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HISTORIA Y ARTE

Las Catacumbas de Roma

Las Catacumbas de Roma

Un viaje a Roma suele incluir una visita a las catacumbas

Si usted acude a la ciudad eterna y en su programa no está prevista, hágame caso y tómese tiempo para hacer una escapada; quizás porque es algo único de Roma, que no va a poder visitar en ninguna otra ciudad del mundo.
He tenido la oportunidad de visitar varias veces las de San Calixto, junto a la vía Apia; así como las de Santa Inés, en vía Nomentana; y una vez las de Santa Domitila. Si tiene la suerte de llevar un buen guía (no están permitidas las visitas sin él), le resultará una experiencia inolvidable. Y no vaya como simple turista, las cosas singulares deben verse con otros ojos.

Pero, ¿qué son realmente las catacumbas?
Se cuentan muchas cosas sobre ellas, pero en realidad son galerías subterráneas que fueron utilizadas como lugar de enterramiento por paganos, judíos, y especialmente cristianos de Roma, desde el siglo II hasta el V. Algo muy distinto, a lo que espero poder dedicar un artículo próximamente, son “Gliscavi” del Vaticano, es decir, una necrópolis pagana, que quedó englobada bajo la Basílica de San Pedro, y que, abierta no hace muchos años al público, puede visitarse hoy día pidiendo hora previa, ya que el número de entradas es muy limitado.
En primer lugar hay que decir que en Roma hay nada menos que 64 catacumbas cristianas y 4 judías; y aún hay algunas más de cuya existencia tenemos constancia por los textos antiguos, pero que todavía no han sido halladas. No todas están abiertas al público, ya que una visita pública requiere ofrecer condiciones de seguridad, luz eléctrica, viabilidad en los accesos, etc., pero sí lo están las más representativas.  

Un hallazgo inesperado

Las catacumbas han estado siempre ahí, pero no siempre se han conocido. A comienzos del siglo VII, después de trasladar las más importantes reliquias de los mártires al Pantheon de Roma, convertido por ello en iglesia de Santa María de los Mártires con rango de basílica menor, dejaron de ser un lugar de devoción y peregrinación y, en consecuencia, quedaron abandonadas.
Creció la hierba en sus accesos y se obturaron las entradas. El genial hallazgo se lo debemos al abogado Giovanni Battista de Rossi, que en 1849, con sólo 27 años, entró en un viñedo entre la vía Appia y la vía Ardeatina buscando antigüedades cristianas. Encontró una lápida abandonada que contenía una inscripción rota, donde se leía “[---] nelius martyr”. Intuyó que lo que faltaba era “Cor” y pensó que podía tratarse del papa Cornelio, que murió en Civitavecchia en el año 253 y fue sepultado, no mucho después, en un sepulcro junto al cementerio de Calixto.
De Rossi propuso al papa Pío IX la adquisición de aquel viñedo, convencido de que debajo tenía que haber un importante cementerio cristiano. No se equivocó, y así, en 1850, descubrió las catacumbas de San Calixto, que contienen —entre otras muchas cosas interesantes— la cripta de los papas y la tumba de santa Cecilia.

Catacumbas de San Calixto

Las catacumbas de San Calixto tienen más de veinte kilómetros de galerías subterráneas, en un intrincado y complejísimo sistema de pasillos a distintos niveles. En total fueron enterrados allí, en nichos excavados en la pared en sentido longitudinal, más de medio millón de personas.
Unos especialistas, llamados “fossores”, se encargaban de picar la pared a la tenue luz de lamparillas de aceite, hasta conseguir el espacio suficiente para el enterramiento.
Los cuerpos se depositaban directamente sobre la roca, envueltos en un lienzo. Hay zonas con nichos diminutos, destinados a niños. La estrecha oquedad era cerrada mediante una placa, a veces de mármol, en la que se hacía constar el nombre y se inscribían uno o varios símbolos cristianos. En muchas de ellas se grabó asimismo la profesión. Un especialista en epigrafía cristiana, como es Danilo Mazzoleni, ha publicado una interesante monografía sobre las profesiones de los cristianos a partir de los enterramientos en las catacumbas. 
Algunas pueden sorprendernos, como en las de Santa Inés la presencia de un “pernarius”; es decir, un chacinero o jamonero, del que no sabemos el nombre, ya que junto a la profesión se ha esculpido solamente una gran pata de cerdo
. También hay tumbas en forma de mesa, que constituyen nichos más amplios, y son características del siglo II y primeros años del III. Había también sepulturas en el suelo, que eran tumbas excavadas en el pavimento de una cripta, cubículo o galería. Se solían cerrar con gruesas tejas, y pueden verse junto a los sepulcros de los mártires.
Podemos encontrar también algunas sepulturas en arcosolio, que no son sino tumbas con un arco de obra encima; en ellas podía enterrarse una persona a título individual o toda una familia. Mucho menos frecuente era el sarcófago, por el elevado coste que suponía. Estos solían llevar esculpidas en la cara frontal escenas inspiradas en pasajes de la Biblia, con frecuencia relacionados con el tema de la vida y la muerte, como la resurrección de Lázaro o el sacrifi cio de Isaac por parte de Abraham; los hay de una belleza extraordinaria.

