HISTORIA Y ARTE

'Roma no paga traidores'

'Roma no paga traidores'

La épica muerte de los PUEBLOS PRERROMANOS

Por Javier del Hoyo

La historia de la Hispania prerromana la conocemos muy parcialmente, tan solo por un puñado de relatos de historiadores griegos y romanos.
 
Todas sus narraciones nos hablan de la épica de aquellos pueblos que, con menos medios y peores armas, resistieron hasta límites insospechados al invasor. Es posible que las tintas estén un tanto cargadas, cierto, porque de esa forma la gesta del conquistador se hace más notable. Lástima que no tengamos la versión del vencido.
 
Son relatos breves, pero de enorme vigor. Pueblos que perecían en su totalidad, víctimas del invasor que atacaba y de aliados que traicionaban; historias de caudillos y de traiciones no pagadas; viejas lecciones que deberían enseñarse con las primeras letras. Porque aquellos celtíberos no morían por la voluntad de un caudillo soberbio o la rabieta de un déspota. Preferían morir antes que perder la libertad, simplemente.
Vamos a narrar en este artículo, brevemente, cuatro acciones gloriosas, correspondientes a cuatro ciudades de la antigüedad: Sagunto, Estepa, Carmona y Coca.
 Dejamos el relato de Numancia, que ya expusimos más extensamente en otro número. Y acabaremos con una breve nota sobre la muerte de Viriato.
 
Sagunto (219 a.C.)
 
En el año 226 a.C. cartagineses y romanos, dos pueblos que llevaban más de cincuenta años enfrentados, se repartieron occidente mediante un tratado.
 
 En Hispania, las tierras situadas al norte del Ebro serían para Roma; las del  sur, para Cartago. Como el río Ebro es una línea divisoria  muy clara, el tratado no necesitaba interpretación, pero la trampa estaba en que los romanos eran aliados de Sagunto, población estratégicamente situada junto al mar, a 160 kilómetros al sur del Ebro.
 
Una ciudad aliada de Roma en la zona de influencia de Cartago era un cebo que Aníbal mordió con fuerza por varias razones: porque el tratado le autorizaba, por odio a Roma y porque era una ciudad muy rica. La asedió, y el año 219 a.C., tras ocho meses de resistencia, los saguntinos se percataron de que sus aliados romanos no les ayudarían y se aprestaron a morir. Apiano, escritor romano de origen griego (95-165 d.C.), en su obra “Sobre Iberia” lo cuenta así:
“Y cuando desesperaron de la ayuda romana, el hambre los apremiaba y Aníbal les asediaba sin cesar (pues había oído que la ciudad era próspera y abundante en oro), mediante un decreto mandaron reunir en el ágora el oro
y la plata, tanto el que era de propiedad pública como el  privado, y lo fundieron con plomo y bronce para que le resultara inservible a Aníbal.
Ellos, por su parte, tras haber tomado la resolución de morir en combate, irrumpieron cuando todavía era de noche contra los puestos fortificados de los libios [cartagineses], que todavía se hallaban en pleno descanso y que no esperaban nada semejante. Pudieron dar muerte a algunos cuando se estaban levantando del lecho y a duras penas habían  podido armarse, e incluso a otros en pleno combate. Tras una prolongada batalla, pereció gran número de los libios; de los saguntinos, la totalidad. Por su parte, las mujeres, viendo desde las murallas el fin de sus maridos, unas se arrojaban por los tejados, otras se colgaban, otras incluso degollaban a sus hijos con antelación. Y este fue el fi nal de los saguntinos, una ciudad que había sido grande y poderosa”.
Aunque el relato de Apiano es seguido por algunos historiadores romanos, se tiene por más objetivo a Polibio, liberto griego que estuvo en la Península y mucho más cercano a los acontecimientos (200-118 a.C.), que dice que  ni la salida de los saguntinos, ni las muertes de hombres y mujeres, ni el incendio de la ciudad fueron tan absolutas como narra Apiano.
 
Estepa (Astapa, 206 a.C.)
 
Con la caída de Sagunto comenzó la segunda guerra  púnica, que los cartagineses volverían a perder. Los romanos los fueron empujando hacia Cádiz, pero por el camino encontraron la dura resistencia de Estepa (Sevilla), ciudad recostada en la falda de una colina que domina un ancho valle.
 
