.C.): “Edipo rey”, puesta en escena en el teatro de Atenas el año 431 a.C., y en menor medida “Edipo en Colono”, representada en el 401 a.C., muerto ya su autor. La recepción de la primera siempre fue extraordinaria, de modo que Aristóteles (385-322 a.C.) la consideró en su “Poética” la obra más perfecta de todo el teatro clásico. A lo largo de los siglos el argumento fue recogido por numerosos dramaturgos, conservándose entre los antiguos “Edipo” de Séneca. Desde el renacimiento han hecho versiones del mito, entre otros muchos autores, P. Corneille (1659) o Voltaire (1718).

A comienzos del siglo XX los estudios de S. Freud sobre “La interpretación de los sueños” (1900) llevarían a poner de relieve de nuevo el mito y a crear el concepto de “complejo de Edipo”, el de aquel niño y adolescente que tiene aversión a la figura paterna y desmedido afecto hacia la materna. Ello influyó en toda la literatura posterior. Así “Edipo rey” de J. Cocteau (1927), que adaptó musicalmente I. Stravinski; o “La máquina infernal” (1932) del mismo autor; pero también “Edipo” de A. Gide (1930). Ya en postguerra T. S. Elliot trivializa el mito en “Fin de carrera” (1959). En España S. Martín Bermúdez escribió en los últimos años del franquismo “Tiresias aunque ciego”, obra que nunca se llegó a representar.

Hoy, sin embargo, no vamos a hacer tanto hincapié en el mito en sí mismo, conocido probablemente por nuestros lectores; ni en su complejo y el método llevado a cabo por el psicoanálisis para llegar al fondo de uno mismo, sino en la figura de Edipo como detective, como buscador de la verdad. Y es que “Edipo rey” puede considerarse como la primera gran obra de suspense de la historia. El núcleo de la obra es el siguiente: años atrás ocurrió un asesinato; ahora Edipo emprende la investigación sobre el asesino, sin saber que el asesino es él mismo y que, por ello, cuanto más avanza en el esclarecimiento de los hechos más nudos va poniendo en torno a su garganta...

Tal y como quería A. Hitchcock (1899-1980), punto fundamental en la trama es el tema de la ignorancia del protagonista. Es decir, el público, que ya conoce el argumento, se coloca por encima de los protagonistas, que desconocen quién es el autor del asesinato. Y le gustaría intervenir y gritarle al actor principal para que no siga investigando...

El Destino como protagonista.

Una ciudad y un tiempo. Los mitos no son cuentos populares, donde la acción transcurre en un tiempo indeterminado (“érase una vez que se era”), en un vago lugar que nunca existió. Una ciudad: Tebas. Un tiempo: mediados del II milenio a.C. Layo, heredero de la corona pero aún niño, debe salir de la ciudad hasta que llegue a su mayoría de edad. Acude a la corte de Pélope, rey de la Élide, donde es bien recibido por los reyes. Y allí queda prendado del joven Crisipo, hijo del rey, con quien comienza a tener relaciones a escondidas. Un día es sorprendido por Pélope, que maldice a su huésped Layo: “ojalá no tengas hijos y, si los tienes, que uno te mate”. El deseo, como vemos, es condicionado. En primera instancia, desea la esterilidad, verdadero castigo de los dioses. En efecto, en una familia real, la descendencia, especialmente masculina, aseguraba la continuidad dinástica. Los dioses bendicen con la fertilidad (tierras, animales, hombres), y castigan con la esterilidad. Así pues, sólo en el caso de tener un hijo, sufriría la pena de perder la vida.


Edipo se exilia con Antígona de Lazarillo (A. Stanislaw Brodowski)


El mito muestra gran antigüedad, ya que la homosexualidad de Layo y Crisipo es el punto inicial desde donde se desenvuelve la trama, hecho que se condena y castiga como pronto veremos, si bien en la Grecia clásica su práctica estaba ya perfectamente armonizada en el entorno social.
Al morir el rey de Tebas, Layo regresa a su ciudad, asume el gobierno y se casa con Yocasta. Consulta su futuro ante el oráculo de Delfos, que le da una respuesta clara y precisa: “Escrito está: no tengas hijos, porque si los tienes, uno te matará y yacerá con su madre”. Para evitar que se cumpla este terrible oráculo, que señala las dos transgresiones más violentas a la ley natural, como son el parricidio y el incesto (las dos que quedaban penadas en el Más Allá, de forma que quienes las cometían no podían ir a la isla de los Bienaventurados, sino al oscuro Tártaro), durante un considerable tiempo se abstiene de tener relaciones con su esposa, hasta que tras un banquete en que los dos han bebido más de lo habitual, consuman el matrimonio. De esa relación nacerá Edipo. Al nacer, Layo se lo entrega a un criado para que se deshaga de él en el campo, ya que supone una amenaza para su padre y para la propia ciudad. El criado le perfora los tobillos, por lo que sus pies se hinchan. Eso es lo que significa precisamente Edipo, “el de los pies hinchados”.
Abandonado en el monte Citerón, sus agudos vagidos al aire son escuchados por un pastor del rey de Corinto, que andaba cuidando el rebaño por esas tierras. Pólibo, rey de Corinto, no tenía hijos. El pastor se lo lleva al rey, que lo criará con su esposa, la reina Mérope, como si fuera hijo suyo. De este modo, la sucesión dinástica de la ciudad quedaba resuelta.

