HISTORIA Y ARTE

El Grito de Much

"El Grito" de Much

Reflexiones tanato-atmosféricas

Escrito por Nieves Concostrina y José Miguel Viñas.
 

A lo largo de la historia, pocos cuadros han logrado transmitir de una forma tan desgarradora la angustia de un ser humano como “El grito”, que en diferentes versiones inmortalizó el pintor noruego Edvard Munch (1863- 1944).
Estamos, sin lugar a dudas, ante una de las principales obras pictóricas del movimiento expresionista y un icono de la cultura universal.
En no pocas biografías de Munch y ensayos sobre “El grito” se apunta a la vida atormentada del artista como la principal razón que le llevó a pintar esta impactante escena.
En el presente artículo trataremos de arrojar algo de luz sobre las causas que probablemente llevaron a Munch a pintar de la manera en que lo hizo al personaje central del cuadro –que representa al propio artista– y al cielo de intensos colores rojos y anaranjados que domina la escena. Dos cosas de naturaleza  tan distintas como unas momias peruanas y la erupción de un volcán se esconden detrás de esas representaciones.

Hacia el año 1892, Munch escribió en su diario el siguiente comentario: “Paseaba por un sendero con dos amigos –el sol se puso–, de repente el cielo se tiño de rojo sangre (...) –sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad [Oslo]–, mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la Naturaleza.”

El pintor noruego recrea en este pasaje una vivencia que tuvo casi una década antes, siendo justamente ese recuerdo de juventud el principal motivo de inspiración del famoso cuadro. A finales de 2003, unos científicos de la Universidad de Texas publicaron un trabajo que llegaba a una conclusión sorprendente: los rojizos atardeceres que se vieron en Noruega, en el resto de Europay en otros lugares del mundo, entre noviembre de 1883 y febrero de 1884, impresionaron tanto al por aquel entonces joven Munch, que dicha circunstancia la dejó plasmada en el cielo de “El grito”. Una de las mayores y más violentas erupciones volcánicas ocurridas sobre la faz de la Tierra desde que los seres humanos habitamos el planeta, fue la responsable de esos cielos encendidos y de un importante enfriamiento a escala planetaria.
Antes de la explosión, Krakatoa era una isla de tres conos volcánicos con un largo historial de erupciones. Dicha isla se situaba en el estrecho de Sonda, entre las islas de Java y Sumatra, en Indonesia. Tras un par de siglos de aparente inactividad, en marzo de 1883 el volcán comenzó a expulsar fumarolas por uno de sus cráteres. En mayo comenzaron las explosiones, cada vez más violentas y frecuentes, hasta que finalmente el 26 de agosto de 1883 a las 10 de la mañana la isla entera saltó por los aires.
Fue tal la violencia de la explosión, que en 40 kilómetros a la redonda el ruido rompió los tímpanos de las personas que allí se encontraban, pereciendo muchas de ellas. En cientos de kilómetros a la redonda se hizo literalmente de noche. La onda sonora se propagó de tal manera que la explosión se llegó a oír en Madagascar, a 6.000 kilómetros de distancia.

Aparte del devastador tsunami que provocó el cataclismo, la nube volcánica se elevó hasta cerca de los 80 kilómetros de altura, incorporándose a la atmósfera una enorme cantidad de materiales que, rápidamente, se dispersaron por todo el globo, dando lugar, en los meses siguientes a la erupción, a unos cielos turbios, ocres y muy encendidos durante las salidas y las puestas de sol en muchos lugares del mundo, viéndose por la noche la luna de un color azulado. Aquella fue la primera erupción volcánica de la que tuvo conocimiento todo el mundo, gracias a la prensa, que durante meses cubrió la catástrofe.
 
Aunque lo primero que uno piensa cuando ve “El grito” es que se trata de un hombre gritando –presa del pánico–, en realidad lo que está haciendo es taparse los oídos, supuestamente ante un ensordecedor ruido. Las líneas sinuosas que dan forma al personaje y que aparecen tras él y en el cielo, estarían representando precisamente ese estruendo. El sonido de la explosión no llegó hasta Noruega, ni por tanto a los oídos de Munch, por lo que es lógico pensar que el atormentado pintor conocía dicha circunstancia gracias a las detalladas crónicas periodísticas de la época.

