HISTORIA Y ARTE

Gladiadores (I parte)

Gladiadores (I parte)

Sus orígenes

Escrito por Javier del Hoyo

Os acercamos hoy a uno de esos temas que tantas veces se han utilizado para describir, caracterizar, o incluso caricaturizar a los romanos. Quien más, quien menos sabe algo de los gladiadores.

El siglo XIX con su romanticismo contribuyó en cuadros y novelas a popularizar el tema. Algunos directores de cine han inmortalizado escenas de luchas de gladiadores, como S. Kubrick en  Espartaco (1960) o Ridley Scott en Gladiator (2000), por no hablar de toda esa enorme producción del género  péplum que caracterizó el cine italiano de los sesenta, y es que el cine de romanos vende. Sin embargo, poco es lo que generalmente se conoce de cómo surgieron, qué funciones tenían, cómo vivían, cuánto cobraban, si morían realmente en la arena o no, etc. Una ojeada por las páginas colgadas en la red nos da cuenta de cuántos tópicos y cuántas frases hechas sobre este tema, con la típica confusión de los gladiadores con el circo, lugar donde se celebraban las carreras de caballos.

Es necesario profundizar y, para ello, volver a leer esas obras cuasi inmortales sobre el tema como la de Georges Ville,  La gladiature en occident des origines à la mort de Domitien (Roma 1981), o la de P. Veyne,  Les gladiateurs, publicada en la revista L’Histoireen 1978. En español tenemos muchos trabajos parciales, algunos bellísimos como los de P. Piernavieja, que estudia los epiafios de los gladiadores que murieron en Hispania.

Lo primero que justifica un artículo sobre gladiadores en una revista como Adiós,es su origen en las honras fúnebres de un personaje célebre.

Dos pueblos se disputan su origen: los etruscos, en cuyos monumentos funerarios están representados, y los osco-samnitas, desde que en 1909 F. Weege mostró sepulcros de Campania y Lucania con pinturas de combates gladiatorios.

Según el historiador Tito Livio (59 a.C. -17 d.C.), los combates de gladiadores se introdujeron en Roma en el año 264 a.C. Fueron los hermanos Marco Junio Pera (cónsul en el 230 a.C.) y Décimo Junio Pera (cónsul en 266 a.C.) quienes concedieron el primer  munus gladiatorium ese año, en el foro Boario, con motivo de los funerales de su padre, Junio Bruto Pera, cónsul romano en el año 292 a.C. y descendiente directo de una de las grandes familias de Roma.

Al principio se llevaban a cabo exclusivamente en los juegos fúnebres públicos. Y es que para los antiguos el combate a muerte entre dos contendientes era la atenuación del sacrificio humano que se estaba consumando sobre la pira o tumba del jefe muerto. Sí, existía una creencia por la que la sangre derramada sobre el túmulo alimentaba el alma que
permanecía ya fuera del cuerpo, y proporcionaba además cierta satisfacción moral al difunto.

Pero pronto aquellos combates improvisados -cuya motivación era sólo funeraria- iban a convertirse desde el siglo I a.C. en un espectáculo perfectamente organizado, celebrados en edificios construidos expresamente para ello (anfiteatros), con una reglamentación y especialización muy concretas.

Son famosos los que dio Augusto en el año 6 a.C. consagrados a la memoria de Agripa. Los juegos del anfiteatro, los únicos propiamente romanos, llegaron a dejar en segundo plano las representaciones teatrales, que además se habían importado de Grecia. Tan sólo las carreras de caballos pudieron hacer la competencia a los gladiadores. Con todo, a pesar de la aceptación general y popular de los juegos, hubo voces que se levantaron en contra de la violencia y de la sangre derramada, y ello ya antes de que se implantase el cristianismo.

Un ejemplo de ello fue Séneca. Dado, no obstante, la importancia del tema, que hemos dividido en dos partes, estos planteamientos morales quedan para el siguiente número.
 