Llegada la mayoría de edad de Edipo, diecisiete años, celebran una gran fiesta con competiciones atléticas. Edipo vence en ellas, y al atardecer lo festejan con un suntuoso banquete. En medio de la celebración y de la algarabía, ya al término de la fiesta, un mendigo situado al fondo de la sala, le grita a Edipo: “Tú eres hijo de la Fortuna”. Preocupado este por aquellas palabras, pregunta a los reyes de Corinto por su nacimiento y sus padres. Ellos guardan un misterioso silencio, por lo que determina salir al día siguiente hacia Delfos para preguntar al oráculo qué fue de su infancia. El oráculo le dice que escrito está: “matará a su padre y yacerá con su madre”. Deseando evitar el cumplimiento del angustioso vaticinio, se desvía de la ruta que había traído y se encamina hacia un nuevo lugar: Tebas. Subía ese día a Delfos el rey Layo en su carroza para saber qué fue de aquel hijo que tuvo diecisiete años antes y fue enviado al campo. En una encrucijada de caminos en la que los dos quieren atravesar por el mismo paso, Edipo va matando uno a uno a todos los sirvientes del rey, menos a uno, que a tiempo huye, por interponerse en su camino; finalmente se deshace del rey. Se acaba de cumplir en ese momento la primera parte de la predicción. En su camino hacia Tebas se encuentra con la Esfinge. Este ser con cuerpo de mujer, alas de ave y garras de león, era un castigo enviado por la diosa Hera a la ciudad a causa de la homosexualidad de Layo. La Esfinge proponía enigmas a quienes entraban o salían de la ciudad; el más conocido: “¿qué animal anda a cuatro patas al amanecer, a dos a plena luz del día, y con tres al atardecer?” El castigo para quienes no lo sabían era morir estrangulados, que eso significa Esfinge (‘la estranguladora’). Edipo contesta inmediatamente: “el hombre”. El destino le tenía reservado a la Esfinge el final de su vida vinculado a la resolución del enigma, por ello se arroja al abismo y muere.

Entra, pues, Edipo triunfante en Tebas tras haber liberado al pueblo de esta plaga. El regente Creonte había prometido la mano de la reina Yocasta, viuda, a quien venciera a la Esfinge. Por ello Edipo se casa con su madre Yocasta, sin saber que lo es, y se cumple en ese momento la segunda parte del oráculo. Queda, pues, bien patente al espectador que el destino siempre se cumple, y que cuanto más intenta el hombre apartarse de la voluntad que los dioses le tienen marcada, más se está acercando a lo que el destino, por mano de las Parcas, le había tejido.

Asesino sin saberlo

Edipo gobierna la ciudad con acierto y equidad; con Yocasta tiene cuatro hijos, que son a la vez sus hermanos. Pero tras varios años de prosperidad en la ciudad, comienza a extenderse una funesta peste. Los campos se vuelven yermos. Se ha producido años antes una doble transgresión contra las leyes de la naturaleza, como son el parricidio y el incesto. La respuesta de la naturaleza, como expresa el mitógrafo Higino, se traduce en esterilidad y pobreza de frutos. En este punto es donde comienza la obra “Edipo rey” de Sófocles, que mediante una acertada combinación de flashbacks con el presente va avanzándonos qué es lo que ocurrió años antes, y anticipándonos el trágico final.

Para atajar la peste, Creonte acude a Delfos, donde el oráculo le asegura que hace años fue asesinado el rey de Tebas. El asesino está presente en la ciudad y, mientras siga en ella, la peste no cederá. Edipo promete investigar para averiguar quién cometió tal crimen. Cuando el asesino sea descubierto, deberá exiliarse ciego.