Volviendo a la investigación llevada a cabo por los científicos de la Universidad de Texas, para comprobar que los cielos rojizos retratados por Munch se correspondían con alguno de los crepúsculos vespertinos que durante el invierno de 1883-84 debió ver en Kristiania –nombre que por aquel entonces tenía la actual Oslo–, visitaron la capital noruega y, gracias a los datos que pudieron extraer del diario del artista, localizaron el lugar exacto donde Munch vivió su experiencia. Con ayuda del cuadro, determinaron que el artista vio esos cielos mirando hacia el Sur-Oeste, lo que encajaba con la dirección de la puesta de sol. Caso resuelto.
 
La momia inspiradora


Y una vez expuesta la teoría geo-meteorológica, queda añadir la hipótesis funeraria y preguntar- se qué pudo inspirar a Munch para plasmar esa expresión cadavérica en el personaje central de “El grito”. La respuesta puede estar en las momias Chachapoyas.
El cómico nombre de Chachapoyas parece restar importancia a esta cultura pre-inca, localizada en el departamento de Amazonas, al norte de Perú, y que fue descrita hace poco más de tres lustros.
Fue un grupo de campesinos el que en 1996 encontró un enterramiento con 200 momias en las cercanías de la Laguna de los Cóndores, conocida también ahora como la Laguna de las Momias.
Las tumbas estaban en altura, aprovechando las cuevas naturales de un acantilado, por lo que es fácil deducir que los vivos se jugaban la vida escalando riscos para dejar a sus muertos aislados y evitar profanaciones. Pero en cuanto aquel grupo de campesinos desveló el lugar de los enterramientos, los saqueadores de tumbas comenzaron a hacer de las suyas.

El Instituto Nacional de Cultura de Perú se plantó de inmediato en la zona y pudo salvar muchos fardos funerarios y muchos ajuares, pero sobre todo pudieron recuperar una serie de momias que dejaron estupefactos a los arqueólogos. Entre las más sorprendentes están las de madres a las que momificaron con sus bebés, y otras con las manos en la cara. Los Chachapoyas, también conocidos como “hombres de las nubes” por ocupar los bosques brumosos del norte de Perú, embalsamaban muy bien a sus colegas muertos con hierbas y mejunjes que aún hoy intentan descifrar los expertos. Vestían y calzaban con mucho cuidado a sus difuntos y tensaban sus articulaciones. Es decir, les hacían una especie de ovillo, de manera similar a cuando uno se sienta de culo con las rodillas pegadas al pecho y con las piernas agarradas con las manos.
En esta postura los metían en canastos de paja y luego envolvían mucho y bien al fallecido para aislarlo del ambiente exterior y facilitar la momificación. Pero a veces, las manos, en vez de agarrar las piernas, se colocaban sobre la cara, como tapándola. Con el paso del tiempo, cuando el difunto adquiría su nueva condición de momia, lo que se mostró ante los arqueólogos es una momia con rostro de terror, porque la boca está abierta debido a que la mandíbula inferior se ha descolgado y las manos aparecen tapando la cara. Precisamente por este peculiar gesto se las conoce como “momias gritonas”.
Hasta no hace mucho, se sospechaba que ese gesto desgarrado significaba que la muerte había sido espantosa, pero ya hay nuevas teorías planteadas por especialistas del Instituto Americano de Arqueología. Cuando aparece una momia con ese gesto gritón, la culpa es de la articulación temporomandibular, la que sujeta la mandíbula al cráneo, y que al dejar de cumplir su función provoca que la boca se abra. Si a esta boca exageradamente abierta añadimos, como en el caso de algunas momias Chachapoyas, que las manos están puestas sobre la cara, el resultado es un rostro de espanto.
A principios de 2009, expertos del Instituto Americano de Arqueología publicaron en la revista “Archaeology” que Munch no captó la esencia de la angustia existencial en “El grito”, sino que, muy posiblemente, realizó el retrato de una momia boquiabierta que había contemplado en el Museo
del Hombre de París, durante una visita que realizó con Paul Gauguin. Y lo que dibujó Munch, según esta hipótesis, no era un grito, sino una cara desecada con la mandíbula desencajada, inspirada en una momia peruana del Museo.
Aquella momia, con el calificativo generalista de “peruana” a finales del siglo XIX, ya ha sido descrita en el siglo XXI como propia de la cultura Chachapoyas. Lo que vio Munch en París era una momia gritona, pero, dado que el artista lleva 68 años muerto, ya es tarde para confirmar si una momia Chachapoyas, de similar gesto a su personaje gritón, fue la que inspiró su obra.
 
 
 
 
 
 
 

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