Decoración e iconografía

Los corredores son muy estrechos y, de vez en cuando, se abren en espacios más grandes, una especie de capillas. Estos espacios suelen estar decorados con pinturas murales sobre estuco, donde uno de los temas más representado es el del Buen Pastor. Este tiene su origen en la parábola evangélica del pastor que busca la oveja perdida y la devuelve al redil llevándola a hombros. Es una de las imágenes habituales de Cristo en esta época, que tiene su antecedente en el moscóforo griego.
Sí, pensemos que hasta fi nales del siglo VI no aparecen las primeras figuras de Cristo crucificado, y ello tiene su lógica. La crucifixión era el más cruel de los suplicios, por lo que hubo de pasar mucho tiempo para que pudiera representarse.
Sólo después de doscientos años desde la abolición del suplicio, vemos por primera vez la escena en la puerta de ciprés de Santa Sabina en Roma. Pensemos qué supondría hoy para los seguidores de una religión cuyo fundador hubiera muerto en la silla eléctrica, ver una silla eléctrica colgada al cuello de una persona, o presidiendo un dormitorio o un aula…
Junto al Buen Pastor podemos ver la figura del orante, representación de hombres o de mujeres con los brazos extendidos lateralmente, flexionados por el codo. Parece que esta fue la posición litúrgica que adoptaron los cristianos de los primeros siglos para orar.
Otra representación es la del ágape, el banquete. Los comensales podían estar sentados en sillas ante una mesa o tumbados en divanes alrededor de mesas bajas, que era la posición más normal, y la que debió de tenerse en la Última Cena a juzgar por los textos, no como nos la pintan los artistas a lo largo de los siglos.
Al margen de la pintura, la iconografía grabada que acompaña a las inscripciones es también muy interesante. Los cristianos no decían explícitamente que lo eran, sino mediante símbolos comprensibles para ellos, aunque no para los no iniciados. Algo bastante lógico, ya que durante casi tres siglos se jugaron el tipo por serlo. La última persecución, la ordenada por el emperador Diocleciano, data del 304 d.C. y se llevó por delante a miles de cristianos. Dispusieron, sin embargo, de todo un sistema de símbolos que los identifi caban. El más famoso fue el pez, cuya palabra en griego “(ijthús)” es el acróstico de Jesucristo; en español “Jesús, Cristo, de Dios, hijo, Salvador”. Quien veía un pez sabía que se hallaba ante un cristiano, aunque no lo dijera expresamente. Pero también aparecen otros símbolos como el ancla, que simboliza la fe; el crismón o monograma de Cristo, compuesto de dos letras del alfabeto griego, la X y la P, que son las dos primeras letras de “Xristós”; es decir, Cristo. Otros elementos grabados en las placas de mármol o en la roca fueron la paloma con una rama de olivo en el pico, símbolo del alma en la paz divina; el gallo, heraldo anunciador del nuevo día, que recordaba a los primeros cristianos el simbolismo de la luz y, por consiguiente, el cumplimiento de las buenas obras frente a la noche en la que reina la oscuridad y el pecado. O la nave y el faro. La nave en viaje hacia el puerto, sobre el que brilla el faro, es símbolo cristiano de la vida que se encamina hacia el puerto de salvación.