(Coliseo de Roma)

Gladiador de profesión

Bajo el nombre general de gladiador (de gladius, espada) se conocía al profesional que luchaba con otro hombre, o con una bestia, en los juegos públicos de la antigua Roma.

Como sucedió con otras muchas costumbres de la antigüedad, los combates de gladiadores, que habían comenzado por ser un rito de significado religioso, acabaron por ser un espectáculo público que llegó a movilizar a miles de personas.

Los gladiadores eran elegidos entre prisioneros de guerra, criminales condenados a muerte, esclavos que por su corpulencia eran comprados para tal fin, pero también hombres libres que lo tomaron como una profesión, los llamados Auctorati.

Los prisioneros de guerra tenían la oportunidad de redimir el honor perdido en la derrota; para los esclavos era un camino hacia la libertad; para los condenados a muerte una forma de aplazar la ejecución.

Contra lo que pudiera creerse, los gladiadores eran auténticos profesionales que tardaban años en prepararse y ponerse a punto. No improvisaban, no eran esclavos tomados al azar, que salían alegremente al ruedo a matar o morir.
Debían dar espectáculo, y esto suponía un duro adiestramiento. Por ello, los gladiadores estaban enrolados en equipos (familia gladiatoria), al servicio de un lanista. Vivían todos juntos en un ludus o escuela donde aprendían el oficio y se adiestraban con espadas de madera, ya que las auténticas se reservaban únicamente para el anfiteatro. Al llegar al  ludus, al recién fichado se le asignaba una especialidad gladiatoria o armatura, y un antiguo gladiador (doctor). El adiestramiento era físico y técnico, pero también moral y psicológico.

Se aprendían estrategias defensivas y ofensivas, pero también a mantener la cabeza en su sitio en los momentos difíciles. Como eran muchos los sistemas de combate, y variados los lances y suertes de cada enfrentamiento, se fijaron reglas en el arte de la gladiatura, cuya enseñanza estaba encomendada a gladiadores veteranos.

A cargo de éstos estaban los gladiadores que dependían del fisco, a los que el Estado mantenía bajo un régimen especial y pagaba. Otros lanistas reclutaban y mantenían a muchachos para combatir en la arena, que luego alquilaban para funerales, banquetes y otras solemnidades. No faltaron tampoco particulares opulentos que tenían gladiadores. De una de estas escuelas, la de Capua, salió Espartaco en el año 73 a.C. para acaudillar una revuelta de esclavos que puso en peligro el equilibrio político y social de Roma.


(Estatua de Espartaco en el estadio Spartak de Moscú)

Cicerón en una carta escrita a su amigo Ático (VII. 14) habla de la existencia de cinco mil gladiadores en Capua. Los gladiadores educados en las escuelas se alquilaban o vendían, de suerte que los lanistas eran al mismo tiempo sus maestros y empresarios. Estas escuelas, que la gente rica se daba el lujo de sostener en los últimos años de la República, estaban repartidas en diferentes puntos del territorio romano. Durante el Alto Imperio (31 a.C. – 282 d.C.) se fundaron muchas otras. El emperador Domiciano (81-96) estableció cuatro en Roma, llamadas ludus Gallicus, Dacicus, magnus y matutinus.
En ciudades como Preneste, Rávena y Alejandría, por su buen clima, se establecieron esta clase de instituciones imperiales, y la escuela de Capua conservó durante mucho tiempo su antigua reputación.

Algunos autores, especialmente Suetonio (70-125 d.C.), dan muchos detalles de los combates de gladiadores y de la intervención que en tales fiestas tomaron algunas veces los emperadores. Por ejemplo, Nerón (54-68 d.C.) hizo pelear un día en el anfiteatro a cuatrocientos senadores y doscientos caballeros. Trajano, al regreso de Dacia en el año 107 d.C. y para celebrar el final de la segunda guerra dácica, organizó unos juegos que duraron 123 días consecutivos, en los que combatieron nada menos que diez mil gladiadores.

 

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