Ocurrió en el 206 a.C. Antes del asalto, los estepeños organizaron minuciosamente su propio fin: los varones se dispusieron a luchar tras asegurar el exterminio de sus mujeres y sus hijos, la quema de sus riquezas y el suicidio de los supervivientes. De nuevo debemos el relato a Apiano,  quien escribe en su obra “Sobre Iberia”: “Cuando Marcio  estableció el cerco en torno a ellos, sus habitantes, sabedores de que cuando los romanos los capturaran los convertirían en esclavos, reunieron en el ágora lo que les quedaba y apiñando maderas a su alrededor llevaron sobre la pira a sus hijos y mujeres. A cincuenta de ellos, los mejores, les hicieron jurar que una vez que la ciudad fuera tomada, darían muerte a las mujeres y a los hijos, los prenderían fuego y se degollarían a sí mismos. Y tras haber puesto por testigos de esto a los dioses, se abalanzaron contra Marcio, que nada temía al respecto, y pusieron en fuga a sus tropas ligeras y a su caballería. Pero incluso cuando la legión estuvo dispuesta, las tropas de Astapa fueron más valerosas, porque luchaban hasta dar la vida; sin embargo, los romanos acabaron venciendo por su número, porque en cuanto al valor, los de Astapa no fueron inferiores. Cuando todos perecieron, los cincuenta degollaron a las mujeres y a los niños, y tras prender el fuego, se arrojaron a la pira haciendo que los vencedores consiguieran una victoria sin beneficio. Y Marcio, impresionado por el valor de los de Astapa, no ultrajó sus casas”.
 
El relato de Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.) es aún más truculento: “La matanza más espantosa tuvo lugar en el interior de la ciudad; muchos niños y mujeres, multitud débil y desarmada, eran degollados por sus conciudadanos arrojados, la mayor parte vivos aún, a la pira encendida cuya naciente llama apagaban arroyos de sangre. Cansados al fin de aquella odiosa matanza, los mismos matadores se arrojaron armados en medio del incendio. Cuando entraron los romanos, vieron brillar el oro y la plata y, al quererlo sacar de las llamas, unos murieron abrasados y otros asfixiados, porque no podían retroceder a causa de la inmensa multitud que los empujaba”.
En Astapa, como en otros casos, los historiadores romanos nos dejaron su punto de vista, negativo en cuanto a los enemigos. Según ellos, Astapa era una ciudad de bandidos que no querían trabajar; pero sólo queda la versión de los vencedores.
 
Coca (Cauca, 151 a.C.)
 
Cuando los romanos acabaron en la península con los cartagineses y sus aliados, los hispanos se fueron enterando que los nuevos conquistadores eran aún peores que los anteriores, y opusieron creciente resistencia.

 En Coca (Segovia), tras una batalla ante los muros de la ciudad en la que murieron 3.000 celtíberos, los ancianos trataron de llegar a un acuerdo con el procónsul romano: “Los más ancianos de Cauca, tocados con coronas y portando ramas de suplicante, preguntaron a Lúculo qué debían hacer para ser amigos de los romanos. Este les exigió rehenes y cien talentos de plata, y ordenó que se incorporaran sus jinetes en sus campañas militares. Y cuando hubo tomado todo, quiso introducir una guarnición en la ciudad. Aceptada también esta exigencia por los caucenses, introdujo a dos mil soldados elegidos por rango de mérito, a los que ordenó que cuando estuvieran dentro se situaran sobre las murallas. Después de haberlas ocupado los dos mil soldados, Lúculo introdujo el resto del ejército y con la trompeta dio la señal de aniquilar a todos los habitantes en edad adulta. Ellos, entretanto, invocando los pactos y a los dioses protectores de los juramentos, recriminando a los romanos su perfidia, perecieron de forma cruel, consiguiendo escapar unos pocos de los veinte mil hombres a través de las escarpadas puertas de la muralla; mientras Lúculo arrasó la ciudad y llevó a los romanos la mala fama” (Apiano).

Las cifras, evidentemente, están hinchadas. Pensemos que se trata de pueblos indígenas viviendo en aldeas. Una concentración de 20.000 adultos implicaría una extensión de ciudad enorme.
 
Carmona (Carmo, 150 a.C.)
 
Una vez liquidada Cauca, Lúculo acudió a echar una mano a su colega Sulpicio Galba (194-129 a.C.). De nuevo de la mano de Apiano, leemos: “Recibió a los lusitanos e hizo con ellos una tregua y fingió que incluso les compadecía porque a causa de su falta de recursos roban, hacen la guerra y rompen los tratados. La esterilidad del suelo –dijo- y la pobreza os fuerzan a hacer estas cosas; pero por ser aliados sin recursos yo os daré una tierra fértil y os estableceré en campos abundantes después que os haya dividido en tres grupos”.
 
“Ellos, poniendo sus esperanzas en esto, abandonaron sus moradas y se congregaron donde les ordenó Galba; este los dividió en tres grupos y, tras mostrar a cada uno una llanura, les ordenó que permaneciesen en ella
hasta que les edifi cara ciudades a su venida.
“Pero cuando llegó a los primeros, les instó a que depusieran las armas como amigos, y cuando las hubieron depuesto los rodeó con un foso y enviando a algunos soldados con espadas los aniquiló a todos, mientras se lamentaban e invocaban los nombres de los dioses y los acuerdos establecidos. De esta forma, Lúculo aniquiló a los segundos y terceros con gran celeridad, ya que desconocían todavía la suerte sufrida por los primeros”.
 