Asimismo grabaron escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, como es comprensible en un contexto cristiano. Dentro de las primeras podemos incluir la de Jonás saliendo de la ballena, ya que Jonás estuvo tres días en el vientre de la ballena y después salió, prefi guración de Cristo, quien, tras estar tres días en el vientre de la muerte, resucita. O bien Daniel en el foso de los leones. Como en el caso anterior, Daniel logra salir indemne del foso, lugar donde podría haber encontrado la muerte.
Otros simbolismos tomados del mundo pagano fueron el ave Fénix, ave legendaria que, según los griegos, renacía de sus propias cenizas. Para los primeros cristianos significaba la muerte, la resurrección de la carne y el nacimiento a la nueva vida divina. Y Orfeo, personaje de la mitología griega que llegó a tañer la cítara tan admirablemente que amansaba las fieras. Es un personaje que bajó al Inframundo a buscar a su esposa Eurídice y logró regresar al mundo de los vivos, por lo que llegó a ser símbolo de Cristo que con su doctrina, el evangelio, puede llegar a transformar el corazón y la vida de los hombres.

La cripta de los papas

Pero el hallazgo más relevante, sin duda, fue el de la capilla de los papas. Seguimos en este caso el relato de G. B. de Rossi. “El instinto me decía que debajo de la Tricora Oriental se encontraban la cripta de san Sixto y la de santa Cecilia.
En marzo de 1854 se comenzó a excavar una galería que conducía hacia la cripta de san Eusebio, todavía obstruida por los escombros […] Muy pronto vi aparecer una grandiosa puerta que daba a una importante habitación […] Vi las paredes externas de la Cripta cubiertas de grafitos en griego y latín, grabadas por los antiguos visitantes de aquel insigne hipogeo. Esta era la mejor prueba de que me encontraba ante la cripta más noble y venerada del cementerio”. En esta cripta fueron sepultados seis papas, y hubo otros tres que tuvieron allí su última morada. Los restantes sepulcros de la capilla albergaban a ocho obispos y diáconos. De Rossi encontró, tras extraer los escombros de la cripta, las placas originales de cuatro papas: Antero, Fabián, Lucio y Eutiquiano.
En 1909 Mons. Wilpert halló la inscripción sepulcral del papa Ponciano. Este papa, que gobernó del 230 al 235 era natural de Roma. Bajo el emperador Maximiano (235-238) hubo una persecución del cristianismo, de la que él fue la víctima más preclara. Desterrado a Cerdeña, fue condenado “ad metalla”, es decir, a trabajos forzados en las minas. Ponciano renunció desde el destierro al pontificado el 28 de septiembre de 235. El clima malsano y el trabajo agotador en la mina le llevaron a la muerte. La Iglesia lo consideró mártir. Le sucedió el papa Antero, que fue elegido el 21 de noviembre de 235, y tuvo un breve pontificado de 43 días. Murió en la cárcel el 3 de enero de 236. Fue el primero en ser enterrado en la cripta, ya que el cuerpo de Ponciano tardó en trasladarse desde Cerdeña.
El siguiente, Fabián, era romano y fue elegido papa a la muerte de Antero. Gobernó la Iglesia durante catorce años (236-250), promoviendo la organización y administración eclesiásticas. Dividió Roma en siete zonas eclesiásticas, otorgando a cada una de ellas sus títulos (parroquias) y sus catacumbas. Lucio I tuvo un pontificado breve de ocho meses (253-254). Poco después de su elección fue desterrado a Civitavecchia por el emperador Treboniano Galo (251-253). De Sixto II, papa entre 257 y 258, hay muy pocas noticias. Se cree que fue de origen griego y murió martirizado. Su tumba, sin embargo, fue el sepulcro principal antes de que se convirtiera en “Cripta de los papas”. Los poemas de san Dámaso Ante la tumba de Sixto II puso el papa Dámaso (366-384) un poema compuesto en once hexámetros latinos, quizás el mejor y más famoso de su producción poética. En él recuerda a los mártires y confesores sepultados en la cripta y en toda la catacumba. En él da el título de ‘mártires’ a quienes derramaron su sangre por ser fi eles a Cristo; y nombra ‘confesores’ a todos aquellos que, sin haber sufrido una muerte violenta y cruel, dieron testimonio de su fe con una vida ejemplar de buenos cristianos. En los dos últimos versos expresa su deseo de ser enterrado en ese santo lugar junto a sus predecesores. Considera, sin embargo, con humildad, no ser digno de ello: “Aquí yo, Dámaso, confieso que quiero dar sepultura a mi cuerpo, pero temo molestar las santas reliquias de los justos”.
 

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