El corazón del ángel “(Alan Parker, 1987)


La luz. Comienza aquí un interesante juego que tiene la luz como protagonista. Edipo ve el presente, pero es incapaz de ver el pasado ni el futuro. Se enfrenta al adivino Tiresias, que como tantos videntes en la antigüedad, paradoja casi necesaria para ejercer su oficio, es invidente. Tiresias no ve el presente, pero es capaz de saber qué ocurrió y de prever, adivinar lo que ha de venir. El enfrentamiento en escena entre los dos es colosal. Casi doscientos versos magistrales en que Tiresias terminará diciéndole: “no sigas investigando porque el asesino eres tú”, y Edipo le gritará: “Oh tú, que eres ciego en cuanto a la vista, a los oídos y a la mente”. A medida que se vaya haciendo la luz en la conciencia de Edipo, se irá acercando a la ceguera absoluta, y cuando descubra que él es realmente el culpable, cumplirá lo que había prometido sacándose los ojos con la fíbula que sostenía el peplo de su madre y esposa Yocasta, que acaba de suicidarse ahorcándose. Termina la obra, cae el telón. El detective ha logrado encontrar al asesino, que era él mismo. Él, que había adivinado el enigma que nadie era capaz de descubrir, no era capaz de ver la realidad. Cuando por fin, la ha visto, se ha quitado la vista, y ha salido de la ciudad.
Hace años tuve la suerte de ver “Edipo rey” en el teatro romano de Mérida, donde como metáfora de la obra y de la vida, comenzaba con muy poca luz, unos pocos focos encendidos, simbolizando la tiniebla en el conocimiento y en la conciencia de Edipo. A medida que la obra transcurría y se iban encendiendo los interlocutores de Edipo que le proporcionaban luz para saber, iban iluminándose los focos. La escena final, con la resolución del conflicto, se llevó a cabo con todos los focos; Edipo ya estaba ciego, pero ahora veía con el alma, en su mente, lo que sucedió en su niñez y juventud. Noche inolvidable con luna llena en el teatro de Mérida y el público en pie aplaudiendo. Ahora entendíamos los puntos llevados a cabo por Freud en su método para dar luz a la persona que desde joven tiene un conflicto interno.

El ostracismo

En el fondo la obra, escrita y representada en plena época dorada de Atenas (430 a.C.), bajo el gobierno de Pericles, aquel de quien Tucídides dice: “Y era aquello oficialmente una democracia, pero en realidad el gobierno del primer ciudadano” (“Historia de la Guerra del Peloponeso” II, 65), está poniendo sobre el tapete el valor político del ostracismo. Los atenienses se habían acostumbrado a este tipo de moción de censura, por la que cualquier ciudadano podía escribir en un óstrakon (trozo de cerámica) su nombre y el del político al que quería enviar fuera de la ciudad.
El procedimiento: cada año entre enero y febrero los ciudadanos se reunían y votaban si querían expulsar a alguien de la ciudad. Votaban a mano alzada; si el resultado era positivo, volvían a tener una votación pública dos meses más tarde, donde debían tener un quórum sobre 6.000 votantes. El ciudadano que deseaba votar, inscribía sobre un fragmento de cerámica su nombre y el del político cuyo destierro le parecía necesario para el bien público. Cuando había mayoría absoluta de votos, el gobernante cuyo nombre aparecía debía abandonar la ciudad en un plazo de diez días y permanecer exiliado durante diez años, aunque muchos políticos fueron llamados antes de que se cumplieran los diez años, lo que guarda cierto paralelismo con la reducción de penas de nuestros días.

Fortuna de un mito

La historia de Edipo ha sido el nudo argumental de multitud de filmes y de obras que —como la ópera de Carl Orff, “Edipo el tirano” (1959)— han llenado el panorama cultural del siglo XX. Y no hay que acudir necesariamente al género péplum, donde destaca “Edipo re” de P. P. Pasolini (1967), o “Edipo rey” de Ph. Saville (1968), sino que filmes aparentemente ajenos como “Recuerda” de Alfred Hitchcock (1945), “El corazón del ángel” de Alan Parker (1987), “Edipo alcalde”, de Jorge Alí Triana con guión de G. García Márquez (1996), la magistral “Poderosa Afrodita” de W. Allen (1995), o la más reciente “Incendies” (D. Villeneuve, 2010) nos muestran distintos mil temas de la obra, como pueden ser la investigación sobre uno mismo, el incesto, el gobernante que ha de exiliarse, etc. Y si ustedes quieren disfrutar y reír un buen rato, no dejen de ver (o simplemente escuchar) la humorística “Edipo de Tebas, cantar bastante de gesta” de Les Luthiers.

Escrito por Javier del Hoyo

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