Viriato (139 a.C.)
 
Viriato es un personaje de la Hispania prerromana que sigue revestido de leyenda. Había sido pastor y bandolero, estaba muy capacitado para el mando, tenía agudo sentido del terreno. No era sólo un guerrillero, sino que tenía la visión, pericia y previsión de un gran general. Fue el principal caudillo de la tribu lusitana que hizo frente a la expansión de Roma en el territorio comprendido entre el Duero y el Guadiana.
 
Viriato derrotó a varios ejércitos de Roma uno tras otro, pero sus hombres, hartos de la guerra, le empujaron a negociar la paz. Los romanos exigieron que entregara a sus principales colaboradores, pero Viriato los hizo morir, entre ellos a su suegro, para no tener que entregarlos. A continuación, los romanos exigieron que todo el ejército de Viriato entregara las armas. Este rompió las negociaciones, pero ante la presión de sus hombres, que querían la paz, tuvo que reanudarlas, y para ello envió a negociar a sus mejores amigos: Audax, Ditalcón y Minuro. Estos tres eran naturales de Urso, actual Osuna (Bética) y, por tanto, vasallos de Roma, que se habían pasado al bando de Viriato. Apiano dice que Viriato los tenía por los más leales, pero que Cepión los corrompió con dádivas y numerosas promesas para que lo asesinaran.
“Viriato solía dormir muy poco a causa de sus preocupaciones, y la mayor parte de las veces descansaba armado para estar listo al despertarse. Así pues, sus amigos podían visitarle durante la noche.
A causa de esta costumbre, los secuaces de Audax, tras vigilarlo, entraron
en su tienda en el primer sueño, como si algo urgiera, y lo degollaron a pesar de que estaba protegido por la armadura; pues no era posible por otra parte del cuerpo”.
Degollar es cortar el cuello por delante, y para ello basta un solo brazo; por tanto, todos los demás sólo estaban allí para hacer acto de presencia y que ninguno pudiera excusarse de la traición. El degüello es una muerte rápida y silenciosa. Viriato dormiría probablemente con una veste de argollas entretejidas como las que llevan los guerreros que adornan los vasos de Liria; no es creíble que durmiera con casco.
“Cuando se hizo de día, los sirvientes de Viriato y el resto del ejército, pensando que todavía descansaba, se sorprendieron por lo inhabitual, hasta que algunos se dieron cuenta de que, aunque estaba armado, yacía ya cadáver. De inmediato hubo lamento y duelo por todo el campamento, llorando por aquel y temiendo por ellos mismos al reflexionar en qué clase de peligros se hallaban y de qué gran general habían sido privados. Y lo que les dolió de modo especial fue no poder encontrar a quienes habían perpetrado el asesinato.
“Tras haber ataviado a Viriato del modo más espléndido, lo colocaron sobre lo alto de una pira, lo prendieron fuego y le inmolaron numerosas víctimas. Después, por secciones, los soldados de infantería y la caballería iban corriendo armados alrededor del cadáver mientras entonaban cánticos al modo bárbaro, y todos se sentaron en torno a él hasta que el fuego se extinguió.
“Concluido el ceremonial, iniciaron un certamen de combates singulares sobre su tumba. Tanta fue la añoranza que Viriato suscitó, el que más dotes de mando había tenido entre los bárbaros, el más atrevido y el más presto al reparto a la hora del botín. Pues nunca aceptó tomar una parte mayor, a pesar de que siempre le animaban a ello; e incluso lo que tomaba se lo entregaba a quienes más se habían destacado en la lucha. Por eso logró algo nunca conseguido por ningún otro general: durante los ocho años de esta guerra nunca se le rebeló un ejército constituido por elementos heterogéneos, y siempre fue sumiso y el más resuelto a la hora del peligro”.
 
Enterraron sus cenizas en un gran túmulo sobre el que celebraron combates rituales doscientas parejas de guerreros. No se sabe a ciencia cierta dónde está el túmulo, si bien la tradición ha barajado las localidades extremeñas de Azuaga y Magazala.

“Como nadie se enteró de lo sucedido por lo certero de la herida, los asesinos pudieron escapar hasta Cepión y le solicitaron la recompensa. Pero éste les contestó que disfrutasen de cuanto tenían; sobre lo que pedían les remitió a Roma. Por su parte, el Senado de Roma se atuvo a lo de que ‘no es menester el traidor cuando es la traición pasada”.
 
“Roma no paga traidores”. Aunque la célebre frase quizás no sea más que una invención posterior, recoge el sentir de la versión tradicional, transmitida por Apiano, Eutropio, Orosio y Suidas, que sostienen que los romanos contestaron que ellos nunca habían aprobado que un jefe muriese a manos de sus propios soldados.
Es posible, no obstante, que esta versión fuera dada con bastante posterioridad a los hechos ocurridos para tratar de ocultar la vergüenza que les producía ser responsables de acciones semejantes.
 
 
 
 
 
 

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